Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

23 de febrero de 2011

Plagio: ¿robo o contagio?

 (Una juez determinó que esta novela de CJC era un plagio)

Rubén Darío, tan gran poeta como pedante, dijo alguna vez: “De las blasfemias de las academias, líbranos señor”. Ello, no obstante, tengo que echar mano de ese producto escatológico llamado Diccionario, que es el resultado del esforzado obrar de los componentes de una residencia de ancianos a la que llamamos habitual y coloquialmente Real Academia Española.
Pues bien, el Diccionario en cuestión define con una precisión pasmosa la palabra plagio: “Del lat. plagium.1. m. Acción y efecto de plagiar”. Lo que nos deja igual que estábamos, salvo que nos afanemos en buscar el verbo plagiar, cuya definición ya es más clara: “Del lat. plagiare. 1. tr. Entre los antiguos romanos, comprar a un hombre libre sabiendo que lo era y retenerlo en servidumbre, o utilizar un siervo ajeno como si fuera propio. 2. fig. Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias. 3. Amér. Apoderarse de una persona para obtener rescate por su libertad”.
Me interesa la segunda acepción y por ello la he puesto en negrita. Al reproducir definiciones del Diccionario yo estaría plagiando, de no ser porque no las doy como propias, sino que cito su procedencia, esa nimiedad que afamados y no tan afamados autores olvidan con asaz y reiterada frecuencia, haciendo bueno el dicho de Séneca: 'Errare humanum est, sed perseverare diabolicum' (Errar es humano, perseverar, diabólico). A mi me gusta más esta versión del proverbio: “Errar es de humanos, pero herrar es de herreros”, aunque, más que una versión, es una perversión absurda que, no obstante, se queda corta ante el surrealismo de noticias como ésta cuyo titular cito textualmente: “La Junta incluye dos ballenas entre las especies vulnerables de la Comunidad” (la comunidad a que se refiere es otro geriátrico llamado Castilla y León) y el documento donde este gobierno autonómico incluye a las ballenas es el Programa de Desarrollo Rural 2007-2013, un texto fusilado o plagiado de una fuente tan fiable y recomendable como El Rincón del Vago, rincón al que la Junta de Castilla y León tiene particular cariño, como puede comprobarse viendo quienes la integran. El texto plagiado, que fue actualizado el 2 de diciembre de 2010 sin eliminar, ¿para qué?, la alusión a los cetáceos, tiene una extensión de 812 páginas que no ha leído ni el presunto autor (el plagiario) y, para ahondar en el bochorno, fue aprobado en su día por la Comisión Europea, lo que nos conduce a una conclusión ineludible: En Europa la administración es tan vaga e ineficaz como en España.
En esta línea de argumentación se inscribe la reciente acusación de plagio vertida contra el ministro alemán de Defensa, Karl Theodor zu Guttenberg, de quien se dice que copió importantes y numerosos aspectos y argumentos de su tesis doctoral (“varios catedráticos han confirmado haber hallado fragmentos de sus trabajos anteriores en la tesis del funcionario”, leo en algún medio). “La prensa local y portales en Internet se encargan de revisar de forma meticulosa la tesis doctoral de zu Guttenberg, en la cual se detectaron numerosos párrafos idénticos a fragmentos en diversos artículos de prensa y tesis académicas”, continúa la noticia, lo que me deja estupefacto, pues aquí, en Castilla y León, el plagiario no sólo no ha recibido presiones, como en Alemania, sino que se ha burlado de los que le acusan de plagiar un documento oficial. Esto conduce a una reflexión un poco más amarga: mientras en Alemania presionan para que dimita un tipo por plagiar presuntamente una tesis doctoral, aquí en España defienden a capa y espada, por ejemplo, a un rábula metido a político al que una trama corrupta a la que benefició con centenares de millones de euros en contratos le regaló, que se sepa, 10 trajes y no sé cuántas corbatas.
No quiero desviarme, porque hoy la cosa de va de plagio. El plagio no es algo nuevo ni novedoso (como diría Pepiño Blanco). De hecho, reproduzco aquí este texto impagable de mi dilecto Aulo Gelio, un autor del siglo II d.C., como cualquier chupatintas de la Junta o similar puede comprobar acudiendo al Rincón del Vago o a la ‘Wiskipedia’: “Refieren los antiguos que Platón, a pesar de que solamente poseía caudal muy pequeño, compró por diez mil denarios los tres libros del pitagórico Filolao, asegurando algunos autores que esta cantidad se la dio su amigo Dion de Siracusa. También se refiere que Aristóteles, después de la muerte de Speusipo, pagó tres talentos antiguos por algunos libros compuestos por este filósofo; cantidad que, evaluada en nuestra moneda, hace setenta y dos mil sextercios. El satírico Timón, en su poema titulado Silos, en el que deja rienda suelta a su malignidad, apostrofa en estos injuriosos términos a Platón, que, como hemos dicho, era muy pobre, por haber comprado muy caro un tratado de filosofía pitagórica, sacando de él, con numerosos plagios, su famoso diálogo del Timeo. He aquí los versos de Timón:
“Y tú también, Platón, te has visto dominado por el deseo de instruirte, y has comprado por mucho dinero un librito con cuyo auxilio te has puesto a escribir tú mismo”. (Aulo Gelio. Noches Áticas).
Escritores grandes y grandiosos no se han escapado de ser acusados del plagio: Leopoldo Alas 'Clarín', Camilo José Cela, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Ramón María del Valle Inclán y hasta Quevedo y Cervantes.
El caso de Cela fue famoso: “Más de 10 años después de que la escritora María del Carmen Formoso se querellara contra Camilo José Cela, una juez de Barcelona ha resuelto que existen indicios racionales para considerar que se cometió un delito contra la propiedad intelectual en la elaboración de la novela La Cruz de San Andrés, ganadora del Premio Planeta de 1994” (publicado por Elpais.com el 21 de abril de 2009). 
Otros escritores, con mucha menos importancia, pero tanta o más prosopopeya, tampoco pudieron eludir ese baldón: Pérez Reverte, Paulo Coelho, Luis Alberto de Cuenca (que para justificarse del plagio se sacó de la manga aquello de la ‘intertextualización’, es decir, lo mismo que el ministro alemán), Lucía (o Lucia, como prefiero yo llamarla) Etxebarría y varios centenares más. Hay también casos que, no por nimios dejan de ser indecentes, como el de Ana Rosa Quintana, que firmaba con su nombre lo que escribía otro al que pagaba por ello, y algo parecido hizo el que fuera ministro Ricardo de la Cierva.
Yo disculpo a los plagiarios, pues lo único que hacen es aprovecharse de la estupidez humana. La literatura nunca debiera ser un objeto comercial, susceptible de proporcionar lucro económico o social a su autor. En tal caso, el robo de ideas, frases y construcciones literarias jamás conllevaría un componente pecuniario o un plus de reconocimiento social: uno, simplemente, escribiría y otro, simplemente, leería, sin más artificios.
Recuerdo, no obstante, que Borges estaba en la línea de que cualquier creación podía ser tildada de plagio, toda vez que “la historia de la literatura no es sino la historia de la modulación de ciertas metáforas”. Así, en su fabulosa historia del universo fabuloso de Tlön, escribe: “En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo” (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius). De hecho, Borges fue objeto de la esperpéntica acusación de autoplagio (de plagiarse a sí mismo), de la que él se defendió asegurando que al menos la primera versión era suya.
Más radical en su defensa de la despenalización del plagio fue mi admiradísimo (no preciso explicar por qué) Paco Umbral: “Prefiero el robo a la influencia. Sólo robando de otro se aprende a escribir y, por eso, la literatura está entre los delitos comunes”.
Como remate, diré que el plagio ha saltado las barreras de la creación artística para instalarse en campos tan disímiles como la radio. Así, la cadena SER ha interpuesto una demanda por plagio de las formas y los contenidos del programa Carrusel Deportivo por parte del equipo de Paco González, que hace un programa calcado, pero en la Cadena Cope, a la que se marchó cuando lo echaron de la SER. El problema vuelve a ser el dinero. Hay muchos oyentes, digo euros, por medio.
Perseguir el plagio es tan inútil como hacerse una paja con condón. Los vagos y los mediocres siempre acaban en lo más alto de cualquier escalafón (económico, político o social) a costa de los más trabajadores y originales, pero son impunes, porque son ellos los que hacen las normas y nadie en su sano juicio hace una norma para reprender y castigar sus propias acciones.

PD. Hoy se cumplen 30 años de la asonada de Tejero. Cuando todos recuerdan a los prohombres de la Patria: Suárez y Gutiérrez Mellado, yo quiero recordar al fallecido en un accidente de coche cuando iba totalmente borracho Antonio de Senillosa, quien, pese a ser un tipo culto y genial, era diputado, y al que los guardias civiles le prohibieron hablar y, después, tomar notas en una libreta de cuanto estaba pasando en el Congreso. Lo dijo con mucha gracia: “Los guardias civiles sentían tanta aversión por la palabra hablada como por la palabra escrita”.

15 de febrero de 2011

Asesinos


(Vista impresionante de las ruinas de Alamut)

Poética, pero falsa, transita por el universo literario una historia sobre tres amigos (Omar, que observó el mundo, Nizan, que lo gobernó, y Hassan, que lo aterrorizó) que cuando estudiaron juntos en Nisapur se juraron amistad eterna. Nizán llegó a lo más alto: visir de los sultanes selyúcidas. Dispuesto a ayudar a los otros dos, Omar se conformó con vivir de las rentas agrarias de unas haciendas que su amigo le proporcionó, para, de este modo, dedicarse a lo que en verdad le gustaba, las matemáticas, la astronomía, y, ante todo, la poesía, que practicaba en secreto pero con parquedad obsesiva. Hassan, en cambio, abusó más de la amistad del amigo triunfador y ambicionó y obtuvo un cargo de gobernador en la región iraní del Jorasán, lo que le permitió erigirse como líder de la secta de los ismailíes.
Hassan es la clave de esta historia. Dotado de una inteligencia y un arrojo que no conocían de limitaciones logró el sometimiento, sin derramar ni una gota de sangre, de la fortaleza de Alamut, hasta entonces inexpugnable (sólo 132 años después sería sometida por el sitio y por el hambre a manos de Hulagu Han, sucesor del Gran Khan Kublai que tanto elogia Marco Polo en su Libro de las Maravillas). En fin, este Hassan creó un cuerpo de soldados, de sicarios dicen otros, que lo obedecían hasta la autoaniquilación, que hoy llamamos inmolación.
A Marco Polo, precisamente, le debemos la falsa creencia de que para infundirles valor a la hora de cometer sus asesinatos y, eventualmente, sus inmolaciones Hassan, cuyo nombre fue Hassan Ibn Sabbah, también conocido como el Viejo de la Montaña, proporcionaba a sus soldados sicarios un brebaje a base de hachís que les encendía el ánimo y los convencía de que matar muriendo era el modo más directo de llegar al jardín de las huríes, al prometido paraíso de Alá.
Hay quien pretende hacer derivar la palabra asesino de la secta de comedores, fumadores o ingeridores de hachís que fundó Asan (los hachisines o haxixiyum –fumadores de haxix). Otros, sin embargo, descreen de este origen, asegurando que a Hassan le gustaba llamar a sus adeptos ‘asasiyum’, “los que son fieles a Alá, al ‘Fundamento’ de la fe” (Amin Maalouf. Samarcanda). Los que esto sostienen niegan que los asesinos mataran por o bajo los efluvios de otra droga que no fuera la fe: “Los Asesinos no tenían otra droga que una fe inamovible” (A. Maalouf. Op. cit.).
Todo esto que he contado no es más que una propuesta de reflexión sobre los actuales atentados suicidas protagonizados por fundamentalistas islámicos. No sé qué pensarán los que me leen, pero yo creo que tras ellos hay una larga y muy documentada tradición no exenta de admiración hacia los suicidas. Nuestras mentes occidentales apenas pueden concebir tales motivos, pero todos sabemos el valor que en toda sociedad se da a la tradición, aunque sea abyecta e inicua (sin ir más lejos, en España, los toros y las largas pajas mentales de aquilatados intelectuales, aunque también faranduleros, para justificar la muerte violenta de un animal por puro placer estético).
Siglos de literatura escrita y oral han llevado a la admiración, siquiera secreta, de una conducta degradante, sólo justificada por la fe ciega en un dios. Pero, ¿dónde no se han cometido crímenes execrables en nombre de Dios?. Esto es válido para cualquier dios y para cualquier lugar. Acabar con los atentados suicidas es una batalla contra la inercia histórica, como acabar con los asesinatos machistas. Requerirá, probablemente, siglos y hasta un cambio de civilización. Para reforzar este argumento tengo que ser justo con los asesinos de Hassan, pues en honor a la verdad ellos no fueron los pioneros de los atentados suicidas: Durante la ocupación romana de Palestina había un ala radical de la secta de los Zelotes que se ocupaba de asesinar a sus enemigos políticos y religiosos. Se los llamaba sicarios, nombre derivado de la daga que indefectiblemente llevaban escondida bajo su manto. Durante una época las calles de Jerusalén fueron profusamente regadas por la sangre de sus víctimas. Seguro que otros antes precedieron a los sicarios.
En fin, aunque inabarcable, el tema de los asesinos está concluso. Sólo quiero apuntar que los otros dos amigos de la historia inicial, que, recuérdese, era falsa, eran Nizan al-Mulk, y Omar Jayyán o Khayyan, autor este último de rubaiyyat (cuartetas iraníes) tan inmortales como sobrecogedoras:

“Dime, ¿qué hombre no ha transgredido jamás tu Ley?
Dime, ¿qué placer tiene una vida sin pecado?
Si castigas con el mal el mal que te he hecho,
Dime, ¿Cuál es la diferencia entre Tú y yo?”

(Esto está escrito a finales del siglo XI de nuestra era cristiana. Ahora díganme si la mitad de nuestros poetas no debería cerrar el puto pico).

Dije que la anécdota que cité al principio, la de los tres amigos, era falsa porque Nizam tenía 30 años más que Omar. Y Hassan no estudió con ellos en Nisapur, sino que realizó sus estudios en Rayy.
Finalmente, tengo que hablar algo sobre Alamut. Esta imponente fortaleza se encuentra en los territorios del Jorasán, dominando el macizo montañoso de Elburz. Su nombre viene a significar ‘la elección del águila’, porque, según la leyenda, el inaccesible cerro donde se alzaba este bastión fue elegido después de que el águila de un cetrero se posara sobre él. Existe una novela maravillosa del mismo título (Alamut) debida al escritor esloveno Vladimir Bartol en la que se da crédito a la versión fantástica y romántica de Marco Polo. Escrita en 1938, abunda en el particular universo del Viejo de la Montaña. Con soldados asesinos y disciplinados, pero también con hermosos jardines regados por límpidas aguas y habitados por remedos bastante aceptables de las míticas huríes. Esta obra es muy aconsejable, como lo es también la citada Samarcanda, de Amin Maalouf, o el conocido libro de este autor titulado ‘Las Cruzadas vistas por los Árabes’.

1 de febrero de 2011

Encuentro imaginario entre Benedicto XVI, Mevlana y Vathek



  
Hoy pretendía escribir sobre los asesinos, pero tengo que hacerlo de un tema mucho menos interesante. De forma un tanto tendenciosa, hace unas semanas el otrora prestigioso diario El País titulaba: “El Papa se enreda con el purgatorio”, y subtitula: “En una nueva corrección del más allá, Benedicto XVI sostiene que “no es un elemento de las entrañas de la Tierra, sino un fuego interno”.
Según El País, Benedicto Sixteen contradice ahora lo que sostenía hace tres años, cuando aseguraba que “el infierno existe y es eterno”, cosa que no es cierta, porque el infierno puede existir y ser eterno sin ser un lugar físico, como la risa, el amor o un estado del alma, que es lo que dice el papa.
No voy a entrar en disquisiciones teológicas, sino poéticas. Me agrada mucho esa afirmación de Ratzinger, porque supone una proclama estética de dimensiones inimaginables: La Iglesia Católica, como reflejo de los católicos que la conforman, ha estado desde la Edad Media aherrojada no tanto por la idea del infierno cuanto por su imagen, una imagen recreada por Dante con tal vivacidad que marcó a las generaciones durante siglos. El episodio del conde Ugolino es soberbio y desasosegante. En cualquier caso, como agudamente certificó Borges (qué buenas nueces de California y ciruelas envasaba), el Infierno de Dante no es un lugar horrible, sino un lugar donde suceden cosas horribles, pero un lugar físico, a fin de cuentas, como el purgatorio y el cielo. Así, la proclama de Benedicto de que el purgatorio, el infierno y el cielo no tienen una naturaleza espacial, sino que son “estados de ánimo ante Dios” es de una audacia y de una belleza conceptual que maravilla incluso a un descreído y comecuras como yo.
Lo que pasa es que no es del todo original, se verá por qué, pues a lo largo de la historia (a lo ancho no sé) de la literatura y de la poesía, no faltan los ejemplos que identifican el cielo y el infierno con los estados del alma o el corazón del hombre. Así, el infierno estaría dentro de la propia alma humana, en este caso lacerada por el pecado y por el apartamiento de Dios, mientras que el cielo supondría la íntima comunión del alma con su creador, una comunión que no puede menos que tener una vocación de unión, de matrimonio místico (Santa Teresa y San Juan en estado puro).
Repárese (el vehículo) en que Santa Teresa (en un alto) y San Juan (en una laguna) estuvieron a punto de ser acusados de herejía por sostener esas atrevidas cópulas místicas.
Pero hoy no me interesan los místicos españoles, salvo por el hecho de que muy cerca de Alba de Tormes (donde está una de las principales fundaciones de la Santa de Ávila) conozco un lugar, este sí, físico, donde sirven un jamón de Guijuelo que es comerlo y sentirte como si comulgaras, talmente como si vieras cara a cara a Dios.
Lo que quiero resaltar de las afirmaciones del papa (yo lo escribo con minúscula y reservo la mayúscula para la institución, el Papado) es que, seguramente sin quererlo, me han recordado a los poetas místicos, pero no a los místicos cristianos, sino islámicos, que desde muy temprana fecha, mucho antes que los autores cristianos, ya proponían cosas muy parecidas. Así, en el siglo XIII, el que yo considero el más grande poeta místico de todos los tiempos, Rumí (también conocido como Mevlana, autor de El Masnaví, una obra maestra de la literatura y el pensamiento universales), escribió estos prodigiosos versos:

Miré en las cruces de cada iglesia,
pero Él no estaba allí.
Peregriné a los templos de la India
y a los santuarios de China,
pero Él no estaba allí.
Busqué en los montes de Herat y Candalar,
pero Él no estaba allí.
Escalé la lejana cumbre del Qaf
y sólo hallé el nido del Fénix vacío.
Visité la Kaaba,
pero Él no estaba en ese turístico lugar
entre jóvenes y viejos peregrinos.
Leí los libros de Avicena,
pero Su sabiduría eludió toda palabra.
Llegué a lo más alto del trono
a dos codos de distancia, pero Él no estaba allí.
Entonces miré en mi propio corazón
y allí Lo encontré:
No estaba en ningún otro lugar.

Y sobre la unión mística del alma con Dios, el gran Mevlana también escribió:

A pesar de tu apariencia terrenal,
conciencia pura es tu esencia.
De la luz divina eres
el intrépido guardián.
Ven, pues, vuelve a la raíz de las raíces
que es tu propia alma.

Suena mucho a lo que dijo Benedicto, pero expresado de forma más bella; aunque no hay que confundirse, el contenido en ambos caso es terrible, porque nos deja indefensos ante nuestros propios e indefinidos horrores.
Por otro lado, las proclamas del Papa sobre los cielos y el infierno como estados del alma me han traído al recuerdo una de las obras literarias más extrañas y espeluznantes de cuantas he leído y que paradójicamente también entronca de algún modo con el Islam: se trata de Vathek, cuento árabe a cuyas últimas páginas el excéntrico y multimillonario intelectual inglés William Beckford debe su inmortalidad en el mundo de la creación. “Vathek, noveno califa de la estirpe de los abasíes, era hijo de Motassem y nieto de Harum al-Rachid”. Contrariamente a los puritanos, “no creía que fuese necesario convertir este mundo en un infierno para ganar el paraíso en el otro”. Con tal premisa se dio, junto a su amante Nuronihar a las orgías y a los crímenes, pero, sobre todo, al más execrable, al peor de los pecados: “la sed de conocimientos que deben permanecer ocultos a los mortales”, ese pecado que fue la causa de la expulsión de los Primeros Padres del Edén (fue tanta la curiosidad por saber que debieron decir algo así como que “al Edén que le den”). Vathek sabía lo que hacía, pues así se lo recordó una de las cambiantes inscripciones que aparecieron en una fantástica y profética cimitarra que le vendió un extranjero de siniestra faz: “Desgraciado el osado que desea saber lo que debiera ignorar, y emprender lo que es superior a su poder”.
Los crímenes de Vathek y Nuronihar fueron tan terribles que le abrieron a la pareja las puertas del anhelado Alcázar del Fuego Subterráneo, escalofriante aunque feliz invención literaria de Beckford en la que todo es atrozmente prodigioso. Finalmente, ya demasiado tarde, Vathek y Nuronihar descubren que el lugar deseado por ambos es el infierno. En uno de los pasajes del libro, el condenado Suleimán proclama ante el príncipe abasida: “Sufro; un implacable fuego devora mi corazón”, y la narración prosigue: “Y diciendo estas palabras, Suleimán elevó sus dos manos al cielo en señal de súplica y el califa vio que su seno era de cristal transparente, a través del cual se descubría su corazón ardiendo en llamas”. He ahí una buena imagen literaria para ilustrar lo que dice Benedicto XVI.
No sin razón señala Borges que “el infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla”.
Y ahí, precisamente, en la noción de pesadilla, de fuego y reconcomio interior es donde Vathek anticipó las horrendas proclamas de Benedicto XVI. Mientras que el infierno fue dantesco, también fue soportable y hasta abarcable por el entendimiento humano, pero que el infierno esté dentro de nosotros es a la vez aterrador e incomprensible. Me empieza a caer bien este papa, por lo menos intenta dotar a su pensamiento teológico de una estructura estética y literaria medianamente aceptables, algo que supone huir de la horterada, tan común en nuestro pensamiento y arte contemporáneos.

PD: Hay varias razones que explican por qué he tardado tanto en colgar en el blog esta nueva entrada. Una de ellas, no la de menor importancia, es que he andado muy enfangado con personajes como Il Filarete, Sebastiano Serlio y Piero de Francesca, entre otros de los que algún día hablaré si mi infierno interior no me abruma, que camino lleva.