Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

1 de febrero de 2011

Encuentro imaginario entre Benedicto XVI, Mevlana y Vathek



  
Hoy pretendía escribir sobre los asesinos, pero tengo que hacerlo de un tema mucho menos interesante. De forma un tanto tendenciosa, hace unas semanas el otrora prestigioso diario El País titulaba: “El Papa se enreda con el purgatorio”, y subtitula: “En una nueva corrección del más allá, Benedicto XVI sostiene que “no es un elemento de las entrañas de la Tierra, sino un fuego interno”.
Según El País, Benedicto Sixteen contradice ahora lo que sostenía hace tres años, cuando aseguraba que “el infierno existe y es eterno”, cosa que no es cierta, porque el infierno puede existir y ser eterno sin ser un lugar físico, como la risa, el amor o un estado del alma, que es lo que dice el papa.
No voy a entrar en disquisiciones teológicas, sino poéticas. Me agrada mucho esa afirmación de Ratzinger, porque supone una proclama estética de dimensiones inimaginables: La Iglesia Católica, como reflejo de los católicos que la conforman, ha estado desde la Edad Media aherrojada no tanto por la idea del infierno cuanto por su imagen, una imagen recreada por Dante con tal vivacidad que marcó a las generaciones durante siglos. El episodio del conde Ugolino es soberbio y desasosegante. En cualquier caso, como agudamente certificó Borges (qué buenas nueces de California y ciruelas envasaba), el Infierno de Dante no es un lugar horrible, sino un lugar donde suceden cosas horribles, pero un lugar físico, a fin de cuentas, como el purgatorio y el cielo. Así, la proclama de Benedicto de que el purgatorio, el infierno y el cielo no tienen una naturaleza espacial, sino que son “estados de ánimo ante Dios” es de una audacia y de una belleza conceptual que maravilla incluso a un descreído y comecuras como yo.
Lo que pasa es que no es del todo original, se verá por qué, pues a lo largo de la historia (a lo ancho no sé) de la literatura y de la poesía, no faltan los ejemplos que identifican el cielo y el infierno con los estados del alma o el corazón del hombre. Así, el infierno estaría dentro de la propia alma humana, en este caso lacerada por el pecado y por el apartamiento de Dios, mientras que el cielo supondría la íntima comunión del alma con su creador, una comunión que no puede menos que tener una vocación de unión, de matrimonio místico (Santa Teresa y San Juan en estado puro).
Repárese (el vehículo) en que Santa Teresa (en un alto) y San Juan (en una laguna) estuvieron a punto de ser acusados de herejía por sostener esas atrevidas cópulas místicas.
Pero hoy no me interesan los místicos españoles, salvo por el hecho de que muy cerca de Alba de Tormes (donde está una de las principales fundaciones de la Santa de Ávila) conozco un lugar, este sí, físico, donde sirven un jamón de Guijuelo que es comerlo y sentirte como si comulgaras, talmente como si vieras cara a cara a Dios.
Lo que quiero resaltar de las afirmaciones del papa (yo lo escribo con minúscula y reservo la mayúscula para la institución, el Papado) es que, seguramente sin quererlo, me han recordado a los poetas místicos, pero no a los místicos cristianos, sino islámicos, que desde muy temprana fecha, mucho antes que los autores cristianos, ya proponían cosas muy parecidas. Así, en el siglo XIII, el que yo considero el más grande poeta místico de todos los tiempos, Rumí (también conocido como Mevlana, autor de El Masnaví, una obra maestra de la literatura y el pensamiento universales), escribió estos prodigiosos versos:

Miré en las cruces de cada iglesia,
pero Él no estaba allí.
Peregriné a los templos de la India
y a los santuarios de China,
pero Él no estaba allí.
Busqué en los montes de Herat y Candalar,
pero Él no estaba allí.
Escalé la lejana cumbre del Qaf
y sólo hallé el nido del Fénix vacío.
Visité la Kaaba,
pero Él no estaba en ese turístico lugar
entre jóvenes y viejos peregrinos.
Leí los libros de Avicena,
pero Su sabiduría eludió toda palabra.
Llegué a lo más alto del trono
a dos codos de distancia, pero Él no estaba allí.
Entonces miré en mi propio corazón
y allí Lo encontré:
No estaba en ningún otro lugar.

Y sobre la unión mística del alma con Dios, el gran Mevlana también escribió:

A pesar de tu apariencia terrenal,
conciencia pura es tu esencia.
De la luz divina eres
el intrépido guardián.
Ven, pues, vuelve a la raíz de las raíces
que es tu propia alma.

Suena mucho a lo que dijo Benedicto, pero expresado de forma más bella; aunque no hay que confundirse, el contenido en ambos caso es terrible, porque nos deja indefensos ante nuestros propios e indefinidos horrores.
Por otro lado, las proclamas del Papa sobre los cielos y el infierno como estados del alma me han traído al recuerdo una de las obras literarias más extrañas y espeluznantes de cuantas he leído y que paradójicamente también entronca de algún modo con el Islam: se trata de Vathek, cuento árabe a cuyas últimas páginas el excéntrico y multimillonario intelectual inglés William Beckford debe su inmortalidad en el mundo de la creación. “Vathek, noveno califa de la estirpe de los abasíes, era hijo de Motassem y nieto de Harum al-Rachid”. Contrariamente a los puritanos, “no creía que fuese necesario convertir este mundo en un infierno para ganar el paraíso en el otro”. Con tal premisa se dio, junto a su amante Nuronihar a las orgías y a los crímenes, pero, sobre todo, al más execrable, al peor de los pecados: “la sed de conocimientos que deben permanecer ocultos a los mortales”, ese pecado que fue la causa de la expulsión de los Primeros Padres del Edén (fue tanta la curiosidad por saber que debieron decir algo así como que “al Edén que le den”). Vathek sabía lo que hacía, pues así se lo recordó una de las cambiantes inscripciones que aparecieron en una fantástica y profética cimitarra que le vendió un extranjero de siniestra faz: “Desgraciado el osado que desea saber lo que debiera ignorar, y emprender lo que es superior a su poder”.
Los crímenes de Vathek y Nuronihar fueron tan terribles que le abrieron a la pareja las puertas del anhelado Alcázar del Fuego Subterráneo, escalofriante aunque feliz invención literaria de Beckford en la que todo es atrozmente prodigioso. Finalmente, ya demasiado tarde, Vathek y Nuronihar descubren que el lugar deseado por ambos es el infierno. En uno de los pasajes del libro, el condenado Suleimán proclama ante el príncipe abasida: “Sufro; un implacable fuego devora mi corazón”, y la narración prosigue: “Y diciendo estas palabras, Suleimán elevó sus dos manos al cielo en señal de súplica y el califa vio que su seno era de cristal transparente, a través del cual se descubría su corazón ardiendo en llamas”. He ahí una buena imagen literaria para ilustrar lo que dice Benedicto XVI.
No sin razón señala Borges que “el infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla”.
Y ahí, precisamente, en la noción de pesadilla, de fuego y reconcomio interior es donde Vathek anticipó las horrendas proclamas de Benedicto XVI. Mientras que el infierno fue dantesco, también fue soportable y hasta abarcable por el entendimiento humano, pero que el infierno esté dentro de nosotros es a la vez aterrador e incomprensible. Me empieza a caer bien este papa, por lo menos intenta dotar a su pensamiento teológico de una estructura estética y literaria medianamente aceptables, algo que supone huir de la horterada, tan común en nuestro pensamiento y arte contemporáneos.

PD: Hay varias razones que explican por qué he tardado tanto en colgar en el blog esta nueva entrada. Una de ellas, no la de menor importancia, es que he andado muy enfangado con personajes como Il Filarete, Sebastiano Serlio y Piero de Francesca, entre otros de los que algún día hablaré si mi infierno interior no me abruma, que camino lleva.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Ando que no vivo, todo el día con el termómetro esperando que el infierno, versión 2.0, me consuma desde dentro y, como Alien, me muerda las entrañas.
Entiendo que la iglesia va pensándose eso de que el infierno vaya por dentro. Pronto hará lo mismo con la fe, que anda aún bajo palio y rodeada de velas y papones cargados de matar judíos, golpeándose el pecho en un mea culpa 'insincero', como diría el pope ibicenco de la mochila.
Visto que cada vez menos le hace caso y que ni los suyos comulgan con sus propias hostias (las de pan y de las otras), pues no queda más remedio que pasar del miedo de los cuernos y el rabo con tridente a empezar a sacar a bolsa el infierno, bien repartido, que tocamos a llama y media cada uno, cerilla más, cerilla menos.
A ver si el termómetro mañana sube y me caliento el café de media mañana por la calle, pegado al pecho.

Cama|leona.

Hipatia dijo...

La teoría espacial de la iglesia ha venido siendo desterrada públicamente por los papas y en todos los idiomas desde hace más de una década (véase entre los últimos a JuanPablo)… más que nada, creo yo, por la risa que produce a los tiempos recientes en que, careciendo aquella del acostumbrado acompañamiento de la espada, adolece de capacidad de obligar en una cultura interesada de infierno dantesco, o en la del lloro y crujir de dientes del TioMateo.
La adscripción del cielo, del purgatorio y del infierno a territorios del alma es vieja, solo que planteada por los teólogos –notarios de la entelequia- de manera enrevesada o en latín, para que el común y los chusqueros del trabuco se mantuvieran en la inopia.

Dicho lo cual, Paco, has escrito con humor -tal como tu admirado Rumí lo hacía- un artículo prodigioso.

Salud

Anónimo dijo...

Otra forma de ver el Infierno.

"En aquel tiempo, dice un antigua leyenda china, un discípulo preguntó al vidente:

-Maestro, ¿cual es la diferencia entre el cielo y el infierno?

Y, el vidente respondió:

Es muy pequeña, y sin embargo de grandes consecuencias.
Vi un gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. En su derredor había muchos hombres hambrientos casi a punto de morir. No podían aproximarse al monte de arroz, pero tenían en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. Es verdad que llegaban a coger el arroz, pero no conseguían llevarlo a la boca porque los palillos que tenían en suus manos eran muy largos. De este modo, hambrientos y moribundos, juntos pero solitarios, permenecían padeciendo un hambre eterno delante de una abundancia inagotable. Y ESO ERA EL INFIERNO.

Vi otro gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. Alrededor de él había muchos hombres, hanbrientos pero llenos de vitalidad. No podían aproximarse al monte de arroz pero tenían en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. LLegaban a coger el arroz pero no conseguían llevarlo a su propia boca porque los palillos que tenían en suus manos eran muy largos. Pero con sus largos palillos en vez de llevarlos a su propia boca, se servían unos a otros arroz. Y así acallaban su hambre insaciable en una gran comunión fraterna, juntos y solidarios, gozando a manos llenas de los hombres y de las cosas, en casa, con el Tao. Y ESO ERA EL CIELO".

Me ha parecido un cuento gracioso, y por eso se lo envío. Su artículo es muy bueno.

Saludos desde Mexico DF. Antonina Hernandez

Stella Campos dijo...

Magnífico artículo escrito con una visión no exenta de un tono poético. Recoge de una forma erudita lo que la literatura ha figurado para idealizar el castigo en forma de tormento eterno, para el trasgresor de lo religioso. Una buena síntesis, con un mensaje poco edificante aunque lo dijera el noveno califa de los abassíes, Vathek. Le felicito por este trabajo.

Anónimo dijo...

Un gran ejercicio de 'funambulismo', el enlace literario de tres personajes como Benedicto XVI, Rumí y Vathek, a través de su visión sobre el infierno. La urdimbre, aparentemente perfecta, por oficio, pero la 'lana' con la que está tejida, de escasa calidad por eso de que igual se ha mezclado 'churras con merinas'. Dicho lo cual, reconozco la talla del ensayista, o mas bien del escritor.

Urbano666 dijo...

Debo decir que tu erudición me sorprende, gracias por este escrito.