Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

13 de noviembre de 2003

La guía 'Michelines'

El ser humano muestra un empeño casi feroz en desmentir a Darwin y, lejos de demostrar que ocupa el puesto más elevado en la escala de la evolución, se complica continuamente la vida para exhibir lo inteligente que es. Sin embargo, con frecuencia confunde evolución y complejidad, llegando así a rozar la estulticia.
El lenguaje es uno de esos campos donde la simplicidad es admirable. Por contra, el hombre lo retuerce hasta hacerlo ininteligible, felicitándose por ello y llegando a veces a recibir premios y el reconocimiento de sus congéneres.
Basta entrar en algún restaurante y leer la carta para darse cuenta de dónde hemos caído: platos cuyos nombres no hay dios que entienda, que al verlos parecen mierda y al comerlos lamentas que no lo sean. De los vinos, ¿qué se puede decir? Así define un prestigioso catador uno de nuestros famosos caldos bercianos: «Color cereza oscuro y ribete violáceo. En nariz se muestra agradable, fresco y perfumado, con frutos negros en maceración (moras) y ligeros tostados. En boca es fresco (notable acidez) y frutal, glicérico, con taninos presentes que disimulan cuerpo medio. El retronasal repite fruta y tostados. Es largo, algo alcohólico en el trago, con ligero amargor y un posgusto muy marcado por la acidez». Casi nada.
En el colmo de la ridiculez alguien va a acabar llamando a un simple bocadillo de Nocilla una «delicia de masa de trigo horneada con crema dulce de cacao y avellanas».
No es, empero, el campo de la gastronomía, que algunos llaman de forma pedante restauración, como si se tratara de reparar un viejo bargueño o de reponer en el trono a una depuesta monarquía, el único que nos regala estos adefesios. Así, una «sobrecarga puntual producida por un aporte inusual de energía reactiva» es la fórmula rimbombante elegida para definir un apagón de luz.
De los políticos Dios nos libre, porque siempre tienen una perla genial para el catálogo de estupideces. Por ejemplo, uno de ellos hablaba sin rubor de los «paralelismos convergentes». Otro decía que era preciso «superar la no desconfianza».
El mismo presidente del Gobierno, José María Aznar, sucumbió a la tentación cuando hablaba de sacar a España del rincón de la Historia, como si la Historia tuviera rincones.
Mismamente, Anson sin tilde me perdone, Letizia Ortiz, la futura reina del corazón del príncipe Felipe, el Hermoso, le endilgó a su prometido, a modo de regalo, un libro del suicida Larra. Ella, arrobada, justifica el regalo en que don Felipe es un ávido lector «que está creciendo por dentro». Yo, la verdad, como no soy noble no sé que es eso de crecer por dentro. En cambio sí sé qué es crecer por fuera, concretamente a lo ancho, porque en lo tocante a pedanterías lingüísticas prefiero las gastronómicas e, incluso, tengo la intención de llegar a escribir algún día la guía ‘Michelines’.

1 comentario:

Jane dijo...

Qué razón tienes! cuanta tontería a la hora de poner nombres a la comida, o simplemente cambiárselo, por que así "vende" más. Y lo que comentas del vino es buenísimo, yo prefiero beberlo y con conocimiento de caus,a decir sí me gusta o no, a mas no llego. Eso si, naci tonta, parece que solo me gustan los caros. Me gusta tu forma de contar las cosas. Un saludo!