Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

28 de septiembre de 2011

La diosa odiosa

                          (Hipatia o su puta madre, cualquiera sabe)

“Hipatia, que debe su nombre a la diosa griega de la cultura, tiene como objetivo primordial rescatar a estas mujeres del ‘olvido’”.
Esta espectacular frase (no la llamo oración porque, en rigor, más que una oración es una blasfemia) apareció publicada tal cual en 2008 en un artículo sobre una revista elaborada por las presas de la cárcel de Mansilla, firmado por una brillante periodista de la agencia Efe, institución que presume hasta el hartazgo de rigor informativo, eso sí, con una presunción, como se ve, ‘iuris tantum’.
En fin, lo de rescatar mujeres del olvido es muy loable, pese a que hay muchas mujeres y hombres a los que es mejor olvidar. Pues bien, la tal Hipatia, que se puso de moda a raíz de una película de Amenábar muy mal vista por la Iglesia, pese a que trataba a esta institución con demasiada aquiescencia para los merecimientos en el caso que nos concierne, no era, como casi todos saben, la diosa griega de la cultura, sino una matemática, filósofa y astrónoma de la escuela neoplatónica, que nació en Alejandría en torno al 370 d.C. y que murió a manos de una horda de cristianos fanáticos inflamados por el obispo Cirilo, un asesino digno de la ralea de su tío, tal vez su padre, el también obispo Teófilo.
No ha pervivido ni una sola de las obras de Hipatia, aunque se la sabe autora de un Canon astronómico, de un comentario a la Aritmética de Diofante, de otro comentario al Tratado de los cónicos de Apolonio de Pérgamo y de la edición del tercer libro de los comentarios sobre el Almagesto de Tolomeo, que había escrito su padre, Teón de Alejandría, un sabio que había sido director de la legendaria Biblioteca de Alejandría hasta que el mentado sinvergüenza Teófilo lo sustituyó para poner en ese puesto a un sacerdote cristiano, sumando una nueva ignominia histórica que la Iglesia no pagaría ni pidiendo perdón cada uno de los días futuros en el caso de que existiera la eternidad.
Respecto a la vida de Hipatia, sólo nos quedan las referencias aparecidas en algunas cartas que le escribió su discípulo Sinesio de Cirene (filósofo griego convertido al cristianismo y nombrado también -¡oh, casualidad!- obispo, en este caso de Tolemaida. Como se ve todo transcurre en un nido de ‘obispas’).
A tenor de los temas de sus obras, no parece que la vida de esta gran dama hubiera sido tan atractiva como la leyenda forjada en torno a ella. Vamos, que es muy probable que fuese un auténtico coñazo, era simplemente una mujer de ciencia en un mundo de violencia y de religión (valga la redundancia) y ello le confiere un atractivo indudable.
No diré más, sino que su nombre no tiene nada que ver con ninguna diosa odiosa de la cultura ni de la puta que la parió, sino que hace más bien referencia al Hipate, algo así como el primer grado de la escala de los sonidos que, según el más celebre tratado de música de la Antigüedad, el de Nicómaco de Gerasa, definían la armonía rectora del mundo de los astros.

PD. En entradas posteriores hablaré de algunas otras de mis mujeres favoritas, como Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi o María Luisa Roldán.

31 de agosto de 2011

Vidas para lelos: Temístocles versus Zapatero


 






(Temístocles y Zapatero. No confundirse, el rostro de piedra no tiene por qué ser necesariamente el más duro) 


Contrariamente a lo que algunos hayan podido pensar y otros muchos hayan podido desear no he abandonado este blog, pese a llevar todo el verano sin escribir en él. La culpa es de las vacaciones y del mucho trabajo. La culpa fue del cha, cha, cha...
Sin embargo, hoy, a punto de consumarse el golpe de Estado contra la Constitución Española de 1978 (esa aberración legislativa que yo no voté), perpetrado por unos partidos demócratas-fascistas encabezados por el inefable Zapatero, no puedo menos que recordar (por contraposición) a un gran genio de la política, que, por sus maneras populistas y arteras, recuerda en buena medida al Stalin-Pinochet del Húmedo. Me refiero al sin par Temístocles.
De la agradabilísima lectura de la biografía de Temístocles que nos legó Plutarco (el autor de las Vidas Paralelas, no Suetonio, como recientemente escuché con horror), se deduce que el caudillo ateniense era muy populista, cautivando con este proceder el favor de las clases bajas, prefigurando de este modo las maneras y primeras proclamas del político leonés.
Aunque no en el talento, en algo más coinciden ambos personajes: en su capacidad demostrada para el engaño. En efecto, Temístocles consiguió retorcer el vaticinio del Oráculo de Delfos, al que, algunos apuntan, llegó a manipular de forma sacrílega para que su profecía fuera favorable a los intereses del ateniense, mientras que el leonés ha conseguido retorcer la Constitución, pasándose la opinión de los españoles por el forro de los cojones, según cuentan, para calmar a los mercados, los mismos mercados que cualquier día aconsejarán que no haya elecciones.
Decir que la mierda esa del techo de gasto es una mera reforma ordinaria del texto constitucional es un insulto, máxime cuando se admite que la regulación precisa de dicho techo de gasto se hará mediante ley orgánica, que es precisamente la ley establecida para regular derechos fundamentales cuya reforma en la Constitución requiere referéndum. Además, si tanto dice respetar a los ciudadanos, bien podría convocar dicho referéndum, dado que la Constitución no sólo no lo prohíbe, sino que hasta lo ve bien y lo preceptúa cuando lo pide una décima parte de los diputados.
En fin, cosas de rábulas. Todos saben que el Derecho sólo sirve para proteger a los poderosos, que siempre se sienten atacados por los débiles. Sin embargo el político de León va más allá y permite el encadenamiento intemporal de contratos temporales asegurando (mintiendo) que eso creará más puestos de trabajo. Lo que creará será más puestos de esclavos. Lo malo de los contratos temporales es que son la puerta abierta para la humillación, la vejación y el trato indigno y discriminatorio de los trabajadores por parte de los empleadores o empresarios, vamos un intolerable acto de chulería bajo la cobertura del derecho laboral.
Así pues, como vemos puede haber grandes concomitancias entre un genio y un imbécil, lo que no quiere decir que puedan equipararse. En el caso de Temístocles sus actuaciones tenían como fin proteger a Atenas de la inminente amenaza persa, cosa que logró con eficacia y solvencia. En el caso de Zapatero sus actuaciones pretenden salvarnos de la presión de los mercados, cosa que, como es obvio es inútil, porque a los mercados les interesa que España tenga déficit para que pague pingües intereses por su deuda, y si el déficit es alto, mejor, porque así la prima de Riesco (digo de riesgo) sube y los intereses a pagar son más pingües aún.
Para concluir diré que en sus últimas etapas políticas el gran Temístocles acabó trabajando para su enemigo acérrimo, el rey persa, en lo que puede verse una traición incontestable a la Atenas que un día salvó del abismo. Así también Zapatero traiciona a los trabajadores que un día lo elevaron con su voto al Olimpo de los políticos zampones.

PD. Hay empero, una ostensible diferencia entre Temístocles y Zapatero. Temístocles era amigo del genial poeta y dramaturgo Esquilo, mientras que Zapatero tiene como consejero al ágrafo Pepiño. Ahí sí que no hay comparación de ningún tipo.


12 de junio de 2011

La democracia como engaño

(Recreación de Pericles pronunciando
su célebre discurso fúnebre)

Hoy voy a recordar aquí a Pericles, un político legendario, a través un gran escritor e historiador: Tucídides.
En su Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides recoge el discurso fúnebre que Pericles dirigió al pueblo ateniense a modo de funeral simbólico por las víctimas de la guerra. En ese discurso, el gran político hace una loa a la Democracia, ese sistema tan pervertido hoy día, por lo que creo que habría que recordar perpetuamente estas palabras: “Tenemos un régimen político que no se propone como modelo las leyes de los vecinos, sino que más bien es él modelo para otros. Y su nombre, como las cosas dependen no de una minoría, sino de la mayoría, es Democracia”.
“A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos en los conflictos privados, mientras que para los honores, si se hace distinción en algún campo, no es la pertenencia a una categoría, sino el mérito lo que hace acceder a ellos; a la inversa, la pobreza no tiene como efecto que un hombre, siendo capaz de rendir servicio al Estado, se vea impedido de hacerlo por la oscuridad de su condición”.
“Gobernamos liberalmente lo relativo a la comunidad, y respecto a la suspicacia recíproca referente a las cuestiones de cada día, ni sentimos envidia del vecino si hace algo por placer, ni añadimos nuevas molestias, que aun no siendo penosas son lamentables de ver. Y al tratar los asuntos privados sin molestarnos, tampoco transgredimos los asuntos públicos, más que nada por miedo, y por obediencia a los que en cada ocasión desempeñan cargos públicos y a las leyes, y de entre ellas sobre todo a las que están dadas en pro de los injustamente tratados, y a cuantas por ser leyes no escritas comportan una vergüenza reconocida”.
“Y también nos hemos procurado frecuentes descansos para nuestro espíritu, sirviéndonos de certámenes y sacrificios celebrados a lo largo del año, y de decorosas casas particulares cuyo disfrute diario aleja las penas. Y a causa de su grandeza entran en nuestra ciudad toda clase de productos desde toda la tierra, y nos acontece que disfrutamos los bienes que aquí se producen para deleite propio, no menos que los bienes de los demás hombres”.
No quiero dar la turra, pero todos debiéramos reflexionar sobre estas palabras, más que nada porque ahora nos lamemos la polla pensando que nuestro sistema político es el menos malo de los sistemas. Algo incierto, es muy malo, uno de los peores, porque es una perversión del menos malo.
El sistema democrático ateniense es harto complejo y tendría que estudiarse de nuevo en las universidades, porque ha degenerado tanto que democracia ya sólo es un concepto sin contenido.
En nuestra sociedad tecnológica se han asentado ‘verdades fundamentales’ que no admiten discusión: la civilización occidental es superior a otras, el Islam es terrorista, todos los vascos que no son del PSOE o del PP son simpatizantes de ETA, Jesucristo es muy bueno, el capitalismo es la única receta posible...
Pero la realidad es otra: corrupción generalizada, impunidad de los criminales (políticos y banqueros), criminalización de los desheredados (clases bajas e inmigrantes), saqueo generalizado de los bienes públicos, brutalización de las clases trabajadoras para su mejor sojuzgamiento.
Todas las encuestas dicen que los políticos son el tercer problema de este país, después del paro y los problemas económicos. Sin embargo, no es que los políticos sean el principal problema, es que son el problema. Sin ellos, o con ellos en la cárcel o, simplemente, eliminados, no imperaría la justicia, pero se solucionarían bastantes cosas.
PD. Ayer entré en un bar y había una cabeza de jabalí disecada. Inmediatamente recordé que muchos de los ayuntamientos españoles pronto colgarán un cuadro del alcalde saliente de turno. Digo yo que podríamos cortarles la cabeza, como en la Francia revolucionaria, disecarla y ponerla en el consistorio correspondiente en vez de un cuadro ramplón y mediocre. Además ello serviría como ejemplo para los alcaldes den ejercicio.

25 de mayo de 2011

¡Que les corten la cabeza!


(Alonso Berruguete: Sacrificio de Isaac, o
¡Que le corten la cabeza!,  como a Paco Raquetas)

En este 2011 se cumplen 450 años de la muerte del escultor Alonso Berruguete, y su villa natal, Paredes de Nava (en la Tierra de Campos palentina, no palestina), pretende rendirle un gran homenaje que sirva para rescatar a esta gran figura de las artes que está un tanto minusvalorada, lo cual no es de extrañar en un país donde cualquier cagaversos, pintamonas o soplagaitas se autointitula genio y ello basta para que adquiera grande importancia por el solo hecho de dársela él mismo.
Aún no se ha estudiado suficientemente la contribución de Alonso Berruguete al ‘manierismo’, corriente artística nacida en Italia que, sobre la base de la preservación de la ‘maniera’ de Miguel Ángel y Rafael, que (sin entrar en discusiones arduas) fue formulada e impulsada a través de las ideas y las obras de autores como el mencionado Berruguete, Parmigianino, Giulio Romano, Primaticcio, Del Piombo, el amable Andrea del Sarto, Rosso Fiorentino, el genial Cellini (en escultura), Vasari, Bronzino y Correggio, por citar algunos de los más significativos.
Lo cierto es que pocos años después de comenzar el siglo XVI Alonso de Berruguete estaba en Italia aprendiendo y empapándose de los grandes del Renacimiento, y cuando digo grandes me refiero a los verdaderamente grandes, a la NBA del arte del Quattrocento (nada que ver con los Eduardo Arroyo y las moscas de la época. A ver si el nuevo alcalde de León demuestra buen gusto y las retira de la circulación).
Estudioso del gran Masso (Tomás) de San Giovani (Massaccio), conocedor de la pintura del pequeño Lippi (Filipino. Al padre de éste, Filipo, sinvergüenza redomado, amante apasionado y genial creador, lo recordaré algún día), puede que lo que más definitivamente lo marcara de su periplo italiano fuera el contacto con Miguel Ángel (sin palabras). Unos años antes Buonarroti se había recluido, por encargo del gonfaloniero Soderini, en una habitación que tenía en la hospedería de los Tintoreros del Santo Onofre y no dejó ver a nadie el cartón que había pintado con el motivo de la batalla de Cascina. Vasari, no obstante, lo describe con emoción y asegura que “el resto de los mortales y los artistas quedaron como estúpidos viendo el cartón expuesto de Miguel Ángel. Figura divina a la vista de los trazos (dicen algunos que los vieron) que ni siquiera de su propia mano ni de otros nunca se ha visto llegar a ese talento en el arte tan divino”.
El cartón era, por decirlo así, un boceto para decorar al fresco una de las alas del pallazzo Vecchio (de la Signoría) de Florencia. La decoración del otro ala le había sido encargada nada menos que a Da Vinci. (Ambos aceptaron el encargo, porque los genios puede que se odien, pero nunca se temen). En fin, el cartón de Miguel Ángel fue admirado y estudiado por Berruguete (y por otros que cita el propio Vasari, como Ridolfo Ghirlandaio, Francesco Granaccio, Baccio Bandinello, Andrea del Sarto, Francia Bigio, Iacopo Sansovino, el Rosso, Maturino, Lorenzetto, el por entonces niño Tribolo, Pontorno y Perin del Vaga).
Ya voy concluyendo: Después de adquirir unas maneras y una formación excepcional, Berruguete regresó a España y aquí su genio, creador de obras maravillosa, también fue languideciendo por la perniciosa influencia de la Iglesia Católica española, cuyos principios estéticos distaban mucho de los aires nuevos y frescos de la iglesia mundana, viciosa y dispendiosa, pero amable e inteligente de Italia.
Lamentablemente, en el excelente museo parroquial de la iglesia de Santa Eulalia, de Paredes de Nava, solamente hay una obra atribuida con seguridad a Alonso Berruguete, la llamada Virgen Guapa, que es uno de los orgullos de la villa, pero que, a mi juicio, es una obra de escasa calidad si la comparamos, no ya con otras de Berruguete, sino con otras obras de Alejo de Bahía y de Esteban Jordán que hay en el propio museo de Paredes, o con el calvario que corona el altar mayor de la iglesia, una maravilla que, si no es de Berruguete, como alguno ha predicado, es de un alumno aventajado.
En fin, baste comparar la, a mi juicio, mediocre Virgen Guapa, con una obra de Berruguete que a mí siempre me maravilló: El sacrificio de Isaac, movimiento, emoción y violencia contenidos: un prodigio (¡cuánto hemos degenerado en esto del arte!). Por si fuera poco, el Sacrificio de Isaac está inspirado directamente en una escultura de igual título y tema, pero con criterios estéticos anteriores, del gran Donatello (me inclino). Y aún recuerdo que el Sacrificio de Isaac fue el tema del concurso convocado en 1401 para elegir al escultor de los bajorrelieves de las segundas puertas de bronce del baptisterio del Duomo (la catedral de Santa María dei Fiori) de Florencia. En dicho concurso participaron (¡ay que joderse!) Jacopo della Quercia, Filippo Brunelleschi y el gran Lorenzo Guiberti, que fue el vencedor, aclamado por el propio Brunelleschi. Un inciso, después de lo reseñado, ¿cómo cojones quieren que sienta algo diferente a la indiferencia cuando visito el Musac o contemplo las esculturas de Arroyo?. Por si fuera poco, el Sacrificio de Isaac es un tema muy actual que le indica al PSOE lo que tiene que hacer con su propio hijo Paco Raquetas (o Zapatero y tantos otros) tras conducir a los suyos al naufragio del 22-M (vamos, un trasunto del 'Que le corten la cabeza' de Alicia en el País de las Maravillas, pero sin ángel salvador de por medio).
Finalizo, para conocer y amar a Berruguete no hay que ir a Paredes, sino al Museo Nacional de Escultura de Valladolid o ver alguno de los impúdicos desnudos que coló en el coro de la catedral de Toledo.

PD. Sin embargo, no por ello desaconsejo un visita a Paredes y recuerdo cuando recorríamos, acompañados del difunto Moisés, un sacerdote muy irónico e inteligente, las salas de su preciosa iglesia museo, donde asombran las pinturas del retablo de padre de Alonso, Pedro Berruguete, del que también hablaría sin parar. Y las pinturas de Juan de Villoldo o de Juan de Tejerina o alguna otra que fue robada en la década de los 70 del siglo pasado pero de la que se conservan imágenes.
Como apunte final diré que además de ser cuna de los Berruguete, en Paredes de Nava también nació Jorge Manrique, cuya poesía perdura fresca pese a los ataques de Amancio Prada:

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s'es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por passado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
por tal manera

20 de mayo de 2011

¡Indignados!, sí, pero a joderse


          
(Sin más palabras que las que se ven)

Mientras espero a que la puta campaña acabe mientras me consume la vida y la paciencia para poder escribir de lo que me gusta, caigo en la cuenta de que resulta difícil imaginar algo más retrógrado, ideológicamente hablando, y más socialmente inicuo que un juez, salvo, acaso, un cura. Sabía, a raíz de mis lecturas del genial Pierre Louÿs, que no hay nada tan vicioso como un viejo juez (salvo acaso un cura joven), sin embargo, acabo de constatar cómo los representantes de la judicatura y del mundo del Derecho con toda su jerga, su palabrería rábula, sólo sirven al interés de mantenerse en la cúspide social sin ser sojuzgados. 
Es desalentador ver que a unos pobres diablos que ni siquiera saben lo que quieren, aunque parecen saber bien lo que no quieren, se les prohibe taxativamente concentrarse públicamente, porque ello pudiera ser determinante del voto del próximo domingo. De ser así, no sé qué cojones han hecho todos estos años de puta y falsa democracia las juntas electorales con todos sus jueces y abogados de mierda que no han impedido que se celebren misas, que no son otra cosa que mítines políticos desde el púlpito (a feira).
Es lamentable comprobar cómo los corruptos de ternos impecables regalados por sus cómplices encuentran una y otra vez innumerables vericuetos legales para dilatar sus procesos de una manera obscena y, al fin, salir libres de toda culpa por mor de alguna prescripción legal o treta parecida, eso sí, muy democrática.
Vomito al escuchar a Zapatero decir que el Estado español no ha dado ni un euro a los bancos, sino que sólo les ha prestado avales. ¿Y quién pollas me avala a mí y a los pobres piojosos como yo que andan dándole hostias a una cazuela en una plaza pública, para indignación de jueces de juntas electorales y de otro tipo de maleantes con coche oficial?
Ahora viene este tipo, que pobló de impresentables y necios las listas del PSOE, y quiere que la gente honrada que en su día le creyó de buena fe haga un ejercicio de desmemoria histórica y le vuelva a votar. ¿Pensaba que poner a nulidades como la Pajín, la Aído, el Pepiño o, sin salir del Bierzo, a la Castellanos no iba a tener ninguna consecuencia?.
Lo peor es que no hay esperanza, los que entren a gobernar los municipios y las autonomías a partir del domingo, o bien seguirán robando como hasta ahora o bien se pondrán a robar con fruición para recuperar el tiempo perdido.
Los gilipollas de rastas y cazuelas en ristre acabarán asqueados y manipulados por políticos de mierda (Civiqus) y por ex directores fracasados de periódicos hundidos por ellos. Nadie les ha dicho, porque para los jueces que protegen a los poderosos es delito, que no hay revolución sin violencia, sin que corra la sangre a raudales y sin que los culpables y sus familias y sus bienes lo paguen en carne propia y con creces. 
El resumen es la impotencia: tú quieres algo que ellos tienen y que te pertenece por derecho y por justicia, pero ellos no quieren soltarlo y se han apropiado de lo que es tuyo y también del derecho y de la justicia y de la fuerza. Tú no puedes quitárselo, así que o intentas colarte en sus filas para ser uno de ellos o tú y los tuyos estáis jodidos para los restos. Amén. 

PD. Ven, esto es lo que pasa cuando por exceso de trabajo me impiden escribir sobre Berruguete, que tenía una verruga en el ojete.

16 de mayo de 2011

De elecciones hasta los cojones

No es que este blog esté cerrado, como pudiera parecer por la tardanza en incluir nuevas entradas. Son las putas elecciones las que me impiden actualizarlo. Comprendo que es muy importante elegir a los ladrones, trincones, corruptos y timadores del mañana, que en muchos casos serán los mismos que ya están. Sin embargo, perdóneseme la expresión, estoy de elecciones hasta los cojones. Por cierto, la próxima entrada será sobre Alonso de Berruguete, que tenía una verruga en el ojete y era un genio que, de haber sido italiano, sería mucho más famoso e inmortal. Espero que sea pronto.

26 de abril de 2011

Fenómenos para-anormales

(El Ángel Caído)

“Un día vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales vino también Satanás” (Job 1,6)

Hoy voy a recordar a Satanás, aunque yo prefiero llamarlo ‘Sotanas’, pues aunque en la grafía ambos términos sólo se diferencian en una letra y una tilde, las diferencias son mucho menores en cuanto al significado (diríase que son sinónimos).
Memoria traigo pues del Diablo, porque no hace mucho me reencontré en el parque de El Retiro de Madrid con esa obra maestra de la escultura que es el Ángel Caído, de Ricardo Bellver (el autor del nada despreciable pedestal es Jareño). Esta escultura constituye un magnífico compendio de arte y acaso habría que restregársela por los morros a Eduardo Arroyo, más que nada por ver si muestra alguna vergüenza o arrepentimiento de sus vulgares moscas. Yo se la restregaría, incluso, al difunto Chillida, quien, sin criterio alguno, colgó de un puente madrileño una masa informe de hormigón a la que ampulosamente tituló La Sirena Varada (siempre creí que no hay que desperdiciar la oportunidad que ofrecen los puentes para colgar de sus pilares engendros inservibles, como los pintores, los escultores y los arquitectos contemporáneos).
En fin, el Ángel Caído no es, contrariamente a lo que muchos piensan y dicen, un monumento destinado a loar la figura del Diablo, aunque el atrevimiento del autor de dar un protagonismo absoluto al símbolo del mal y el hecho, tampoco despreciable, de que la glorieta donde se asienta el conjunto escultórico está situada a 666 metros sobre el nivel del mar han desatado la fecunda imaginación de los parroquianos, siempre proclives a las interpretaciones esotéricas (repare el sufrido lector con cuánta asiduidad convierte el vulgo en exotéricas las cuestiones esotéricas, como lo demuestra el gran éxito que cosechan los programas de radio y televisión sobre fenómenos paranormales, que no son más que eso, para-anormales).
En fin, no voy a referirme aquí al proceso de vaciado en bronce del Ángel Caído, pues la figura original era de yeso, ni a las dimensiones. Me quedo únicamente con la atormentada y estupefacta expresión del Ángel, que, un instante antes de tomar conciencia de su rebeldía, muestra asombro por haber sido arrojado del cielo como castigo por su arrojo (osadía).
Sin embargo, esta escultura me sugiere más cosas: Satanás, el expulsado, el rebelde, es un hijo de Dios, una creación del Máximo Hacedor, acaso la más hermosa de todas sus criaturas. En consecuencia, hete aquí que es precisamente Dios la fuente de donde emana o mana el mal. Querrán negarlo, mas no podrán (léase la impresionante cita del Libro de Job recogida al principio). Satanás fue creado en el mismo seno de la luz (con el permiso de Endesa e Iberdrola). De hecho, Lucifer (otro de sus alias) significa ‘portador de luz’, así como también es habitualmente aceptado en el pensamiento cristiano que Luzbel, que asimismo lo designa, significa ‘luz bella’.
Llegados aquí, hemos de preguntarnos junto con el profeta: “¿Cómo caíste, Lucifer; tú, que brillabas en la mañana?” (Isaías XV, 12). Un pequeño excurso: hay quien afirma que estas palabras de Isaías no se refieren propiamente al Diablo, sino al último rey de Babilonia (así lo sostienen nada menos que san Jerónimo, Cirilo de Alejandría y Eusebio, mientras que para Orígenes, Tertuliano, san Cipriano y san Ambrosio la referencia al Diablo es inopinable). Yo, como si de unas elecciones municipales se tratara, me abstengo de pronunciarme.
Sin embargo, hago notar que uno de los espejos en los que continuamente se mira Satanás es Jesucristo (señalado reiteradamente en los Evangelios, tanto Él como sus símbolos, como “Blanco de contradicción”). Esa imitación continua de Jesucristo por parte de Satanás es la que llevó a Tertuliano a llamar al Diablo “Simia Dei” (imitador de Dios). De modo que quienes por motivos de fe presumen de estar rendidos a Dios, acaso no sean sino acólitos (anónimos) de Belcebú (término en cuya raíz se sitúa el nombre de otro dios: Baal). Así, el mal no es más que otra forma de manifestación de Dios (yo creo que la más genuina). No en vano, Goethe le hace decir a su Mefistófeles (dirigiéndose al infausto Fausto): “Soy una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre hace el bien”. Aterrador.
Cuando alguien proclama con ardor (en mi caso de estómago) su fe en Dios, ha de saber que también está rindiendo culto (y hasta analfabeto) al Diablo. Por eso yo me intereso sobremanera por las religiones, si bien abomino de la fe, porque, si por mor de la fe alguien logra que creamos cosas absurdas y aberrantes (como que la Virgen fue virgen antes y después de haber engendrado y parido), no le será imposible lograr que también hagamos cosas absurdas y aberrantes (como colocarnos un cinturón bomba y explotarnos, o sea, como hacen los empresarios con nosotros, los pringados trabajadores).
Que nadie presuma de ser mejor que otro por amar más a Dios, porque, se quiera o no, ello lleva implícito también amar al Diablo, amar el mal. Por eso cuando yo escribía, medio en broma, como siempre escribo, que Dios y Jesucristo son símbolos del mal, no era para que mis lectores se escandalizaran, sino para que reflexionaran, tal vez con escaso éxito. Esta era la explicación.
Pese a todo, yo descreo tanto de Dios como del Diablo. Ni siquiera creo que el número de la Bestia sea el 666, como proclama san Juan en su Apocalipsis. El número de la Bestia es el 091, si no al tiempo (véase lo que pasa en Libia y en Siria).
Por cierto, sobre el Diablo se ha escrito muchísimo, pero, de todo cuanto yo conozco, nada tan genial e hilarante como la Biografía del Diablo que escribieron mis veneradísimos y ya difuntos Tip y Coll. En homenaje a ellos voy a citar de memoria algún párrafo: “El Diablo, hijo de Lucifer y nieto de Luzbel era natural de un pueblecito costero de la provincia de Ávila, de padres muy humildes y madres muy ricas. Ya desde pequeño demostró ser un verdadero Diablo y sus padres no podían hacer carrera de él. A los ocho años en la escuela le sacó los ojos al maestro para presumir delante de los demás niños, que eran incapaces de matar a su padre sin causa justificada. Los padres del Diablo le recriminaron: Eso no se hace, ¿no ves que le puedes dejar ciego?. Ha sido sin querer. ¡Cómo que sin querer!. Sin querer el maestro. Y los padres rieron la ocurrencia del niño”.

No voy a seguir, podría recitarlo entero. Al final de la biografía, se preguntan: “¿Qué ha sido del Diablo, dónde está el Diablo?” y responden: “Hasta las próximas elecciones no podremos saberlo”. Pues eso digo yo también.


12 de abril de 2011

Un asesino inverosímil y un autor confeso de una mierda cierta

(He aquí La última cena, de Andrea del Castagno, que aproveche)

Ya no tengo excusa para no escribir sobre un gran artista. Máxime después de ver con cuánta aquiescencia tratan nuestros indoctos políticos la falta de talento: ahora que las cagadas de Eduardo Arroyo penden como excrecencias de las antañonas edificaciones leonesas, en vez de hacerlo de sus peludos cojones, no puedo por menos de preguntarme: ¿diez años para esta mierda? y de recordar a aquel inmenso pintor que fue Andrea del Castagno y lo injustamente que fue tratado por esa gran hija de puta que es la Historia, que vilipendia a los buenos y aherroja su memoria, a la par que encumbra a los porros y a los charlatanes de aptitud huera.
Ni siquiera el puritano Vasari puede sustraerse a la fascinación por la obra de Del Castagno, cuya personalidad, no obstante, aborrece: “Siendo su pintura y dibujo grande y verdaderamente excelente, pero mucho mayor tenía el resentimiento y el deseo hacia los otros pintores: de manera que con tenebrosos pecados enterró y ocultó todo el esplendor de su virtud”.
Andrea del Castagno (también llamado en ocasiones Andreino) fue uno de los más grandes pintores del primer Renacimiento (nació en 1421). Cuadros como La última cena (ver foto de arriba) o La muerte de la Virgen no precisan de explicación alguna para que hasta el más lego comprenda que se trata de obras maestras, lo que evidentemente contrasta con algunas de las aborrecibles creaciones contemporáneas, cuyos autores nos las explican hasta la saciedad por ver si así nos tragamos la bazofia, pero ni por esas.
En fin, esto no pretende ser un tratado de arte, así que diré que Del Castagno, que a mediados del siglo XV era uno de los más primorosos y afamados pintores florentinos, vivió una vida de éxito y reconocimiento, cuya memoria, sin embargo, se vio empañada por un turbulento asunto: el asesinato de Domenico Veneziano, también pintor y amigo de Andreino, asesinato del que según varios autores fue ejecutor en persona el propio Del Castagno y que, presa del remordimiento, habría confesado en su lecho de muerte.
El Vasari, siempre el Vasari, nos cuenta que “Vivió espléndidamente, y porque era persona desprendida y se divertía mucho y vestía bien y en casa de lo propio, dejó pocos bienes a su muerte, truncándose la vida en la edad de 71. Y sabiéndose después de muerto la impiedad que había cometido al maestro Domenico, con odio se le enterró en Santa María Novella y le hicieron este epitafio: Castaneo Andreae mensura incognita nulla atque color nullus linea nulla fuit il envie exarsit fuitque proclivis à iram domitium hinc venyum substulit insidiis domitium illustrem pictura turpat acutum sic saepe ingenium tornillo inimica malí” (algo así como: Andrea del Castagno no tenía mesura ni color ni dibujo. Envidioso y colérico era. Domenico Veneciano ilustre pintor fue estropeado por este malévolo.
La atribución a Del Castagno de la autoría del asesinato de Domenico Veneciano no es original del Vasari, sino que, probablemente, éste dio por buena la calumnia difundida con anterioridad por Billi y por el llamado Anónimo Magliavechiano: según el primero, Veneziano, que trabajaba por esas fechas en la fachada de San Egidio, “fue muerto por dicho Andreino con una maza de armas, golpeándole en la cabeza por envidia y, sin embargo no pudo terminar dicha fachada y al morir confesó dicho homicidio”.
Como todas las mentiras y las malas acciones, la leyenda del asesinato y su atribución hizo pronta fortuna y a los ojos del vulgo convirtió a Del Castagno en un ser detestable, empañando su otra cualidad, la de ser un genio de la pintura.
De poco sirvió que Milanesi demostrara documentalmente que el asesinado, Domenico Veneziano, no pudo haber muerto a manos de Andreino, por la convincente razón de que, en tal caso, el asesino habría fallecido cuatro años antes que la víctima. El propio Milanesi cree haber encontrado la razón de la confusión en el asesinato, acaecido en 1443 y provocado por unos desconocidos, de un tal Domenico di Mateo, que era un pintor florentino, no veneciano. Bastó, empero, una bastarda casualidad para deshonrar la memoria de un gran artista.
En medio de tanta injusticia y arbitrariedad, en medio de tanta ramplonería y mediocridad como se dan en nuestra sociedad en general y en el mundo de la creación en particular, sirva esta entrada de pequeño homenaje y para desfacer el entuerto que se le fizo al grande y querido Andrea del Castagno: un asesino inverosímil, porque que no pudo cometer en modo alguno el crimen que se le imputa, contrariamente a Eduardo Arroyo, autor confeso y orgulloso de una cierta mierda, mejor dicho, de una mierda cierta.

PD. Es muy difícil sustraerse a la actualidad, pese a que la actualidad es ya pasado. Así, en esa 'automamada' de polla senil que son los Micrófonos de Oro, el alcalde de Ponferrada sufrió una especie de eyaculación espiritual con los conocimientos culturales de la baronesa Thyssen, que, ya se sabe, los adquirió todos, al igual que su dinero, por vía venérea, si bien yo juzgo que por esta vía el contagio del conocimiento es imposible, aunque no el del dinero.

Otrosí digo: La Ciuden ha fallado el concurso de ideas para el Bosque del Carbonífero, una impresionante cúpula en cuyo interior se van a reproducir las condiciones de vida, fauna y flora del Carbonífero. Vamos, que no habrá marihuana, una pena. Entre la fauna habrá escorpiones, reptiles y cucarachas, por lo que yo le aconsejé en persona al director general que, en vez de gastarse 7 millones en la cúpula, le pongan unas uralitas transparentes al Ayuntamiento, donde este tipo de fauna abunda con exuberancia (Rapú). En honor a la verdad, Azuara (que así se apellida el director general), que es un hombre culto, pero, al contrario que yo, también es educado, ni siquiera sonrió con la chanza. De los proyectos expuestos hay uno que a mi me fascinó, si bien no resultó elegido: un inmenso y daliniano huevo cósmico. “Es horrible”, dijeron los miembros del jurado. Pues eso, digo yo, perfecto para Ponferrada, en justa armonía con la iglesia de La Rosaleda o la de San Pedro, con el monumento a la Maternidad o el de Las Pimenteras o con la casposa réplica en bronce, ni siquiera oscurecido, de la Victoria de Samotracia, en el mirador del río Sil. Como horror estético, el huevo cósmico habría competido ventajosamente con Las Moscas comemierda de Arroyo, con el Musac y hasta con el ‘superconsolador’ anal gigante y brillante de la Torre Agbar (es anal porque Aguas de Barcelona, hoy en poder de una multinacional francesa, nos lo mete diariamente por el culo y hasta parece que nos gusta). Au revoire.







28 de marzo de 2011

La máxima de Máximo o ¡cojones!, 'tá to inventao'

 (He aquí dos viejos títulos de las primeras décadas del siglo pasado, pero de asombrosa contemporaneidad)

El cuasi herético filósofo y teólogo Juan Escoto Erígena (o Eriúgena) atribuye en su obra Sobre la Naturaleza, Perifhyseon, (escrita allá por el siglo IX) a Máximo El Confesor (que no el párroco de La Rosaleda, que también se llama Máximo) un pensamiento inabarcable y desasosegante según el cual todo lo que la mente puede concebir en aquello mismo se transforma.
Como yo no soy teólogo, salvo cuando estoy verdaderamente borracho o drogado, he dado, muy últimamente, con mi propia interpretación de esas crípticas palabras de Máximo: Todo lo que una mente, por anormal que sea, puede imaginar, siempre acaba encontrando un brazo ejecutor, normalmente irracional, que hace realidad tal alucinación. Lo cual hace que resulte igualmente sospechosa la capacidad de pensar que la existencia misma de la realidad.
En fin, viene esto a cuento de que, siguiendo la máxima de Máximo, toda acción, por atroz que sea, fue pensada con antelación, normalmente por alguien distinto al actor. Llegados a este punto alguien pensará que estoy ‘pasao’ de vueltas, cosa que también, pero es que el otro día escuché y leí varias noticias y titulares que se resumen en ésta: “La Atlántida podría estar sepultada bajo Doñana, según National Geographic”. El subtítulo ahonda en la perplejidad: según científicos alemanes, “un documental emitido por National Geographic insiste en situar la mítica civilización en Andalucía...” y añade de forma sorprendente “tal como dijo el filósofo Platón”; que no es que Platón dijera que la Atlántida estaba en Andalucía, sino que fue, que se sepa, el primero que urdió el mito de la Atlántida en sus diálogos Critias y Timeo (si bien ya vimos en una entrada anterior cómo el satírico Timón aseguraba que el Timeo fue copiado por Platón de un libro del pitagórico Filolao que el filósofo ateniense adquirió a un precio desorbitado).
En fin, aunque a muchos les pueda parecer sorprendente el descubrimiento de los científicos de National Geographic, hay que decir que la ubicación de la Atlántida en el Coto de Doñana es vieja. Recuerdo un maravilloso libro publicado por la vieja y excelsa Colección Austral antes de convertirse en una verdadera editorial basura, como todo el Grupo Planeta. Se titulaba ‘Tartessos’ (1924) y su autor era el inmenso arqueólogo, historiador y filólogo alemán Adolf Schulten, un individuo con más erudición pero menos suerte que Schliemann (el descubridor de Troya y del Tesoro de Atreo, en Micenas). Obsesionado por la mítica civilización tartésica, citada en la Biblia varias veces bajo el nombre de Tarsis, Schulten no sólo llegó a realizar excavaciones en el Parque de Doñana, en las que creyó haber encontrado vestigios de la mítica ciudad estado, sino que sostiene que, en su mito de la Atlántida, Platón se inspiró en esta civilización. Ya sé que a la mayoría Schulten, Schlieman, Platón y la Atlántida se la pela. Lo que pretendo es recalcar que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo postulado, pensamiento o creación literaria, científica o artística es el resultado lógico o ilógico de algo que alguien ya previó o imaginó anteriormente.
Otro caso: Leo en El Mundo.es de ahora mismo. “Las tropas del coronel Muammar Gadafi están comenzando a sufrir “deserciones”, según han afirmado Hillary Clinton (también conocida como la Hilaria) y Robert Gates (Roberto Puertas), responsables, respectivamente, de la Diplomacia y la Defensa norteamericana, en la cadena CBS. “Hay numerosos diplomáticos y jefes militares que dudan, que cambian de bando, que desertan porque ven cómo van a terminar”, ha dicho la secretaria de Estado norteamericana. “No debe descartarse la posibilidad de que los agentes del régimen abandonen a su líder. No subestimen la posibilidad de que sea el propio régimen el que se desmorone”, añadía, por su parte, el secretario de Defensa.
Ahora, coteje el paciente lector el contenido del anterior pasaje y de toda la información recibida en estos días sobre la guerra de Libia, con esta serie de fragmentos que no por literaria es menos premonitoria: “El Tirano, cauto, receloso, vigila las defensas, manda construir fajinas y parapetos, recorre baluartes y trincheras, dicta órdenes....
Encorajinándose con el poco ánimo que mostraban las guerrillas, jura castigos muy severos a los cobardes y traidores: Le contraría fallarse de su primer propósito que había sido caer sobre la ciudad revolucionada y ejemplarizarla con un castigo sangriento...
Antes del alba se vio cercado por las partidas revolucionarias y los batallones sublevados...
En la primera acometida se desertaron los soldados de una avanzada, y desde la torre fue visto del Tirano: - ¡Puta madre! ¡Bien sabía yo que al tiempo de mayor necesidad habíais de rajaros!”
Estos fragmentos han sido extraídos de la novela Tirano Banderas, escrita en 1927 por Valle Inclán, un hombre autor de una gran obra que, no obstante, estuvo muy por debajo de su propia vida. En cualquier caso, basta imaginar que el Tirano al que se refiere es Gadafi o los ya finiquitados Ceacescu o Sadam Husein y el texto cobra plena actualidad, porque es lo que tienen los textos clásicos, que son más contemporáneos que los actuales, que nacen ya caducos y posiblemente jamás lleguen a alcanzar la contemporaneidad. A este respecto, Jorge Manrique incidía: “como a nuestro parecer / cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Y claro que lo fue, pues ni el pobre Manrique, ni siquiera Máximo el Confesor, pudieron llegar a sospechar que algún día Amancio Prada destrozaría con esa cosa que él llama música los versos con más duende (Lorca dixit) de la literatura española. En fin, Les Luthiers apostillaron al respecto: “Cualquiera tiempo pasado fue anterior”. Yo sostengo que cualquiera tiempo pasado es más contemporáneo que éste, y Borges, siempre Borges, antes de que le pusiera música María José Cordero, aseguró que el pasado es la materia de la que el tiempo está hecho, por eso se vuelve pasado tan pronto. O lo que es lo mismo: ¡Cojones! ‘tá to inventao’.

PD. Cité de paso arriba la iglesia de La Rosaleda. Para quien no la conozca diré que es un horror de color blanco (como Moby Dick). En fin, un horror dentro de otro horror que es el propio barrio en sí. Lo único bueno y que poca gente conoce es que bajo la iglesia hay dos viviendas amplias, bien diseñadas y confortables: o sea, que no parecen un picadero.

15 de marzo de 2011

El macabro vals del Vesubio azul


(Los titulares de esta portada de 1974 son asombrosamente actuales, como toda la historia antigua)

La actualidad siempre es rabiosa, aunque también vieja. El gran Antón Uriarte (impagable su blog C02 -http://antonuriarte.blogspot.com/) llamaba hace unos días la atención sobre una portada del 7 de abril de 1974 del diario ‘Ya’ (Ya desaparecido, como otros que llevan el mismo camino) a cuyo tenor bien parece que el mundo ha entrado en un bucle temporal como el de la película Atrapado en el Tiempo (la del día de la marmota. Ver la imagen de arriba): noticias sobre la sucesión o derrocamiento de Gadafi; Problemas de la economía española, entrada en vigor de la limitación de velocidad... O sea, una portada que bien podría haber salido ayer u hoy.
Yo voy a retrotraerme más allá aún. Si hay dos cosas actuales en estos momentos, son las elecciones españolas y las catástrofes naturales como el tsunami japonés. Pues bien, aunque, como diría ese gran nabo que alumbra el mundo, llamado ‘Pepiño’ Blanco “a veces lo nuevo resulta novedoso”, lo cierto es que tanto las elecciones municipales como las catástrofes son calamidades frecuentes a lo largo de la historia (a lo ancho no sé, porque estoy adelgazando). En fin, por una curiosa coincidencia, la legendaria ciudad de Pompeya resultó atrozmente destruida (junto con su vecina Herculano) por una violentísima erupción del volcán Vesubio en el año 79 d.C. en el año.
Se da la circunstancia (Purriños dixit) de que en las paredes de Pompeya, detenidas en el tiempo por la acción de las cenizas del volcán, hay casi tres mil anuncios de elecciones municipales, algunas de ellas hacen propaganda de un tal Marco Cerrinio Vatia y otras no tan favorables a este personaje cuyo nombre puede ser sustituido por el de cualquiera de nuestros ‘alcaldables’ actuales. Así una inscripción no muy proclive al candidato reza: “Los chorizos piden el voto como edil para Vatia”; “Macerión y los dormilones piden el voto como edil para Vatia”; o este otro: “Todos los que beben hasta altas horas de la noche piden el voto como edil para Marco Cerrinio Vatia” (Corpus Inscriptionum Latinarum 4.575, 4.576 y 4.581).
Las campañas electorales siempre han generado una gran expectación y mucha estrategia para ganar el cargo, ese al que todos dicen de forma falsaria que van a servir y no a servirse de él. Véase, si no, esta recomendación recogida en el pequeño manual de campaña electoral atribuido a Quinto Cicerón, hermano del gran orador Marco Tulio Cicerón, aconsejándole sobre cómo desacreditar a sus rivales políticos: “Ocúpate de que toda tu campaña electoral se desarrolle con gran fastuosidad, que sea brillante, espléndida y atractiva para el gusto popular, ofreciendo un aspecto de grandeza y dignidad. Además, si es posible de cualquier manera, que surja ente tus competidores algún escándalo, en consonancia con el carácter de cada uno relacionado con algún crimen, o con su comportamiento sexual o con algún soborno” (Plenamente vigente, de no ser porque todos nuestros candidatos están tan corrompidos que prefieren la ley del silencio que airear las vergüenzas de sus rivales para preservar las suyas propias).
Respecto al tema electoral, y para quien quiera entender, que en la Roma antigua, el lugar donde se reunían los ciudadanos antes de votar (algo así como el colegio electoral de hoy) se llamaba ‘ovile’, término que significaba literalmente ‘redil de ovejas’ (No en vano Borges juraba descreer de la democracia por constituir un intolerable abuso de la estadística, según el cual se nos hace creer que más de la mitad de la gente tiene razón más de la mitad de las veces, cosa lamentable y sangrantemente incorrecta).
El problema es que hoy, como entonces, el problema no se soluciona con unas elecciones; siempre se agrava, porque, si repiten en el poder los mismos ladrones, éstos se sienten legitimados por los votos para seguir haciendo fechorías, y, si los votos determinan su deposición, entonces los que llegan tienen que apresurarse a esquilmar lo que quede en las arcas públicas y recuperar el tiempo perdido estafando a los contribuyentes. Así, traigo a colación esta reflexión jocosa de Mark Twain, el genial autor de obras como Las aventuras de Tom Sawyer, Príncipe y mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo o Las aventuras de Huckleberry Finn, que también visitó Pompeya (lo refleja en su hilarante sátira Inocentes en el extranjero), donde se le quedó atrapado un pie en las profundas rodadas que había dejado sobre el viejo enlosado el paso de miles de carretas “de generaciones y generaciones de contribuyentes estafados” (sustitúyanse las rodadas de las carretas por los baches y socavones de nuestras calles y la frase es tan actual que es también casi futurista). El gran Twain se vio sobrecogido cuando contempló los cadáveres cubiertos por las cenizas del Vesubio. Sin embargo, señala: “La tristeza que me embargó al ver el primer pobre esqueleto cubierto de ceniza y lava se alivió un poco cuando pensé que aquel individuo tal vez fuera el concejal de obras públicas” (siempre sostuve que la pena de muerte debe seguir abolida, salvo para los políticos, los jueces y los poetas leoneses).
Así pues, gracias a una catástrofe natural, como la erupción de un volcán, hemos podido comprobar que hay catástrofes humanas, como unas elecciones municipales, de parecidas dimensiones y, a la larga, tan letales o más que aquéllas.
Por otro lado, para quien se cree que en la vieja Europa y en el antiquísimo Mediterráneo estamos a salvo de esas catástrofes que sólo pasan en Japón, hay que recordarle la tragedia de Pompeya, pero también aquella otra que en el segundo milenio a.C. destruyó la isla de Tera (Santorini) y que provocó un tsunami que devastó todo el Mediterráneo, incluida la grandiosa civilización minoica, con centro en el palacio de Cnossos, en Creta. Así que, rojos volcanes y azules tsunamis han puesto desde antiguo la música del macabro vals de la destrucción (el vals del Vesubio Azul). Pero no olvidemos cuenta que nuestra historia pasada es también nuestro presente y nuestro futuro. Alea jacta est, la suerte está echada, sólo falta saber cómo acaecerá la destrucción.
Es más, ya en nuestra era, el historiador Amiano Marcelino nos da cuenta del espectacular tsunami que arrasó gran parte del Mediterráneo oriental en 21 de julio del año 365 d.C.: “Súbitamente se produjeron por todo el mundo fenómenos horribles de una magnitud como no hemos encontrado jamás ni en mitos ni en narraciones verídicas de la Antigüedad”. Otra de estas grandes catástrofes está muy próxima: se producirá el 22 de mayo de 2011. Así que, ¡ovejas, al redil¡

PD. No faltó quien en aquellas fechas atribuyó la destrucción provocada por el Vesubio a la vesania de Dios o de los dioses, exacerbada por la maldad humana. No faltará quien atribuya la reciente catástrofe nipona al cambio climático o a la soberbia humana de jugar a ser dios utilizando la energía nuclear. Al tiempo.

7 de marzo de 2011

Los amigos del asesino











(Son todos iguales. El que hoy es un asesino hace bien poco no lo era y le regaló un caballo a Aznar - el caballo es una alegoría del pueblo piojoso-. En la imagen de la derecha, véase cuánta aquiescencia y franca admiración hacia el asesino)
“Cuatro jóvenes, árabes dos de ellos, llegaron al club de los ‘Ambassadeurs’, frecuentado como restaurante famoso y también, en el piso superior, como sala de juego de categoría internacional.
Después de comer, los dos árabes, que disfrutaban de una de sus raras noches de permiso durante su estancia en los mejores campos de instrucción del Ejército británico, subieron al primer piso para observar el espectáculo.
El más joven, el más joven, extraño y robusto, se acercó a una de las mesas de juego y, señalando a uno de los jugadores, dijo a su amigo: - He visto a este hombre en alguna parte. ¿Quién es? ¿Y con quién juega?.
El hombre la que había reconocido jugaba fuertes cantidades con un célebre armador griego. Después de observar fijamente a aquel individuo, que jugaba con ardor infernal, hasta el punto de perder casi medio millón de dólares en una hora, el joven árabe consiguió identificarlo: era el consejero personal del rey Idriss.

El soldado se quedó helado. Transformado en una estatua, rígido, trataba de asimilar lo que veía a dos metros de distancia: aquellas manos, aquellos billetes, aquella embriaguez del juego, aquel vértigo.
Su camarada quiso arrancarlo de allí, llevarle a tomar un poco el aire. Pero él se negó, diciendo sólo en voz baja: - Deja que siga observando. ¡Mira lo que hacen con todo el oro que nos roban!
Permaneció allí otra hora, como para asimilar del todo y para siempre esta revelación. En aquel momento, el capitán Moammar Gadafi sintió sobre su hombro la mano del destino....”. (Leonard Mosley transcribió este relato, sucedido en Londres, del jeque Ahmed al Abah, de Omán, que recoge Jean-Jacques Servan-Schreiber en ‘El desafío mundial’-1980-).
¡Acojonante!, ¿a que sí?.
El Gadafi del relato anterior es apenas reconocible en el sanguinario déspota y asesino que hoy masacra sin piedad y con furor converso a sus compatriotas. Hoy no voy entrar en el problema libio ni en las presuntas revoluciones de Túnez y Egipto. No. Hoy quiero reflexionar sobre aquello que hace que una persona acabe transmutada en una caricatura de sí mismo y termine convirtiéndose en todo lo que un día odió. ¿Qué ha pasado para que Gadafi acabe siendo en un tirano similar al que un día juró derrocar?. ¿Por qué el progre e izquierdoso Zapatero ha acabado convirtiéndose en un neoliberal y fachorro de pro al que le dan lecciones hasta los propios Rajoy y Cospedal?. ¿Por qué el fachorro Aznar acabó abrazando la constitución de la que tanto descreía, hasta el punto de creerse su máximo garante?.
No se trata de frivolizar. De algún modo todos somos esos hombres. Todos somos asesinos en potencia, corruptos en potencia (algunos incluso en acto), fachas y demócratas en potencia. Lo que es seguro es que, de un modo u otro, en alguna fase de nuestras vidas todos nosotros somos muy diferentes de lo que fuimos en el pasado y somos de una forma que, de haberla intuido a priori, nos habría hecho sonrojar o suicidarnos.
Cuando el príncipe Gautama, antes de convertirse en el Budha, descubrió a un mendigo, a un enfermo, a un asceta y a un cadáver, preguntó a su preceptor quienes eran aquellos hombres. El preceptor le dijo que aquellos hombres eran él mismo algún día. En ese momento Gautama despertó y se convirtió en Budha (un nombre que hoy ha quedado relegado a nombre de pub o de puticlub).
Sin embargo, yo, que no sé qué religión profeso, pero sí sé que no soy budista, voy a hablar aquí de otro personaje fascinante, desconocido y de ficción: Al Kaw-Djer (también Kaw-Djer, pero me gusta más con la partícula Al por sus reminiscencias islámicas), protagonista de la novela Los náufragos del Jonathan, de Jules Verne (un autor genial autor de varias obras maestras e inmortales al que, no obstante, hoy cualquier juntaletras autor de porquerías y excrementos juveniles, como J.K. Rowling o Laura Gallego, se creen con derecho a mancillar).
La novela (bastante retocada, todo hay que decirlo por su hijo, Michel Verne) cuenta la historia de este curioso personaje cuyo lema en la vida es ‘ni dios ni amo’ (un claro trasunto del capitán Nemo, de esa otra obrita casi desconocida titulada 20.000 Leguas de viaje submarino). Pues bien, Al Kaw-Djer vive aislado de los seres humanos a los que no odia, pero a los que ignora, en una zona indeterminada de la Patagonia, próxima al estrecho de Magallanes. Un día contempla desde los acantilados el naufragio de un barco (el Jonathan) que lleva familias enteras de colonos que iban en busca de nuevas tierras en las que asentarse. Al Kaw-Djer ayuda a los supervivientes y les dice que no busquen más tierras, que allí tienen todas las que quieran trabajar. Ellos le ruegan que se convierta en su gobernante, dada su capacidad natural de liderazgo (esa que Zapatero y tantos otros nunca tuvieron). Al Kaw-Djer se niega radicalmente a ello, porque es un individualista convencido. Sin embargo, la fuerza de los acontecimientos (robos, disputas, asesinatos entre los náufragos) le llevan a aceptar el puesto como mal menor. A partir de ahí, Al Kaw-Djer, el anarquista, el individualista, el hombre amable y comprensivo de la frágil naturaleza humana se va transformando en un déspota y en un sanguinario y, lo que es peor, él es consciente de su propia transformación; él, que huyó del contacto de los humanos para no caer en sus bajezas va convirtiéndose, sin remisión, en el monstruo que siempre odió. Como Gadafi.
Lamento los muertos de Libia, pero sobre todo compadezco a individuos como Gadafi, como Aznar, como Zapatero... Para acabar siendo como ellos hay que decir y escuchar muchas mentiras y, lo que es peor, acabar creyéndolas. Y peor aún, todos nosotros somos ellos, sólo nos falta que nos dejen demostrarlo


23 de febrero de 2011

Plagio: ¿robo o contagio?

 (Una juez determinó que esta novela de CJC era un plagio)

Rubén Darío, tan gran poeta como pedante, dijo alguna vez: “De las blasfemias de las academias, líbranos señor”. Ello, no obstante, tengo que echar mano de ese producto escatológico llamado Diccionario, que es el resultado del esforzado obrar de los componentes de una residencia de ancianos a la que llamamos habitual y coloquialmente Real Academia Española.
Pues bien, el Diccionario en cuestión define con una precisión pasmosa la palabra plagio: “Del lat. plagium.1. m. Acción y efecto de plagiar”. Lo que nos deja igual que estábamos, salvo que nos afanemos en buscar el verbo plagiar, cuya definición ya es más clara: “Del lat. plagiare. 1. tr. Entre los antiguos romanos, comprar a un hombre libre sabiendo que lo era y retenerlo en servidumbre, o utilizar un siervo ajeno como si fuera propio. 2. fig. Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias. 3. Amér. Apoderarse de una persona para obtener rescate por su libertad”.
Me interesa la segunda acepción y por ello la he puesto en negrita. Al reproducir definiciones del Diccionario yo estaría plagiando, de no ser porque no las doy como propias, sino que cito su procedencia, esa nimiedad que afamados y no tan afamados autores olvidan con asaz y reiterada frecuencia, haciendo bueno el dicho de Séneca: 'Errare humanum est, sed perseverare diabolicum' (Errar es humano, perseverar, diabólico). A mi me gusta más esta versión del proverbio: “Errar es de humanos, pero herrar es de herreros”, aunque, más que una versión, es una perversión absurda que, no obstante, se queda corta ante el surrealismo de noticias como ésta cuyo titular cito textualmente: “La Junta incluye dos ballenas entre las especies vulnerables de la Comunidad” (la comunidad a que se refiere es otro geriátrico llamado Castilla y León) y el documento donde este gobierno autonómico incluye a las ballenas es el Programa de Desarrollo Rural 2007-2013, un texto fusilado o plagiado de una fuente tan fiable y recomendable como El Rincón del Vago, rincón al que la Junta de Castilla y León tiene particular cariño, como puede comprobarse viendo quienes la integran. El texto plagiado, que fue actualizado el 2 de diciembre de 2010 sin eliminar, ¿para qué?, la alusión a los cetáceos, tiene una extensión de 812 páginas que no ha leído ni el presunto autor (el plagiario) y, para ahondar en el bochorno, fue aprobado en su día por la Comisión Europea, lo que nos conduce a una conclusión ineludible: En Europa la administración es tan vaga e ineficaz como en España.
En esta línea de argumentación se inscribe la reciente acusación de plagio vertida contra el ministro alemán de Defensa, Karl Theodor zu Guttenberg, de quien se dice que copió importantes y numerosos aspectos y argumentos de su tesis doctoral (“varios catedráticos han confirmado haber hallado fragmentos de sus trabajos anteriores en la tesis del funcionario”, leo en algún medio). “La prensa local y portales en Internet se encargan de revisar de forma meticulosa la tesis doctoral de zu Guttenberg, en la cual se detectaron numerosos párrafos idénticos a fragmentos en diversos artículos de prensa y tesis académicas”, continúa la noticia, lo que me deja estupefacto, pues aquí, en Castilla y León, el plagiario no sólo no ha recibido presiones, como en Alemania, sino que se ha burlado de los que le acusan de plagiar un documento oficial. Esto conduce a una reflexión un poco más amarga: mientras en Alemania presionan para que dimita un tipo por plagiar presuntamente una tesis doctoral, aquí en España defienden a capa y espada, por ejemplo, a un rábula metido a político al que una trama corrupta a la que benefició con centenares de millones de euros en contratos le regaló, que se sepa, 10 trajes y no sé cuántas corbatas.
No quiero desviarme, porque hoy la cosa de va de plagio. El plagio no es algo nuevo ni novedoso (como diría Pepiño Blanco). De hecho, reproduzco aquí este texto impagable de mi dilecto Aulo Gelio, un autor del siglo II d.C., como cualquier chupatintas de la Junta o similar puede comprobar acudiendo al Rincón del Vago o a la ‘Wiskipedia’: “Refieren los antiguos que Platón, a pesar de que solamente poseía caudal muy pequeño, compró por diez mil denarios los tres libros del pitagórico Filolao, asegurando algunos autores que esta cantidad se la dio su amigo Dion de Siracusa. También se refiere que Aristóteles, después de la muerte de Speusipo, pagó tres talentos antiguos por algunos libros compuestos por este filósofo; cantidad que, evaluada en nuestra moneda, hace setenta y dos mil sextercios. El satírico Timón, en su poema titulado Silos, en el que deja rienda suelta a su malignidad, apostrofa en estos injuriosos términos a Platón, que, como hemos dicho, era muy pobre, por haber comprado muy caro un tratado de filosofía pitagórica, sacando de él, con numerosos plagios, su famoso diálogo del Timeo. He aquí los versos de Timón:
“Y tú también, Platón, te has visto dominado por el deseo de instruirte, y has comprado por mucho dinero un librito con cuyo auxilio te has puesto a escribir tú mismo”. (Aulo Gelio. Noches Áticas).
Escritores grandes y grandiosos no se han escapado de ser acusados del plagio: Leopoldo Alas 'Clarín', Camilo José Cela, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Ramón María del Valle Inclán y hasta Quevedo y Cervantes.
El caso de Cela fue famoso: “Más de 10 años después de que la escritora María del Carmen Formoso se querellara contra Camilo José Cela, una juez de Barcelona ha resuelto que existen indicios racionales para considerar que se cometió un delito contra la propiedad intelectual en la elaboración de la novela La Cruz de San Andrés, ganadora del Premio Planeta de 1994” (publicado por Elpais.com el 21 de abril de 2009). 
Otros escritores, con mucha menos importancia, pero tanta o más prosopopeya, tampoco pudieron eludir ese baldón: Pérez Reverte, Paulo Coelho, Luis Alberto de Cuenca (que para justificarse del plagio se sacó de la manga aquello de la ‘intertextualización’, es decir, lo mismo que el ministro alemán), Lucía (o Lucia, como prefiero yo llamarla) Etxebarría y varios centenares más. Hay también casos que, no por nimios dejan de ser indecentes, como el de Ana Rosa Quintana, que firmaba con su nombre lo que escribía otro al que pagaba por ello, y algo parecido hizo el que fuera ministro Ricardo de la Cierva.
Yo disculpo a los plagiarios, pues lo único que hacen es aprovecharse de la estupidez humana. La literatura nunca debiera ser un objeto comercial, susceptible de proporcionar lucro económico o social a su autor. En tal caso, el robo de ideas, frases y construcciones literarias jamás conllevaría un componente pecuniario o un plus de reconocimiento social: uno, simplemente, escribiría y otro, simplemente, leería, sin más artificios.
Recuerdo, no obstante, que Borges estaba en la línea de que cualquier creación podía ser tildada de plagio, toda vez que “la historia de la literatura no es sino la historia de la modulación de ciertas metáforas”. Así, en su fabulosa historia del universo fabuloso de Tlön, escribe: “En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo” (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius). De hecho, Borges fue objeto de la esperpéntica acusación de autoplagio (de plagiarse a sí mismo), de la que él se defendió asegurando que al menos la primera versión era suya.
Más radical en su defensa de la despenalización del plagio fue mi admiradísimo (no preciso explicar por qué) Paco Umbral: “Prefiero el robo a la influencia. Sólo robando de otro se aprende a escribir y, por eso, la literatura está entre los delitos comunes”.
Como remate, diré que el plagio ha saltado las barreras de la creación artística para instalarse en campos tan disímiles como la radio. Así, la cadena SER ha interpuesto una demanda por plagio de las formas y los contenidos del programa Carrusel Deportivo por parte del equipo de Paco González, que hace un programa calcado, pero en la Cadena Cope, a la que se marchó cuando lo echaron de la SER. El problema vuelve a ser el dinero. Hay muchos oyentes, digo euros, por medio.
Perseguir el plagio es tan inútil como hacerse una paja con condón. Los vagos y los mediocres siempre acaban en lo más alto de cualquier escalafón (económico, político o social) a costa de los más trabajadores y originales, pero son impunes, porque son ellos los que hacen las normas y nadie en su sano juicio hace una norma para reprender y castigar sus propias acciones.

PD. Hoy se cumplen 30 años de la asonada de Tejero. Cuando todos recuerdan a los prohombres de la Patria: Suárez y Gutiérrez Mellado, yo quiero recordar al fallecido en un accidente de coche cuando iba totalmente borracho Antonio de Senillosa, quien, pese a ser un tipo culto y genial, era diputado, y al que los guardias civiles le prohibieron hablar y, después, tomar notas en una libreta de cuanto estaba pasando en el Congreso. Lo dijo con mucha gracia: “Los guardias civiles sentían tanta aversión por la palabra hablada como por la palabra escrita”.

15 de febrero de 2011

Asesinos


(Vista impresionante de las ruinas de Alamut)

Poética, pero falsa, transita por el universo literario una historia sobre tres amigos (Omar, que observó el mundo, Nizan, que lo gobernó, y Hassan, que lo aterrorizó) que cuando estudiaron juntos en Nisapur se juraron amistad eterna. Nizán llegó a lo más alto: visir de los sultanes selyúcidas. Dispuesto a ayudar a los otros dos, Omar se conformó con vivir de las rentas agrarias de unas haciendas que su amigo le proporcionó, para, de este modo, dedicarse a lo que en verdad le gustaba, las matemáticas, la astronomía, y, ante todo, la poesía, que practicaba en secreto pero con parquedad obsesiva. Hassan, en cambio, abusó más de la amistad del amigo triunfador y ambicionó y obtuvo un cargo de gobernador en la región iraní del Jorasán, lo que le permitió erigirse como líder de la secta de los ismailíes.
Hassan es la clave de esta historia. Dotado de una inteligencia y un arrojo que no conocían de limitaciones logró el sometimiento, sin derramar ni una gota de sangre, de la fortaleza de Alamut, hasta entonces inexpugnable (sólo 132 años después sería sometida por el sitio y por el hambre a manos de Hulagu Han, sucesor del Gran Khan Kublai que tanto elogia Marco Polo en su Libro de las Maravillas). En fin, este Hassan creó un cuerpo de soldados, de sicarios dicen otros, que lo obedecían hasta la autoaniquilación, que hoy llamamos inmolación.
A Marco Polo, precisamente, le debemos la falsa creencia de que para infundirles valor a la hora de cometer sus asesinatos y, eventualmente, sus inmolaciones Hassan, cuyo nombre fue Hassan Ibn Sabbah, también conocido como el Viejo de la Montaña, proporcionaba a sus soldados sicarios un brebaje a base de hachís que les encendía el ánimo y los convencía de que matar muriendo era el modo más directo de llegar al jardín de las huríes, al prometido paraíso de Alá.
Hay quien pretende hacer derivar la palabra asesino de la secta de comedores, fumadores o ingeridores de hachís que fundó Asan (los hachisines o haxixiyum –fumadores de haxix). Otros, sin embargo, descreen de este origen, asegurando que a Hassan le gustaba llamar a sus adeptos ‘asasiyum’, “los que son fieles a Alá, al ‘Fundamento’ de la fe” (Amin Maalouf. Samarcanda). Los que esto sostienen niegan que los asesinos mataran por o bajo los efluvios de otra droga que no fuera la fe: “Los Asesinos no tenían otra droga que una fe inamovible” (A. Maalouf. Op. cit.).
Todo esto que he contado no es más que una propuesta de reflexión sobre los actuales atentados suicidas protagonizados por fundamentalistas islámicos. No sé qué pensarán los que me leen, pero yo creo que tras ellos hay una larga y muy documentada tradición no exenta de admiración hacia los suicidas. Nuestras mentes occidentales apenas pueden concebir tales motivos, pero todos sabemos el valor que en toda sociedad se da a la tradición, aunque sea abyecta e inicua (sin ir más lejos, en España, los toros y las largas pajas mentales de aquilatados intelectuales, aunque también faranduleros, para justificar la muerte violenta de un animal por puro placer estético).
Siglos de literatura escrita y oral han llevado a la admiración, siquiera secreta, de una conducta degradante, sólo justificada por la fe ciega en un dios. Pero, ¿dónde no se han cometido crímenes execrables en nombre de Dios?. Esto es válido para cualquier dios y para cualquier lugar. Acabar con los atentados suicidas es una batalla contra la inercia histórica, como acabar con los asesinatos machistas. Requerirá, probablemente, siglos y hasta un cambio de civilización. Para reforzar este argumento tengo que ser justo con los asesinos de Hassan, pues en honor a la verdad ellos no fueron los pioneros de los atentados suicidas: Durante la ocupación romana de Palestina había un ala radical de la secta de los Zelotes que se ocupaba de asesinar a sus enemigos políticos y religiosos. Se los llamaba sicarios, nombre derivado de la daga que indefectiblemente llevaban escondida bajo su manto. Durante una época las calles de Jerusalén fueron profusamente regadas por la sangre de sus víctimas. Seguro que otros antes precedieron a los sicarios.
En fin, aunque inabarcable, el tema de los asesinos está concluso. Sólo quiero apuntar que los otros dos amigos de la historia inicial, que, recuérdese, era falsa, eran Nizan al-Mulk, y Omar Jayyán o Khayyan, autor este último de rubaiyyat (cuartetas iraníes) tan inmortales como sobrecogedoras:

“Dime, ¿qué hombre no ha transgredido jamás tu Ley?
Dime, ¿qué placer tiene una vida sin pecado?
Si castigas con el mal el mal que te he hecho,
Dime, ¿Cuál es la diferencia entre Tú y yo?”

(Esto está escrito a finales del siglo XI de nuestra era cristiana. Ahora díganme si la mitad de nuestros poetas no debería cerrar el puto pico).

Dije que la anécdota que cité al principio, la de los tres amigos, era falsa porque Nizam tenía 30 años más que Omar. Y Hassan no estudió con ellos en Nisapur, sino que realizó sus estudios en Rayy.
Finalmente, tengo que hablar algo sobre Alamut. Esta imponente fortaleza se encuentra en los territorios del Jorasán, dominando el macizo montañoso de Elburz. Su nombre viene a significar ‘la elección del águila’, porque, según la leyenda, el inaccesible cerro donde se alzaba este bastión fue elegido después de que el águila de un cetrero se posara sobre él. Existe una novela maravillosa del mismo título (Alamut) debida al escritor esloveno Vladimir Bartol en la que se da crédito a la versión fantástica y romántica de Marco Polo. Escrita en 1938, abunda en el particular universo del Viejo de la Montaña. Con soldados asesinos y disciplinados, pero también con hermosos jardines regados por límpidas aguas y habitados por remedos bastante aceptables de las míticas huríes. Esta obra es muy aconsejable, como lo es también la citada Samarcanda, de Amin Maalouf, o el conocido libro de este autor titulado ‘Las Cruzadas vistas por los Árabes’.

1 de febrero de 2011

Encuentro imaginario entre Benedicto XVI, Mevlana y Vathek



  
Hoy pretendía escribir sobre los asesinos, pero tengo que hacerlo de un tema mucho menos interesante. De forma un tanto tendenciosa, hace unas semanas el otrora prestigioso diario El País titulaba: “El Papa se enreda con el purgatorio”, y subtitula: “En una nueva corrección del más allá, Benedicto XVI sostiene que “no es un elemento de las entrañas de la Tierra, sino un fuego interno”.
Según El País, Benedicto Sixteen contradice ahora lo que sostenía hace tres años, cuando aseguraba que “el infierno existe y es eterno”, cosa que no es cierta, porque el infierno puede existir y ser eterno sin ser un lugar físico, como la risa, el amor o un estado del alma, que es lo que dice el papa.
No voy a entrar en disquisiciones teológicas, sino poéticas. Me agrada mucho esa afirmación de Ratzinger, porque supone una proclama estética de dimensiones inimaginables: La Iglesia Católica, como reflejo de los católicos que la conforman, ha estado desde la Edad Media aherrojada no tanto por la idea del infierno cuanto por su imagen, una imagen recreada por Dante con tal vivacidad que marcó a las generaciones durante siglos. El episodio del conde Ugolino es soberbio y desasosegante. En cualquier caso, como agudamente certificó Borges (qué buenas nueces de California y ciruelas envasaba), el Infierno de Dante no es un lugar horrible, sino un lugar donde suceden cosas horribles, pero un lugar físico, a fin de cuentas, como el purgatorio y el cielo. Así, la proclama de Benedicto de que el purgatorio, el infierno y el cielo no tienen una naturaleza espacial, sino que son “estados de ánimo ante Dios” es de una audacia y de una belleza conceptual que maravilla incluso a un descreído y comecuras como yo.
Lo que pasa es que no es del todo original, se verá por qué, pues a lo largo de la historia (a lo ancho no sé) de la literatura y de la poesía, no faltan los ejemplos que identifican el cielo y el infierno con los estados del alma o el corazón del hombre. Así, el infierno estaría dentro de la propia alma humana, en este caso lacerada por el pecado y por el apartamiento de Dios, mientras que el cielo supondría la íntima comunión del alma con su creador, una comunión que no puede menos que tener una vocación de unión, de matrimonio místico (Santa Teresa y San Juan en estado puro).
Repárese (el vehículo) en que Santa Teresa (en un alto) y San Juan (en una laguna) estuvieron a punto de ser acusados de herejía por sostener esas atrevidas cópulas místicas.
Pero hoy no me interesan los místicos españoles, salvo por el hecho de que muy cerca de Alba de Tormes (donde está una de las principales fundaciones de la Santa de Ávila) conozco un lugar, este sí, físico, donde sirven un jamón de Guijuelo que es comerlo y sentirte como si comulgaras, talmente como si vieras cara a cara a Dios.
Lo que quiero resaltar de las afirmaciones del papa (yo lo escribo con minúscula y reservo la mayúscula para la institución, el Papado) es que, seguramente sin quererlo, me han recordado a los poetas místicos, pero no a los místicos cristianos, sino islámicos, que desde muy temprana fecha, mucho antes que los autores cristianos, ya proponían cosas muy parecidas. Así, en el siglo XIII, el que yo considero el más grande poeta místico de todos los tiempos, Rumí (también conocido como Mevlana, autor de El Masnaví, una obra maestra de la literatura y el pensamiento universales), escribió estos prodigiosos versos:

Miré en las cruces de cada iglesia,
pero Él no estaba allí.
Peregriné a los templos de la India
y a los santuarios de China,
pero Él no estaba allí.
Busqué en los montes de Herat y Candalar,
pero Él no estaba allí.
Escalé la lejana cumbre del Qaf
y sólo hallé el nido del Fénix vacío.
Visité la Kaaba,
pero Él no estaba en ese turístico lugar
entre jóvenes y viejos peregrinos.
Leí los libros de Avicena,
pero Su sabiduría eludió toda palabra.
Llegué a lo más alto del trono
a dos codos de distancia, pero Él no estaba allí.
Entonces miré en mi propio corazón
y allí Lo encontré:
No estaba en ningún otro lugar.

Y sobre la unión mística del alma con Dios, el gran Mevlana también escribió:

A pesar de tu apariencia terrenal,
conciencia pura es tu esencia.
De la luz divina eres
el intrépido guardián.
Ven, pues, vuelve a la raíz de las raíces
que es tu propia alma.

Suena mucho a lo que dijo Benedicto, pero expresado de forma más bella; aunque no hay que confundirse, el contenido en ambos caso es terrible, porque nos deja indefensos ante nuestros propios e indefinidos horrores.
Por otro lado, las proclamas del Papa sobre los cielos y el infierno como estados del alma me han traído al recuerdo una de las obras literarias más extrañas y espeluznantes de cuantas he leído y que paradójicamente también entronca de algún modo con el Islam: se trata de Vathek, cuento árabe a cuyas últimas páginas el excéntrico y multimillonario intelectual inglés William Beckford debe su inmortalidad en el mundo de la creación. “Vathek, noveno califa de la estirpe de los abasíes, era hijo de Motassem y nieto de Harum al-Rachid”. Contrariamente a los puritanos, “no creía que fuese necesario convertir este mundo en un infierno para ganar el paraíso en el otro”. Con tal premisa se dio, junto a su amante Nuronihar a las orgías y a los crímenes, pero, sobre todo, al más execrable, al peor de los pecados: “la sed de conocimientos que deben permanecer ocultos a los mortales”, ese pecado que fue la causa de la expulsión de los Primeros Padres del Edén (fue tanta la curiosidad por saber que debieron decir algo así como que “al Edén que le den”). Vathek sabía lo que hacía, pues así se lo recordó una de las cambiantes inscripciones que aparecieron en una fantástica y profética cimitarra que le vendió un extranjero de siniestra faz: “Desgraciado el osado que desea saber lo que debiera ignorar, y emprender lo que es superior a su poder”.
Los crímenes de Vathek y Nuronihar fueron tan terribles que le abrieron a la pareja las puertas del anhelado Alcázar del Fuego Subterráneo, escalofriante aunque feliz invención literaria de Beckford en la que todo es atrozmente prodigioso. Finalmente, ya demasiado tarde, Vathek y Nuronihar descubren que el lugar deseado por ambos es el infierno. En uno de los pasajes del libro, el condenado Suleimán proclama ante el príncipe abasida: “Sufro; un implacable fuego devora mi corazón”, y la narración prosigue: “Y diciendo estas palabras, Suleimán elevó sus dos manos al cielo en señal de súplica y el califa vio que su seno era de cristal transparente, a través del cual se descubría su corazón ardiendo en llamas”. He ahí una buena imagen literaria para ilustrar lo que dice Benedicto XVI.
No sin razón señala Borges que “el infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla”.
Y ahí, precisamente, en la noción de pesadilla, de fuego y reconcomio interior es donde Vathek anticipó las horrendas proclamas de Benedicto XVI. Mientras que el infierno fue dantesco, también fue soportable y hasta abarcable por el entendimiento humano, pero que el infierno esté dentro de nosotros es a la vez aterrador e incomprensible. Me empieza a caer bien este papa, por lo menos intenta dotar a su pensamiento teológico de una estructura estética y literaria medianamente aceptables, algo que supone huir de la horterada, tan común en nuestro pensamiento y arte contemporáneos.

PD: Hay varias razones que explican por qué he tardado tanto en colgar en el blog esta nueva entrada. Una de ellas, no la de menor importancia, es que he andado muy enfangado con personajes como Il Filarete, Sebastiano Serlio y Piero de Francesca, entre otros de los que algún día hablaré si mi infierno interior no me abruma, que camino lleva.