Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

8 de enero de 2004

Políticos y Democracia

Aquel político era un paradigma de los de su clase. Un hombre incapaz de tomar una decisión precipitada, incapaz de enzarzarse en agrias polémicas con sus oponentes... Esencialmente era un hombre incapaz.
En el pasado había presumido de correr delante de los grises y de haber pululado por París durante los sucesos de Mayo del 68. Sin embargo, bastaba una simple mirada a su DNI para desmontar aquella falacia: en Mayo del 68 tenía 11 años.
Ahora había cambiado mucho. En su fuero interno apoyaba la invasión de Irak bajo el pretexto de llevar la democracia a aquel país lejano. No tenía dudas, la democracia cuanto más lejos mejor.
No es que fuera un antidemócrata, sino que pensaba que la democracia perfecta llegaría cuando los elegidos, incluido él, pudieran elegir a los electores. Mientras tanto defendía el estilo de vida liberal capitalista por ser el que más convenía a las sociedades, sobre todo a las sociedades anónimas.
No era un soberbio. Sabía que gran parte de su exitosa carrera se debía a la suerte, a los caprichos de la fortuna. Desde que accedió al cargo no sólo cambió su suerte, sino que también empezó a cambiar la de toda su familia. Hasta tal punto era afortunado que todos sospechaban que poseía una gran fortuna, si bien él estaba seguro que, de seguir en política, su fortuna habría de llegar a ser mayor aún y ello sin tener que renunciar a las cuotas de honestidad, honradez y nivel ético por las que era conocido en amplios círculos como ‘el Arrastrao’.
Al punto que había llegado le atemorizaban menos los reveses de la vida que los de sus rivales en la cancha de tenis. Obsesionado por la competición, base del progreso capitalista, se esforzaba continuamente por mejorar... en el tenis. Por eso contrató a un profesor que le enseñaba a perfeccionar su revés, aunque era consciente que el apuesto monitor enseñaba mucho más a su señora que a él mismo.
Los devaneos de su mujer con el tenista lo llevaron a buscar la comprensión de su secretaria de comunicación, con la que se dedicó a explorar hasta las más profundas formas de comunicarse.
Su secretaria y él tenían en común el ser muy adictos al partido y a otras sustancias. Varios compañeros de formación estaban revolviendo el gallinero y pretendían contar con él para impulsar una tercera vía, pero él seguía siendo fiel a la línea de siempre, mejor dicho a la raya de siempre. La única vía de la que era partidario, por el momento, era la vía nasal, así que no estaba dispuesto a asumir el riesgo que comportaba una tercera vía, digamos la vía intravenosa. Lo que realmente le molestaba era que se le considerara un tonto útil. Sin embargo, los que le conocían bien sabían que más que un tonto útil era un listo inútil.
PD: Cualquier parecido de esta historia con un político real no es mera coincidencia. Si alguno se siente identificado ya sabe lo que debe hacer, mejorar el revés.