Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

1 de septiembre de 2007

Hipocresía e hidropesía

¿A qué viene tanta hipocresía? Veamos: un muchacho de familia tradicional saca unas notas sensacionales en la ESO y esas otras malandanzas ‘bachilleriles’. Como cabría esperar, sus padres se declaran objetores de conciencia de la ‘Educación Para la Ciudadanía’, porque les han dicho que es un abyecto y maléfico intento de este gobierno terrorista y ateo para adoctrinar a los jóvenes diciéndoles que hay muchas ventajas en ser maricón. En fin, digamos que el muchacho en cuestión estudia derecho o ingeniería y acaba graduándose con matrícula de honor ‘cum laude’ y luego se hace registrador, notario o astronauta, razón por la cual es envidiado y aclamado por todos, excepto por algún familiar o compañero de partido, como si de un Rajoy o lumbrera similar se tratase. Pero, bueno, hasta aquí todo es de lo más normal.
Vamos ahora a otro caso bien distinto: La niña tiene 17 años, 1,75 de altura, ojos azules y pechos prominentes, casi desafiantes. Lógicamente, esas características antropomórficas le impiden o dificultan una inclinación decidida al estudio, (o sea, igual que el registrador de haber tenido esas tetas).
Resulta que en su pueblo hay un concurso de reina de las fiestas y la moza resultona se ilusiona y se presenta para ver qué pasa. Pues bien, ya la hemos jodido, porque salen a relucir unos individuos, normalmente investidos de concejales progres, diciendo que eso es machismo y una vejación de la mujer y no sé cuantas imbecilidades adicionales relativas a la dignidad y a los derechos humanos.
Es decir, que si un tío gordo y feo como yo, pero de prodigiosa inteligencia, como yo, exhibe pública e impúdicamente este don (la inteligencia, no la barriga) que la naturaleza, el estudio y el dinero de sus padres le han proporcionado, eso es bueno para la sociedad, para la dignidad del hombre y para los derechos humanos, pero si una niña enteramente comestible exhibe las tetas y el culo que le han moldeado la naturaleza, el gimnasio y los yogures desnatados, eso es vejatorio, degradante y machista. ¡Menuda mierda!
La vida es un aplazamiento de la muerte y del olvido. Si se me apura, diré que la vida es una muerte andante y la inteligencia del registrador, del médico o del ingeniero acabará inexorablemente en el cubo de la basura del Alzheimer; y el culo y las tetas de la ‘churri’ de 17 años metida a reina de la belleza de su pueblo acabarán descolgándose de forma indefectible en medio de un devastador ‘tsunami’ de osteoporosis, de hidropesía y de varices albardado por un rollo de celulitis, que es como el celuloide de una vieja película ‘pornogore’.
Que la vida es una muerte andante me parece un axioma y, si no, que se lo pregunten al pobre Umbral, que ahora ya puede meterse el libro aquél del que iba a hablar donde diga la Mercedes Milá de los cojones del Gran Hermano.

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