Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

22 de agosto de 2007

La guía 'Michelines'

El ser humano muestra un empeño casi feroz en desmentir a Darwin y, lejos de demostrar que ocupa el puesto más elevado en la escala de la evolución, se complica continuamente la vida para exhibir lo inteligente que es. Sin embargo, con frecuencia confunde evolución y complejidad, llegando así a rozar la estulticia.
El lenguaje es uno de esos campos donde la simplicidad es admirable. Por contra, el hombre lo retuerce hasta hacerlo ininteligible, felicitándose por ello y llegando a veces a recibir premios y hasta el reconocimiento de sus congéneres.
Basta entrar en algún restaurante de cocina de autor y leer la carta para darse cuenta de dónde hemos caído: platos cuyos nombres no hay dios que entienda, que al verlos parecen mierda y al comerlos lamentas que no lo sean. De los vinos, ¿qué se puede decir? Así define un prestigioso catador un famoso vino: «Color cereza oscuro y ribete violáceo. En nariz se muestra agradable, fresco y perfumado, con frutos negros en maceración (moras) y ligeros tostados. En boca es fresco (notable acidez) y frutal, glicérico, con taninos presentes que disimulan cuerpo medio. El retronasal repite fruta y tostados. Es largo, algo alcohólico en el trago, con ligero amargor y un posgusto muy marcado por la acidez». Casi nada.
En el colmo de la ridiculez alguien va a acabar llamando a un simple bocadillo de Nocilla (hoy 'Nutella') una «delicia de masa de trigo horneada con crema dulce de cacao y avellanas».
No es, empero, el campo de la gastronomía, que algunos llaman de forma pedante restauración, como si se tratara de reparar un viejo bargueño o de reponer en el trono a una depuesta monarquía, el único que nos regala estos adefesios. Así, una «sobrecarga puntual producida por un aporte inusual de energía reactiva» es la fórmula rimbombante elegida para definir un apagón de luz.
De los políticos Dios nos libre, porque siempre tienen una perla genial para el catálogo de estupideces. Por ejemplo, uno de ellos hablaba sin rubor de los «paralelismos convergentes». Otro decía que era preciso «superar la no desconfianza».
El mismo ex presidente del Gobierno, José María Aznar, sucumbió a la tentación cuando hablaba de sacar a España del rincón de la Historia, como si la Historia tuviera rincones.
Mismamente, Anson sin tilde me perdone, Letizia Ortiz, la futura reina de corazones por la vía venérea de su casamiento, le endilgó al príncipe Felipe el Hermoso, como regalo de prometida, un libro del suicida Larra. Ella, arrobada, justificó el regalo asegurando que el príncipe era un ávido lector «que está creciendo por dentro». Yo, la verdad, como no soy noble no sé que es eso de crecer por dentro. En cambio sí sé lo que es crecer por fuera, concretamente a lo ancho, porque en lo tocante a pedanterías lingüísticas prefiero las gastronómicas e, incluso, tengo la intención de llegar a escribir algún día una guía ‘Michelines’.

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