Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

13 de septiembre de 2013

Pregón de las Fiestas del Cristo de Villafranca de 2013

 
Villafranquinos, hoy es viernes 13 y, según los historiadores, un viernes 13 de 1307 un grupo de caballeros Templarios fue llevado ante la Santa Inquisición para ser juzgado y condenado por supuestos crímenes contra la cristiandad. Desde entonces el viernes 13 ha sido considerado como fatídico y de mala suerte. Por si fuera poco, estrictamente hablando hoy es un día doblemente nefasto, ya que es viernes y 13 del año del Señor de 2013.
Debo precisar, no obstante, que los asuntos de los templarios son más propios de Ponferrada que de Villafranca. Así que, consecuentemente, la mala suerte que acarrea el número 13 seguro que afecta más allí que aquí, y no será, en verdad, una mala suerte del todo inmerecida, teniendo en cuenta que a Villafranca le fueron arrebatados por su vecina tanto la capitalidad de El Bierzo, como la figura del patrón de la comarca. Pero no os preocupéis, que arrieros somos y en el pecado lleva Ponferrada su propia penitencia. Así se comprueba que poco ha sido el aprovechamiento que ha obtenido de tanta usurpación, ya que, salvo alguna excepción, las iglesias y las imágenes que atesora esta sobrevenida capital berciana valen bastante menos que los gigantes y los cabezudos que están ahí abajo, en la plaza, y no sirven ni para alimentar el fuego de una barbacoa.
Por el contrario, el Cristo de la Esperanza es algo más que el patrón secular de Villafranca y del Bierzo: esta excelsa joya barroca simboliza, mediante la magnífica representación de sus carnes laceradas, todo el sentir y la historia de esta gran villa, de esta comarca y de este país entero. Representa de algún modo el verdadero cristo de España, un cristo monumental que no tiene visos de dejar de serlo a corto plazo.
La imagen patética y conmovedora del Cristo de Villafranca me trae a la memoria estos versos de Unamuno:
¡Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano.
Cristo todo materia,
Cristo árida carroña recostrada
con cuajarones de la sangre seca;
el cristo de mi pueblo es este Cristo:
carne y sangre hechos tierra, tierra, tierra!
Y siguiendo a Unamuno también podríamos encomendarnos al Cristo de la Esperanza para rogarle:
¡Y tú, Cristo del cielo,
redímenos del Cristo de la tierra!
Aunque es mejor que no lo hagamos, porque el cristo que hay liado aquí abajo no lo arregla ni Cristo. Así que simplemente roguémosle al patrón que nos permita pasar unos días de auténtico jolgorio y de felicidad en compañía de nuestos familiares y amigos. Qué digo de nuestros familiares y amigos, incluso de nuestros seres queridos.
No fatiguemos al sufriente Cristo con peticiones absurdas e incumplibles: por ejemplo, no le pidamos que acabe con las guerras y el hambre en el mundo, o que nos saque del ERE, porque todos sabemos que a él mismo su propio padre le aplicó un ERE de extinción. Tampoco le pidamos a Cristo, por muy todopoderoso que sea, que ponga fin a la corrupción de nuestros políticos y de nuestra sociedad, porque la corrupción es hoy día el principal, si no el único, motor económico de nuestro país y también de nuestra comarca.
No incomodemos al Hijo de Dios con peticiones extemporáneas, tales como unos accesos adecuados para el polígono de Vilela o que nos libre de la caterva de poetastros locales y comarcales que proliferan cada verano por nuestros bosques y alamedas, como si se tratase de cardos borriqueros, y que atormentan nuestros oídos y embotan nuestra sensibilidad.
Seamos modestos en nuestras rogativas y conformémonos con requerirle al Cristo de la Esperanza que ilumine al alcalde de turno para que no hable inglés como Ana Botella o para que no se le ocurran perogrulladas como la de podar los árboles del Jardín de la Alameda justo antes del verano y de la Fiesta de la Poesía. Lo digo, porque eso es precisamente lo que hizo hace unos años el bueno de Agustín y casi nos mata de una insolación a todos los presentes, incluidos el ya difunto Pereira y el mismísimo Gamoneda.
Pidámosle al Cristo cosas sencillas, como un poco de buena música, y no esa mal llamada música clásica alambicada y llena de afectación, ni tampoco la del hortera Melendi. Pidámosle abundancia de vino de mencía y de godello de nuestras viñas y bodegas, así como algún que otro 'gintonic' que no sea de garrafón, para hacernos más soportable la resaca festiva. Estoy seguro de que se me acusará de hacer abyecta apología del consumo de ginebra, pero, que yo sepa, la mayor parte de los tratados de paz del mundo se firmaron en Ginebra, y jamás ninguno se firmó en Mondariz ni en Solares o en Solán de Cabras. Así que este llamamiento al consumo desmedido de espirituosos no es otra cosa que un canto a la paz en unos tiempos difíciles, donde los vientos de guerra se ciernen sobre Soria, digo sobre Siria.
Disfrutemos pues del vino y de los cubatas siempre que no sea con moderación y que el cristo que hay montado lo arreglen aquellos que la cagaron en su día, pero dejemos a nuestro Cristo de la Esperanza tranquilo con su fiesta y con su gente, porque, para una vez al año que sale de su casa de San Nicolás, tampoco es cosa de amargarle el paseo.
Concluyo, en fin, con estos sencillos versos de aquel poeta oscuro y genial que fue Luis de Góngora y que, sin duda por un error, no figura como nacido en Villafranca:
Cuiden otros del gobierno / del mundo y sus monarquías / mientras gobiernan mis días / mantequillas y pan tierno / y en las mañanas de invierno / limonadas y aguardiente / y ríase la gente.
Así que, sigamos el consejo del gran vate y hala, a disfrutar todo el mundo…
¡Viva el Cristo de la Esperanza. Viva Villafranca!