Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

19 de octubre de 2012

¿Qué es la 'poesía'?

(¿Qué es la 'poesía'?, dices mientras clavas tu pupila en mi uniforme azul)

La respuesta es muy sencilla: la ‘poesía’ es la que, armada con porras, cascos y escudos 'arrebaña' somantas de hostias en las 'manifas' y concentraciones de quienes les pagan el sueldo para proteger los sueldos de aquellos que elegimos nosotros pero representan fundamentalmente a los banqueros.
Una joven poetisa colgó el otro día en Facebok: “Esta noche he pasado una frontera: he soñado en alemán”. Estas cosas hoy gustan mucho y llego hasta entender que los ‘facebookeros’, o como cojones se quiera llamarlos, abominen de mis comentarios negativos y ‘psoeces’ del tono de éste: “Esta noche he pasado una frontera: soñé que me hacían una mamada con tanto ahínco que se me metía la sábana de la cama por el culo”. De acuerdo, a lo mejor no gusta tanto, pero tiene más sentido. Lo otro, lo de soñar en alemán es como el toreo de salón o como hacerse una paja con condón.
Afirmaciones como “los matices de una lectura pública son como las desavenencias entre los colores del arco iris” (la gallina), defecada en una entrevista por mi dilecto y siempre gracioso Juan Carlos Mestre, hacen las delicias de un vulgo ágrafo que, no obstante, se siente incomprensiblemente atraído por el pretendido halo de misterio y belleza poéticos de las sonoras construcciones sintácticas sin sentido.
Llegados aquí, no es de extrañar que la poesía se haya (de ahí lo de la poesía en el hayedo) convertido en una carrera de fórmula 1 para ver quién es el primero en hallar una metáfora retorcida, una construcción rocambolesca que deje epatado a un público que se confiesa en extremo sensible y ávido de cultura, pese a desconocer y aborrecer unos mínimos rudimentos del lenguaje, del arte y del pensamiento. Vamos, que cualquier imbécil, sin motivo ni interés alguno, opina sobre poesía, literatura, filosofía y arte como si se tratara de la liga de fútbol o de política de corruptos (valga la redundancia).
No en vano Borges (el de las nueces de California) venía a sostener que el número de metáforas al alcance de los poetas debiera estar tasado, como lo estaba en los maravillosos poemas épicos de los ‘vikings’ (los vikingos de toda la puta vida, sólo que a él no le gustaba que los llamaran así). Estos aguerridos guerreros nórdicos toleraban que se llamara a la sangre “rocío de la espada” y otras tres o cuatro cosas por el estilo y no permitían que los poetas la llamaran de otro modo, porque, en tal caso, nadie de los que escuchaban entendería el mensaje.
Pero ahora ya no hay mensaje, porque ha quedado diluido en la autoalusión, en un puro ejercicio autorreferencial (¿ves como yo también escribo complicado y solemne cuando quiero decir gilipolleces?). Todo es símbolo de todo, lo que equivale a decir que nada es símbolo de nada, pues cada cosa puede representar a la vez cualquier otra y su contraria. Así, la obra de un poeta que dice dar voz a los oprimidos y clamar contra la injusticia, la pobreza y la perversidad del poder, sirve también para ser leída con arrobada emoción en selectos salones de viejas enjoyadas y menopáusicas de chocho y sentimientos cicatrizados y ante gente pudiente, directivos de clubes deportivos, parlamentarios regionales y nacionales y ‘empresaurios’ de barriga abultada y rostro sanguinolento en la reinauguración de un parador de turismo del franquismo o de cualquier otro chiringuito similar y a veces hasta financiero.
Lo cierto es que, aunque el mal ya está hecho y es imposible dar marcha atrás (como si se tratara de un mal polvo de uno del Opus), un listado tasado de metáforas, juzgaba Borges, permitiría desenmascarar a los poetas mediocres, floridos y afectados.
Por otro lado, algunos, entre ellos yo mismo, se preguntarán que a qué cojones viene toda esta filípica. Y tienen razón, así que a tomar por el culo y a cascarla hasta mejor ocasión.



9 de octubre de 2012

'Empresaurios'


Andan los políticos asaz preocupados ante una esclarecedora encuesta del CIS según la cual uno de cada cuatro españoles los considera el peor problema que tiene este país. Bueno, siguiendo la lógica gallega de Rajoy, si se mira de otro modo el caso es que tres de cada cuatro españoles no consideran a los políticos el peor de los problemas (o sí o no, quién sabe: el gallego en la escalera).
Los políticos todo lo miran por el lado bueno, porque para ellos no hay lado malo, los lados malos son siempre para los demás. Es más, para los demás todos los lados son malos.
Los políticos no es que sean el peor de los problemas, sino que son el único problema y todos los demás problemas los han generado ellos. Después han corrompido tanto a los ciudadanos que todavía dos de cada tres no les ven como lo que son.
Por si esto no fuera suficiente, los políticos no sólo son un problema de difícil erradicación, sino que también son un problema antiguo, tan antiguo que a los políticos bien podría llamárselos ‘paleolíticos’. Incluso hay sesudos estudios que sostienen que ya en las cuevas de Altamira y Tito Bustillo aparecieron pintadas, hoy convenientemente desaparecidas, que decían: “Todos los paleolíticos son iguales”.
Me dicen también, aunque yo descreo, que había otras pintadas que rezaban: “no nos representan”, referidas sin duda a los bisontes.
Pero, siendo los ‘paleolíticos’ nuestro único problema fundamental del que derivan todos los demás, hay sin embargo, otros problemas secundarios, como emanaciones ponzoñosas del problema principal, como las llamadas ‘sefirá’, sucesivas emanaciones divinas de dios de que habla la Cábala, cada una de ellas con una porción decreciente de divinidad, pero a la inversa. La emanación de la corrupción hacia otros estratos inferiores.
La primera ‘sefirot’ (‘sefirá’ es plural) inversa en la cadena de la ponzoña son los banqueros, conocidos con este eufemismo que es una derivación amable de ‘bucaneros’. La segunda miasma o estrato maléfico es el de los empresarios especuladores, otra derivación eufemística y bonachona de su denominación real: ‘empresaurios’. Luego viene una cuarta emanación en la escala descendente, la de los empresarios que sólo tienen intención de coger las ayudas públicas y salir corriendo: se los llama emprendedores, pero su nombre real es ‘depredadores’… y así sucesivamente. En la Cábala son diez las ‘sefirá’, aquí son incontables, aunque no infinitas. Recurriendo al argumento ontológico de San Anselmo, retomado de forma incomprensible por Descartes en su Discurso del Método, y rememorado ya con más humor por Borges en su alucinante ‘Argumentum Ornithologicum’, podemos argüir que un número entero incontable pero no infinito justifica la existencia de Dios. Empero, como en este caso estamos hablando de una cadena inicua y pestilente, ese número entero no infinito pero incontable de emanaciones nos lleva al pobre ciudadano de a pie, con un cierto grado de iniquidad, sí, pero nada comparable a sus degradados y degradantes creadores.
En tal caso, si los ciudadanos son los menos inicuos de la cadena, ¿por qué han de ser quienes conciten toda la vesania ajena y acumulen todo el sufrimiento?. Por una simple razón: la injusticia.
No voy a seguir con este paralelismo, que es un huevo colgando y otro lo mismo. Sólo diré para terminar que entre las emanaciones de efluvios perniciosos también está la caspa, la gran enfermedad de España. España es un país casposo y que, además huele a sobaco y tiene halitosis. Quien no me crea no tiene más que contemplar a la Soraya y a la Cospedal con la mantilla en el Vaticano. Ni prima de riesgo ni hostias, no se puede dar esa imagen lamentable de España, tenían que ir a la puta cárcel nada más pisar el país, por casposas.

PD. El disco duro del ordenador se me puso blando (por la edad) y perdí toda la información que tenía, incluidas las direcciones de correo de mis columneros. Esta entrada está en el blog y en facebook. Quien quiera que se la envíe personalmente que me mande su email y lo incluiré en una lista nueva que estoy creando. Esta es una de las causas, aunque no la única, por la que no había escrito nada antes.