Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

11 de enero de 2011

Los nuevos catones


(He aquí Catón El Viejo, más feo que un muerto con mocos)

(Una imagen de la toga 'praetexta', de donde viene la palabra pretexto)

Hoy voy a explicar por qué he elegido para esta segunda época de artículos de mi blog el título genérico de ‘Praetextos’. El diccionario de la Real Academia Española, ese ejemplo palpable de la excesiva veneración que en España profesamos a los ancianos, define el término ‘pretexto’ como “motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer una cosa o para excusarse de no haberla ejecutado”, y señala que dicho término proviene de la palabra latina ‘praetextus’, fórmula que es precisamente la que yo he querido respetar por una concreta razón, si bien yo jamás he necesitado ningún pretexto para escribir lo que a mi me gusta y en la forma en que me ha apetecido:
Marco Porcio Catón El Censor (el as de los censores, el as-censor), en la elegante, exacta y límpida oración que dirigió al ejército de Galba (ese mismo que aparece muy desdibujado en la serie Hispania), recitó la historia de Papirio Praetextato (o Pretextato, que tanto da).
En la Roma republicana los senadores acostumbraban a llevar a las sesiones a sus hijos adolescentes que vestían la toga praetexta, una prenda con los bordes púrpuras reservada únicamente a los menores de dieciséis años (a los que se daba el calificativo de ‘praetextatus’), a los propios senadores y a los que habían alcanzado una alta magistratura. El tal Papirio acompañó cierto día a su padre al Senado y, al levantarse la sesión sin haber podido votar el asunto del que se trataba, se ordenó a todos los presentes que guardaran secreto sobre lo deliberado hasta que se votara el acuerdo en cuestión.
Cuando llegó a su casa, Papirio fue acosado a preguntas por su madre. Como le dijera que estaba obligado a guardar secreto, más le picó la curiosidad a la buena matrona, que volvió a la carga con mayor insistencia si cabe, algo que, tratándose de una madre es indefectiblemente redundante. Para quitársela de encima, el adolescente pergeñó una mentira: los senadores –le dijo- habían discutido qué era mejor para la República si dar dos mujeres a cada hombre o dos hombres a cada mujer.
Contó Catón que la mujer, aterrada, corrió a difundir la exclusiva entre las vecinas y, a la mañana siguiente, cuando los senadores retornaron a su labor, cosa harto rara en los senadores actuales, se toparon con una manifestación de féminas reivindicando que se dieran dos maridos a cada mujer, por entender que era cosa mejor para la República.
La historia de Papirio la recoge de forma admirable y sencilla Aulo Gelio en sus amenísimas Noches Áticas, que tanto alegraron mis propias noches sahagunenses (nunca facundinas) y que algún día citaré de forma expresa (ex detenida). También la recoge Macrobio en sus Saturnalia y éste, a su vez, fue utilizado como fuente por dos escritores asaz dispares en épocas y estilos: el autor medieval Clemente Sánchez de Vercial y el renacentista Cristóbal de Villalón, para concluir de forma sorpresiva que la madre de Papirio lo había azotado (en el texto de Sánchez de Vercial) o que lo había amenazado con azotarlo (en el texto de Villalón). Es decir, como no podía ser de otro modo desde que Eva comió la puta manzana, mandando a la ruina a Adán y, de paso, a todos nosotros, que tenemos que pagar por lo que hicieron mal otros (hostia, ¿a ver si Zapatero es Dios en su tercera venida?), una vez más toda la culpa es de las mujeres.
De modo que, una execrable acción, como mentirle a una madre, se convierte, no ya en una mera excusa de un joven que viste la toga praetexta (un pretexto), sino que, por mor de la misoginia sempiterna, se transforma en un acto de prudencia necesario para zafarse del zafio ataque de la madre al tierno púber (mujer tenía que ser).
Así que, mentiroso y misógino como era, Papirio se encontró al final de su adolescencia magníficamente dotado para seguir bien la carrera política, bien la eclesiástica. Pero como las confesiones religiosas aún no se habían inventado (ni Cristo ni Mahoma habían nacido para tranquilidad de todos), pues al pobre Papirio se le cerró esta sublime puerta y hubo de conformarse con ser senador. Eso sí, del Senado romano, no del Senado español, ese monumento perenne a la incultura y la haraganería.
Amoral como soy, no quiero escupir aquí moralina, sino sólo hacer observar en nuestra lamentable historia humana han transcurrido miles de años de menosprecio feroz hacia la mujer, de considerarla poco más que un animal (generalmente un perro), cuando no poco menos que una bruja. Generaciones enteras de políticos, de religiosos (de todas las religiones y la peor de todas el Islam actual, otro día escribiré de esto), de intelectuales machacando y silenciando por cualquier medio a las mujeres, no sólo explican actualmente el porqué de tanta agresión y tanta violencia machistas, sino que, desgraciadamente, también explican por qué resulta tan difícil luchar contra esos crímenes, pues a la lógica dificultad que plantea la propia lucha contra el delito y el delincuente, en este caso hay que luchar, además, contra la abrumadora inercia histórica. Un caso reciente: por fino que quisiera resultar, y aunque no lo dijo, el alcalde de Valladolid León de la Riva dejó muy claro que a él lo único que le sugiere la ministra Pajín, con sus “morritos”, es una felación (perdón, quise decir una mamada). No me extraña: ella es una mujer pública y él un hombre público. En este caso, como en otros, el lenguaje también lo dice todo, y no por manejar el lenguaje correctamente se es más o mejor persona. Se puede ser un insolvente mental y expresarse de puta madre: Véase, si no, el artículo ‘Teoría y realidad de la ley contra el fumador’, de El País de hoy, firmado por el académico Francisco Rico. ¿Ven como sobrevaloramos excesivamente el intelecto de estos carcamales sabelotodo?.
En el mismo sentido que el apuntado, y dado que comencé refiriéndome a Catón El Censor, o Catón El Viejo, transcribo a continuación un pequeño fragmento de un alegato suyo contra las mujeres recogido por Tito Livio:
“Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de su propia casa, no hubiéramos llegado a este punto.
Ahora, henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro.
Recordar lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias, cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad qué sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros.
Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestros iguales.
Al final veremos esto: los hombres de todo el mundo, que en todo el mundo gobiernan a las mujeres, están gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por las mujeres: los romanos”.
Ahora, si hay alguien con un mínimo juicio que esté leyendo esto, que me diga si realmente tiene confianza en que una ley como la de Zapatero pueda acabar con los crímenes machistas. Podría hacerlo si el mundo no estuviera plagado de nuevos catones, pero no es el caso. Con la agravante de que éstos de ahora, encima, son medio analfabetos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"...Podría hacerlo si el mundo no estuviera plagado de nuevos catones, pero no es el caso.Con el agravante de que estos de ahora, encima, son medio analfabetos.". ¿Se estará refiriendo al 'Catón el censor', que aparece por aquí, de vez en cuando?.

Anónimo dijo...

Texto explicativo del 'praetexto', pero para mí bastante farragoso su desarrollo. Me temo que se ha perdido el hilo argumental en algún momento, para concluir sin mucha conexión con lo explicado.