Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

19 de diciembre de 2014

Sahagún, el PVC y el ladrillo caravista

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 (Canción conmemorativa de la Batalla de Sahagún, 21 de diciembre de 1808)

Admito que el gusto artístico español nunca ha sido refinado en exceso y hasta lo alabo, pero lo que me parece intolerable es que en las últimas décadas se hayan colado entre las preferencias de los españoles adefesios estéticos exorbitantes, a los que cabe calificar como San Pablo: "Pero qué feos sois, cabrones" (Carta de San Pablo a los adefesios). Llegados a esta consideración tengo serias dudas sobre qué ha hecho más daño a la sensibilidad artística española, si el ladrillo caravista, el PVC o la música folk esa que conlleva indefectiblemente el horrísono rascado de una botella de anís.
Hasta tal punto se ha visto pervertido el gusto por la música medianamente audible, que los parroquianos han perdido cualquier espíritu crítico y hasta llegan a emocionarse con aberraciones sonoras como la multiplicidad de jotas y coplas de los pueblos o, incluso, con el himno de León, una música ramplona que, unida a una letra bizarra y rancia, siempre me pareció un coñazo monumental hasta que escuché una versión interpretada por un famoso soplagaitas llamado Carlos Núñez y que no terminó sino de convencerme de que esa cancioncilla no tiene arreglo por más arreglos que se le hagan.
Lo que más me extrañó, empero, fue ver las caras llenas de arrobo y emoción de los más conspicuos próceres provinciales cuando el gaitero gallego desgranaba las notas, ya de por sí malsonantes, pero que ejecutadas, aun con pericia, mediante la estridente gaita, me recordaban talmente el despellejamiento de un gato vivo.
En fin, sirva todo el desvarío anterior para evidenciar que en general no me gusta la música folk (como tampoco el PVC ni el ladrillo caravista, pero esa es otra historia). Y digo en general, porque en teniente o en capitán ya es otra cosa; admito que hay excepciones, porque la excepción confirma la menstruación, perdón, la regla: hace algún tiempo escuché una canción sencilla, cantada a capella, que me pareció notable, tanto por su música, aparentemente tosca como por el significado de su letra. La canción es inglesa y está interpretada por The Redcoats (el ejército inglés). Me dirán que a ustedes qué cojones les importa una canción inglesa y lo entiendo, pero lo cierto es que dicha canción se titula 'Sahagún' y fue compuesta a raíz de la llamada Batalla de Sahagún, un episodio muy interesante de la Guerra de la Independencia española que, no obstante, ha sido habitualmente silenciado en los libros de historia de Sahagún y de la provincia, malicio yo que por el contundente motivo de que no se refiere a ningún asunto de reyes, conventos, cálices, santos, meapilas a sotanosaurios, que oligopolizan de forma asaz estragante la historia de nuestro terruño.
Por centrar la embestida: la Batalla de Sahagún tuvo lugar el 21 de diciembre de 1808, por lo que el próximo domingo se cumplen 206 años de la refriega, que se desarrolló en las proximidades del santuario de la Virgen del Punte, junto al río Valderaduey. En ella las tropas francesas recibieron una estañadura cojonuda de manos del general inglés Lord Henry Paget y su 15º Regimiento ligero de Dragones, (Húsares). El general al mando del ejército inglés, Sir John Moore, no llegó a entrar en acción, contrariamente a lo que dice Cuenca Coloma en su magnífico libro, el único, que yo sepa, sobre historia de Sahagún, que se hace eco mínimamente de estos hechos. El caso es que la derrota de los franceses en Sahagún hizo que Napoleón se rebotara un tanto y mandara a su mejor hombre, el duque de Dalmacia, el mariscal Soult, a perseguir a los ingleses, quienes, tras la gesta, emprendieron la huida hacia La Coruña, con el fin de embarcar allí a su ejército y largarse de esta península de mierda en la que dos siglos despúes ya no pueden vivir ni siquiera los propios españoles. Durante esa agónica retirada se produjeron otras batallitas de mayor o menor calado, como la de Elviña, a las puertas mismas de La Coruña, donde murió el propio general Moore, y como la pequeña refriega de Cacabelos, que, no obstante, no sólo ha merecido más atención de los historiadores locales que la de Sahagún, sino que determinó en su día la creación de la agrupación de los Tiradores del Bierzo, dedicada a participar en la recreación histórica de batallas, algo que en Sahagún jamás ha existido, pese a que cada ciertos aniversarios desembarcan en la villa sahagunense y hasta sahagunina (en ningún caso facundina, como está imponiendo una moda reciente y hortera) unos cuantos británicos para honrar al heroico ejército de Moore y Paget y, de paso, para saquear todas las reservas de cerveza del pueblo.
En fin, que está claro que los ingleses tienen de largo más aguante alcohólico que nosotros, pero también más memoria histórica, como lo prueban el título de la canción antedicha, sus periódicas visitas conmemorativas a Sahagún y el hecho de que en la propia Inglaterra los Redcoats celebran una vez al año el Día de Sahagún. Por si ello no bastara, en música los ingleses también nos dan unas cuantas vueltas, no en vano toda la música actual está abrumadoramente influida por el folk y el pop británicos. Así, por lo que a mí respecta, la canción 'Sahagún' del ejército británico me parece mucho más hermosa y tolerable que el himno a León y que los cánticos de la novena a San Juan de Sahagún glorioso. Sea como fuere, esta entrada está encabezada por el audio que cualquiera puede escuchar y descargarse en Youtube. Basta con pinchar en él para, si así les place, escuchar el tema. De modo que, hala, a disfrutarlo, que esto está quedando ya un poco largo. 

PD. Feliz Navidad y próspero año 2015, aunque ya os adelanto yo que va ser una puta mierda, peor incluso que 2014 y eso que os reíais de mí cuando lo avisé hace ahora un año.

24 de noviembre de 2014

Basura espacial



(Imágenes de las naves espaciales de 'Interstellar', arriba, y '2001 Una odisea en el espacio', abajo)
Después de tragarme pacientemente las casi tres horas de la afamada película 'Interstellar' y reflexionar someramente sobre ella, he llegado a la conclusión de que, como poco, debiera haberse titulado 'Basura espacial', pues basura y no otra cosa es el producto cinematográfico que se le ofrece al sufrido espectador al nada módico precio de 7,20 euros la entrada a la sala de proyección.
La historia le hace tantos guiños a varios clásicos del género que, de tanto guiño, se ha quedado completamente tuerta. Al final, tras una pretenciosa ampulosidad de efectos espaciales sobre gravitación no hay más que un vulgar remedo de la genial y deliberadamente lenta y tediosa '2001 Una odisea en el espacio': los acoplamientos entre los transbordadores y la nave interestelar, la propia nave con forma de noria de feria, las hibernaciones.... todo, bueno, todo menos la fantasmagórica presencia del supercomputador HAL* 9000 ominoso protagonista de la cinta de Kubrick que, recuérdese es de 1968, un año antes de la llegada del hombre a la luna.
Además del fusilamiento incuestionable de 2001, 'Interstellar' hace más o menos veladas referencias a obras maestras indubitables de la ciencia ficción, tales como 'Los hijos de Matusalén' (Las cien vidas de Lazarus Long), del gran Heinlein, 'Estación de tránsito', de Simak, por no decir que lo único aparentemente novedoso, el tratamiento de la relatividad temporal einsteniana, es burdo si se lo compara con el tratamiento que ese mismo tema recibe en 'El planeta de los simios', me refiero como es obvio a la magistral novela de Pierre Boulle, y no a la infecta reinterpretación de las películas yankis y del odioso y acartonado Charlton Heston.
En fin, seguro que el vulgo, tan acrítico como poco exigente, se lo pasa bien en la peli y no faltará quien aprecie en la inconsistente historia alguna gilipollez pseudofilosófica y medio trascendente, al igual que muchos la vieron en la horrenda adaptación que Ridley Scott hizo en 'Blade Runner' de una obra especialmente densa e inquietante, aunque no la mejor de él, de Philip K. Dick (siempre me llamó la atención que el director de una obra tan excelsa como 'Alien el octavo pasajero' fuera capaz de parir un bodrio semejante, en el que los robots son medio poetas que hablan de naves en llamas más allá de Orión, cuando todo el mundo sabe que, si los comparamos con la mayoría de los poetas y escritores leoneses y aun españoles, los robots seguro que son mucho más creativos a la hora de enfrentarse a la experiencia literaria).
Bueno, toda esta diatriba viene a cuento de que, para ver la puta película antedicha, hube de deglutir deprisa y corriendo y, por tanto, sin degustar debidamente, una hamburguesa de buey de un sabor y factura más que aceptables y que, por el mismo precio de la entrada del cine, me brindaba, en cambio, un placer que a la postre se reveló asaz mayor.
Creo que, salvo honrosas y escasas excepciones, el cine no es el soporte más adecuado para las historias de ciencia ficción. En realidad creo sinceramente que el cine no es el soporte adecuado para ninguna buena historia del género que sea. Sin embargo, por lo que se refiere a la ciencia ficción juzgo más recomendable leer a Heinlein, a Williamson ('La legión del espacio), a Asimov, a Bradbury, a Arthur C. Clarke (y a tantos y tantos de los que algún día empezaré a hablar) que ver películas basadas en guiones mediocres y plagiarios y dirigidas por artistas que no comprenden el fenómeno al que se enfrentan, porque la ciencia ficción no es sólo un género literario, sino que es un lenguaje, más bien un argot, cuyo conocimiento, nunca pleno, lleva años y esfuerzo denodado.
De modo que si alguien lee esto y tiene que elegir entre ver 'Interstellar' o un bodrio similar y dar cuenta de una buena hamburguesa o de otro plato rico, rico, que no lo dude ni un instante y se dedique a comer, que, al fin y al cabo (furriel), es lo más divertido que el ser humano es capaz de hacer con los pantalones puestos.
(*) Como curiosidad, para quien no ande muy ducho en las anfractuosidades de la ciencia ficción, señalaré que lo primero que todo buen aficionado al género debe saber es que el nombre del ordenador de 2001, HAL, lo formó Arthur C. Clarke con las letras que van inmediatamente situadas en el alfabeto antes de las de IBM, por aquel entonces y ahora el nombre del gigante de las computadoras.

6 de octubre de 2014

La última cena de Boole

 
(Este es el hotel de la última cena de George Boole)

Con motivo de la celebración en Ponferrada del pasado Mundial de Ciclismo y tras haber observado hasta el hastío unas imágenes de la ladera del castillo en las que, echando por lo alto, habría unas 500 personas, tengo que confesar que hube de ausentarme de la ciudad por imperativo municipal, ya que el barrio donde vivo estaba literalmente aislado, como si sus habitantes estuviéramos infectados por el ébola, y sólo se podía salir de él recorriendo unos diez kilómetros para completar un trayecto que habitualmente no supone más de dos o tres.
En fin, opté por largarme a Madrid y por solazarme con regalos visuales y sensuales tales como la belleza del otoño en el parque del Retiro y los reflejos del sol vespertino en los vidrios del palacio de Cristal, esa maravillosa obra arquitectónico debida al talento de Velázquez Bosco.
También tuve ocasión de admirar y disfrutar de la impresionante marquesina de hierro del siglo XIX de la estación de las Delicias, un espectacular entramado metálico que remite a la genial creatividad de los ingenieros franceses de la época, especialmente de De Dion, y que, maravillosamente conservada, alberga bajo su amplio vuelo los fondos del Museo del Ferrocarril de la capital de España. Un museo, dicho sea de paso, muy divertido para grandes y pequeños. Contemplándolo lamenté que su homólogo de Ponferrada languidezca de una manera un tanto vergonzosa, mientras sus dependencias, recientemente ampliadas y acondicionadas con una costosa inversión del llamado Plan E de Zapatero, se desaprovechan para montar en ellas exposiciones de bodas, de arte friki o jornadas de croquetas. Se ve que no somos capaces de más, pese a la indudable belleza y valor de los fondos ferroviarios que atesora este malogrado espacio expositivo.
Sin embargo, tengo que decirlo, durante mi viaje a Madrid nada me produjo tanto placer ni tanto shock como una visita rápida al Museo del Prado, que me sirvió para comprobar, una vez más, que el vulgo es impermeable a la excelencia y que prefiere sobremanera los caminos trillados y los tópicos que otros les venden: como es habitual en El Prado, una legión de personas se apelotonaba ante el cuadro de Las Meninas, haciendo prácticamente imposible o penosa su contemplación con la debida quietud. Por si fuera poco, no sé qué les pasa a los responsables del Museo, que tienen esa obra maestra, así como otras muchas, iluminada de forma pésima.
De modo que, como he contemplado Las Meninas centenares de veces, y ante la imposibilidad de hacerlo una vez más en condiciones dignas, preferí detenerme en otras estancias y así pude pasmarme ante el hecho de que la llamada Galería Central del Prado era comunmente utilizada por los visitantes como lugar de paso, ignorando de forma palmaria algunas de las obras que en ella se exhiben: se ve que Carlos V en la batalla de Mühlberg, de Tiziano, no interesa mucho, ello pese a tratarse de una de las obras más importantes de la pintura universal y tan grande y significativa comoLas Meninas de Velázquez, si no más.
En la antedicha Galería Central colgaban, huérfanos de espectadores, maravillosos cuadros de Tintoretto (el Lavatorio), de Guido Reni, del divino Rafael, de Bronzino, de Orazio Gentileshi de Anibale Carraci y de tantos y tantos creadores maravillosos. Y también pude comprobar que, con la excepción de algunos cuadros de El Greco, de Goya y del Jardín de las Delicias de El Bosco, la gente no aprecia en general las grandezas ni el talento de los verdaderamente grandes: Fra Angélico, Corregio, Mantegna, Rubens o ,sin ir tan lejos, El Labrador, con el pavoroso realismo cargado de misterio y perplejidad de sus bodegones.
Lo que quiero decir es que los seres humanos somos proclives en exceso a instalarnos en la comodidad. Parece como si lo nuevo o lo desconocido nos produjese vértigo o náusea: nos dicen que El Greco o Velázquez son impresionantes, pues hala, todos como borregos a ver al Greco o a Velázquez.
En el caso que nos ocupa, en Ponferrada y en El Bierzo parece que no hubiera otras cosas que carbón, templarios y escritores de Villafranca, pero seguro que hay muchas más cosas sobre las que el vértigo de los parroquianos ha impedido indagar.
Es cierto que dicho vértigo no es exclusivo de esta comarca, es más bien universal. De hecho, este verano constaté que la figura de George Boole, uno de los genios más preclaros de las matemáticas de los últimos siglos y uno de los padres de la ciencia de la computación gracias a la denominada 'Álgebra de Boole', era casi un desconocido nada menos que en su ciudad natal, Lincoln, en Inglaterra, donde apenas unos pocos intelectuales, como Dave Kenyon, reivindican hoy su inmenso legado a través de una fundación meritoria aunque de discreto alcance (The Lincoln Boole Foundation). Como aquí, los habitantes de Lincoln prefieren los caminos trillados y, así, admirar la bella catedral gótica de la ciudad sin reparar que a menos de cien metros de la cabecera de dicho templo se encuentra la casa en la que Boole fundó su primera academia de matemáticas para instruir a los jóvenes del condado de Lincolnshire. (Un par de datos, el 8 de diciembre de 2014 se cumplen 150 años de la muerte de Boole, y el 2 de noviembre de 2015 se cumple el 200 aniversario de su nacimiento).
Boole era un paciente y culto profesor de academia de pueblo al que un día llamaron de una universidad irlandesa para ofrecerle una cátedra de matemáticas, cargo que lógicamente aceptó, por dinero, por prestigio y probablemente por la decepción que supone que los de fuera reconozcan en uno los méritos que los de tu propio entorno ignoran y desprecian. Los pocos pero fieles amigos de Boole le ofrecieron una cena de despedida en un conocido hotel de Lincoln cercano a Castle Hill y él se despidió de ellos para siempre, pues no consta que volviera nunca. En cualquier caso, su cuerpo está enterrado en la vecina Irlanda.
Aquí en el Bierzo estamos todo el puto día pidiendo o trincando subvenciones del plan del carbón mientras andamos a vueltas con los poetas y escritores de medio pelo y escasa trascendencia que nos laceran, pero somos incapaces de identificar a nadie de verdadero talento y valía que sea científico, ingeniero, pensador, médico, astrofísico o yo qué sé.
Nos creemos que el castillo templario es la hostia, pero colgamos de él durante años horripilantes carteles que lo afean y lo agreden o permitimos que en su interior se hagan costosísimas obras de enorme y discutible impacto arquitectónico y de muy dudoso interés, mientras paralelamente se destruyen valiosos restos arqueológicos para montar sobre ellos un bizarro pabellón destinado a la venta de entradas y de fruslerías.
Boole demostró que la lógica podía trasladarse a las matemáticas, a las fórmulas algebraicas. Si viviera hoy en El Bierzo alguien como él seguro que podría demostrar mediante fórmulas matemáticas que el imparable declive de esta comarca es la consecuencia lógica de nuestras anteriores acciones y de nuestros anteriores comportamientos: de preferir la mala literatura a la buena ciencia, de utilizar de modo alevoso el patrimonio histórico, artístico y arquitectónico y de gastar millones de euros en gilipolleces antisociales y que no interesan a nadie. Es decir, demostraría sin lugar a dudas que somos culpables de tener miedo a lo nuevo y de preferir los caminos trillados que sólo conducen a acercarnos a pasos agigantados hacia nuestra última cena y posteriormente hacia una muerte segura.




25 de abril de 2014

El Grial de ágata (Ruiz de la Prada)


(He aquí una obra digna de una hoguera, pero no de Miguel Ángel)
 
Murió García Márquez y ahora tal parece que todo dios cenaba con él habitualmente, cuando lo cierto es que la mayoría ni siquiera ha escuchado un disco suyo. A mí me gustaba, mucho menos que Borges, pero me gustaba. Tenía cosas buenas y mediocridades indignas, como el 'Relato de un náufrago', la 'Crónica de una muerte anunciada' o el horripilante cuentecito de 'Un señor viejo con unas alas enormes', que recuerda a una Mary Poppins cutre salchichera. Sin embargo, a mí lo que más me gustó de García Márquez, aparte de algunos párrafos excelsos de su gran obra maestra, fue un relato sobrecogedor (que coge sobres como Rajoy y los suyos de manos de Bárcenas) titulado 'El último viaje del Buque Fantasma'. Una oración compuesta todo él, al contrario de muchos relatos que se leen hoy en día, y y que, en vez de una oración compuesta, no son sino una blasfemia descompuesta y da cagalera leerlos.

En fin, la muerte de García Márquez ha servido, empero, para maquillar el hecho de que aquí en España la literatura que verdaderamente interesa es la relacionada con el fútbol, con Paquirrín, con Belén Esteban y con la entrada en la cárcel de Ortega Cano, entre otros problemas filosóficos y estéticos de similar calado y jaez.

Por lo demás, concluyó la Semana de Pasión como cabía esperar, con otra cagalera después de tanto estreñimiento y constreñimiento. Lo bueno es que entre tanto olor a sacristía, mezclado con limonadas y aguardientes (y ríase la gente), estos mis oídos fatigados tuvieron que escuchar perlas imborrables: así, en la retransmisión de una procesión en Televisión de León, hubo un comentarista que llegó a comparar al voluntarioso aunque no excesivamente brillante imaginero Víctor de los Ríos con Miguel Ángel y con Leonardo, lo que es la hostia, pero no llama tanto la atención en un lugar que presume de tener la copa de la última cena de Cristo, una copa de ágata (Ruiz de la Prada) que dicen que fue por la que bebió Cristo en la última cena, que manda cojones el tal Cristo, todo el día predicando austeridad, como Rajoy y 'Tontoro', y se mamaba en copas hechas de piedras semipreciosas. Y eso todos los días, a menos que supiera de antemano que aquélla iba a ser la última cena y mandara sacar la mejor vajilla para aparentar ante las generaciones venideras, cosa factible por otra parte si se tiene en cuenta que era Dios y que sabía, entre otras cosas, que Judas lo iba a traicionar aquella misma noche (-Seré yo, Rabí. - Pues claro que serás tú, gilipollas, no iba a ser ninguno de estos otros mamandurrieros que tengo por apóstoles. Menos mal que San Pablo va a caerse del caballo, que, si no, este negocio se va a la puta mierda).

Resumiendo: que si que en León tenemos la copa-grial de la última cena, que en la catedral de Coria (Cáceres) presumen de tener el mantel que se usó en el sarao, y que en Génova (en Italia, no en la sede del PP) tienen el Sacro Catino, un plato verde que presuntamente también se usó en la cenita de marras, ya nada nos impide hacer una fiestuqui del copón, nunca mejor dicho. ¿A ver si la cena la cocinó el del Vivaldi u otro alipende de por aquí?. Un cenorrio de muerte.
 
Yo creo que han traducido mal los textos egipcios esos del grial de su puta madre (los textos egipcios son un poco jeroglíficos) y que en vez de una copa de ágata lo que pasa es que acabaron todos a gatas de la mamadura que se pillaron, que fue tan cabezona que algunos llegaron a pensar que el maestro levitaba. Al final todos al trullo por botellón.

También estamos asistiendo estos días al linchamiento, otros lo llaman juicio, de Elpidio Silva, el tipo engreído que se creyó capaz de encarcelar a Blesa, el mismísimo amigo de Aznar. La mascarada sólo sirve para constatar algo que yo sé desde hace mucho, que bajo tanta toga y tanta hostia pretenciosa y afectada, el mundo del derecho y la judicatura sólo esconden depravación, cocaína, vicio, putas y viejos y viejas rijosos amanerados por la molicie, pero muy piadosos... con los ricos e implacables con los pobres, pura basura humana que alguien tendrá que eliminar algún día.

La Semana Santa sirvió además para constatar una vez más la connivencia de las autoridades de la España aconfesional, gobernadores (subdelegados se llaman ahora), delegados autonómicos y presidentes de diputaciones, de audiencias provinciales, y militares con las manifestaciones públicas y ostentosas de la confesión católica. Es más, en estos días de asombro y perplejidad los legionarios no sólo portan a Cristo en brazos el único día del año que no están borrachos o fumaos, sino que otros conmilitones nombran generala a la Virgen o le dan una medalla. ¡Arriba España!, y luego se extrañan de que la gente mejor preparada empiece a huir de este país atacado por la ponzoña.


PD: No es cuestión de debatir aquí sobre carnaciones y policromías mates o con brillo en la obra escultórica de Víctor de los Ríos. Basta con analizar la expresión de las figuras y hasta el movimiento para comprender que no es Gregorio Fernández ni Martínez Montañéz, ni siquiera La Roldana. Respecto a Míguel Ángel, a ese no le llega ni a la suela de los zapatos.

10 de abril de 2014

La semana del estreñimiento

(He ahí el minipaso de San Juanín, la nueva 'joya' de la Semana Santa Ponferradina)
 
Mi admirado Témez echa de menos mi alegato anual contra la Semana Santa ponferradina tanto como el periódico alegato antitaurino de Manuel Vicent. En realidad no hay tanta diferencia entre la Semana Santa y los toros: en ambas manifestaciones el vulgo es proclive confundir la belleza con los sentimientos más primarios, incluso obscenos.
En el concilio de Trento, cuyos principales postulados sólo tenían como objetivo la destrucción de los principios de la Reforma luterana (de ahí el nombre de Contrarreforma que recibieron las admoniciones tridentinas) la Iglesia Católica romana tomó conciencia del enorme peligro que suponían para su poder y privilegios la utilización por parte de los católicos de la ciencia y del razonamiento. Nada de pensar, nada de interpretar la Biblia, nada de aplicar la razón a los más elementales procesos de la vida. Hay que creer con fe ciega que Cristo fue concebido sin que nadie se follara a la Virgen aunque todo el mundo sepa que eso es un sinsentido. Hay que creer que el hombre fue creado por Dios aunque todos intuyan que eso es un disparate. Pero para lograr que el vulgo se trague esas mentiras había que urdir un plan disparatado y soberbio de alienación del ser humano hasta convertirlo prácticamente en un animal, a la vez que se le vendía la moto de que precisamente esa alienación era la esencia misma del ser humano. Pensar lo pueden hacer hasta las máquinas, pero creer y sentir eso sólo lo pueden hacer lo humanos. Puta mentira que se ha convertido en una verdad incuestionable a base de repetirla domingo tras domingo desde el púlpito (a la gallega).
Así se explica el enorme impacto que los pasos de Semana Santa producían a un público analfabeto y crédulo: Sangre chorreante por todas las heridas del Cristo, ojos vidriosos, mandíbulas descolgadas, rostros sufrientes causaron horror, conmoción, emoción y contrición en los católicos a partir partir del siglo XVI. Pero para tal fin, los 'sotanosaurios' contaban con la genialidad incuestionable de escultores (talladores) como Gregorio Fernández, Martínez Montañés o Juan de Mesa, y de policromadores como Pacheco, Valdés Leal o Diego Valentín Díaz. Estos genios buscaban el efecto pretendido de epatar y dejar sin aliento y henchidos de emoción a los feligreses a base de un conocimiento muy minucioso del alma humana y de los recursos teatrales y escénicos tan propios y generalizados durante el Barroco. El resto lo conseguía el gregarismo de las cofradías, la alucinación y el trance colectivos.
En ese sentido, otro tanto cabe predicar del arte del toreo, sangre a borbotones, violencia y sentimientos primarios esparcidos por la arena hasta impregnar a un público aquiescente y poco dado a desmenuzar ese horror plástico bajo los prismas de la razón y la inteligencia. Antes al contrario, hasta los prebostes más conspicuos rechazan la inteligencia y la razón como formas de aprehender la esencia y la realidad del toreo.
Todo lo dicho hasta aquí es sabido hasta el hartazgo, aunque no siempre procesado. Sin embargo, lo que yo sostengo es que lo que Gregorio Fernández conseguía con sus magníficos pasos, cuidadosamente estudiados para ser contemplados en movimiento y desde diferentes ángulos, ahora ya no puede conseguirse, porque la gente que ve los pasos pasa de todas esas consideraciones, pero lo que es peor aún, es que ya no hay un Gregorio Fernández o un Martínez Montañés dispuestos a intentar conmovernos con sus creaciones, sino que los pasos de ahora, concretamente los de Ponferrada, son el producto descuidado de imagineros sin imaginación y con escaso oficio escultórico. De ahí que yo me desgañite al asegurar que en Valencia se queman cada año imágenes de mayor valía artística que las que desfilan por Ponferrada y por tantas otras ciudades de nuestra exhausta geografía. Así, pasos como el de la Última Cena o el Caballo de Longinos (que se llama La Lanzada, como una famosa playa), recientemente estrenados, tienen menos movimiento que don Pimpon en una cama de velcro. Parece como si a las hieráticas figuras les hubieran metido tenedores por el culo y ya se sabe: lo malo es que te metan por el culo un palo, pero es peor que te metan un tenedor.
Para colmo, en Ponferrada hemos descubierto los fréjoles en remojo, los pasos en miniatura, diseñados para ser portados por niños, pero que rompen con la esencia de lo que es un paso de Semana Santa, un conjunto escultórico destinado a ser contemplado desde cierta altura y cierta lejanía. Por si fuera poco, hoy día cualquier friki puede erigirse en imaginero y policromador, como si un Cristo o un San Juanín no fueran sino un trasunto de Darth Vader, el del lado oscuro de la fuerza, o sea el estreñimiento, y eso es a fin de cuentas lo que produce la contemplación de esos pasos, estreñimiento, pero en ningún caso los considero susceptibles de desencadenar en los fieles o en los adúlteros un mínimo sentimiento de piedad o de pasión.
Así que sí, como pretenden políticos y reputados miembros de la judicatura, adscritos en todo caso al PP, acaban dándole a la Semana Santa ponferradina el reconocimiento de interés turístico nacional, ello sólo servirá para extender y perpetuar el horror de sus procesiones. Eso es airear la caspa, como nombrar a una talla de una Virgen de la Soledad el título de generala del ejército del aire. Dios nos libre de que nuestros ejércitos tengan que defendernos algún día. Aunque no hay peligro, desde hace siglos el ejército español sólo se ha mostrado eficaz a la hora de masacrar a los propios ciudadanos, pero a la hora de luchar, por ejemplo, contra Napoleón, hubieron de ser los voluntarios y las mujeres de Madrid las que hicieran frente a los gabachos.
Por ello, aunque no guste, no rectifico ni un ápice cuando sostengo que hay más verdad, emoción y sentimientos primarios en una buena borrachera de gin tonic que en una procesión de minipasos de Ponferrada. Hala, que ya me he extendido un huevo. The End.


17 de marzo de 2014

Viva El Greco de los cojones


(Supuesto autorretrato de El Greco: la gente prefiere un domingo
de fútbol que a un Domingo Griego) 
 
Nada más inaugurarse en el palacio de Santa Cruz de Toledo la hipertrofiada exposición sobre El Greco ya ha sido visitada por más de 5.000 personas. Cinco mil personas que ya pueden presumir de ser expertas en la obra de este singular pintor. Lo cual me lleva a reflexionar que la moda no sólo abarca al corte y confección o al estilismo del cabello y del maquillaje, sino también al ARTE y la CULTURA con mayúsculas.
No alcanzo a comprender cómo, de repente, una obra pictórica compleja y enigmática en muchos sentidos, despierta el interés de una masa aborregada que habitualmente muestra una total indiferencia ante este tipo de manifestaciones.
La mayoría de las obras del Greco, y sobre todo las más importantes y significativas, pueden verse todos los días en diversas ubicaciones de Toledo y en el Museo Nacional de El Prado, en Madrid. Sin embargo, con la excepción, acaso, de El Entierro del Conde de Orgaz, que se exhibe en la iglesia toledana de Santo Tomé y que paradójicamente no forma parte de la macroexposición mencionada, apenas si despiertan un interés mínimo del público que el pasado fin de semana acudió en masa arrebatado por un súbito interés artístico sospechosamente sobrevenido.
Viene esto muy a cuento de lo que nos pasa hoy en día: no sólo estamos encantados con nuestra servidumbre y enamorados de nuestros negreros cotidianos, como por otro lado ya avanzó a mediados del siglo XVI Étienne de la Boétíe en su 'Discurso sobre la servidumbre voluntaria', sino que, además, vivimos en un perpetuo estado de pereza mental que nos lleva a aborrecer todo aquello que suponga pensar o reflexionar por nosotros mismos.
De este modo preferimos aceptar sumisamente como verdad incuestionable cualquier mentira repetida hasta la saciedad por nuestros verdugos: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, “España gasta más de lo que recauda”, “La Guardia Civil no disparó pelotas de goma ni botes de humo contra los inmigrantes que se estaban ahogando en una playa de Ceuta”. Y suma y sigue. Sabemos que mienten con un dolo criminal, pero lo aceptamos de forma sumisa. Parece como que nos diera vergüenza disentir: Si el Gobierno lo dice será verdad.
Con esto del arte pasa lo mismo: Hay que ir a ver las obras del Greco aunque no nos digan ni aporten nada, como hay que decir que la poesía es un arma contra la opresión y que Gamoneda o los Panero son grandes poetas y referentes de rebeldía y de voz propia aun cuando no hayamos leído nada de ellos o lo que hemos leído nos parezca ramplón o, simplemente, carezca de interés alguno para nosotros.
Buscamos en poetas y artistas mediocres aquello que somos incapaces de decir, como si su voz, en general vocinglería y oscurantismo, pudiera suplir nuestro lamentable silencio cómplice.
Todo dios anda emperrado en que hay que proteger y potenciar la cultura, pero suelen referirse a la industria cultural, que es a la cultura lo mismo que La Razón al periodismo, Urdangarín a la honestidad o un cura pederasta a la protección de la infancia.
A mí el Greco siempre me gustó, tanto como para no asistir jamás a una macroexposición como la del palacio de Santa Cruz. De todos sus cuadros el que más me ha impresionado desde siempre es uno que puede que ni siquiera sea suyo, pero que rezuma Greco por todas partes: se trata de una rareza pintada sobre la tabla de la parte interior de la puerta de un sagrario de una iglesia de la Tierra de Campos palentina (prefiero no dar más datos, no vaya a ser que la roben). En el reverso de esa puerta está pintado un entierro de Cristo absolutamente maravilloso y en varias ocasiones lo he podido admirar y comentar con el párroco del pueblo, un hombre sencillo, pero de una gran erudición en materia de arte religioso rural.
En fin, un rato a solas con esa pintura y ese cura vale por todas las obras del Greco juntas y eso que guardo un magnífico recuerdo de una de mis visitas a los magníficos teleros de la iglesia de Santo Domingo el Antiguo (éstos sí, incluidos en la macroexposición).
No hay que tener apuro en decir que El Greco o Velázquez, Cervantes o García Márquez, Rosalía (y entraba), y Gamoneda o Juan Carlos Mestre nos importan una puta mierda, sobre todo cuando es exactamente así. De hecho, el propio Doménico Greco, profesaba opiniones muy despectivas sobre grandes genios de la pintura, como el gran Miguel Ángel, pero tuvo la valentía de hacerlas públicas, porque en el desempeño del duro y corto oficio de vivir no es necesario ser aquiescentes para tragar con toda la mierda que que nos sirven en la mesa. La poesía de Mestre o de Gamoneda son como la comida del Bulli, muchos de los que la alaban en público la escupen en privado. No hay que avergonzarse, si algo nos parece vomitivo es mejor decirlo y no comérnoslo, que tragarlo con el riesgo de que nos siente mal y nos convirtamos en imbéciles.
 
PD. Sépase que el gran aprecio por la pintura de El Greco data en realidad del siglo XIX y que con anterioridad suscitó más grandes rechazos que adhesiones, entre ellos los del propio Felipe II, que apartó al artista de los grandes proyectos iconográficos del Escorial y del gran tratadista de arte y mediocre pintor Francisco Pacheco, suegro de Velázquez. Quien quiera entender que entienda.
 

11 de marzo de 2014

ACEBES A VECES


(He aquí la lumbrera que nos protegió durante el 11-M)
 
Diez años ya de aquella memorable mañana en la que los trenes de cercanías de Madrid acumularon más retraso que nunca, llevándose de paso por delante la vida de dos centenares de personas.
Y el Gobierno emperrado en que había sido la ETA, pese a que, a medida que aumentaba el número de cadáveres, se iba comprobando que la cosa atufaba más a integrismo islámico que a integrismo vasco.
Pero lo que recuerdo como si fuera hace una década es la tarde anterior: unas horas antes de los atentados del 11-M el entonces ministro de Interior, Ángel Acebes, un orate balbuceante, presumía en un mitin en el Hotel Ponferrada Plaza, de los muchos logros del Gobierno de Aznar contra el terrorismo etarra. No reproduzco aquí mi crónica del mitin para que no se me tilde de comunista simpatizante con los asesinos. Así que cito la que publicó el Diario de León, firmada por Cristina Fanjul, nada sospechosa, por otro lado, de sectaria y antisistema, como yo: "Como colofón a su intervención ante los empresarios, el ministro de Interior recordó que los últimos años se han caracterizado por un crecimiento del Estado de Derecho y un retroceso del terrorismo, la coacción y el crimen representados por ETA. Así, recordó que el arrinconamiento de la banda se debe a la actuación de las Fuerzas de Seguridad del Estado y a la idea -defendida por el pacto por las libertades y contra el terrorismo- de que nadie pagará un precio político para que los terroristas dejen de matar. Acebes criticó así una vez más la actuación del secretario de ERC, Carod Rovira, y su encuentro con ETA".
Dijo más. Presumió de que ETA no atentaba porque no podía, porque carecía de capacidad operativa para hacerlo. Sin embargo, un día después, señaló públicamente que ETA había intentado un atentado similar al de los trenes de Atocha hasta en cuatro ocasiones, una de ellas en la Nochebuena anterior, pero de esos atentados frustrados no habló en el mitin, simplemente porque, para Acebes, 24 horas antes ETA era incapaz de llevarlos a cabo por la debilidad inducida por el Gobierno del PP.
La cuestión de los atentados se ha polarizado entre los que primero sostuvieron que fue ETA y luego una conspiración galáctica en la que participó el PSOE, los servicios secretos, la policía y la Guardia Civil, y los que sostuvieron que fueron los islamistas.
Hoy ya nadie acepta las teorías de la conspiración, salvo para salvar la honrilla, una vez demostrado que mintieron de forma escandalosa quedando peor que Cagancho en Almagro. Mintieron pensando que si conseguían prolongar la mentira de ETA hasta el domingo electoral del 14-M, entonces ganarían las elecciones y ya daría igual quien lo hubiera hecho. Pero la mentira fue tan burda que, para enmascararla, les obligó a iniciar una cadena de manipulación que implicaba a políticos y medios de comunicación como nunca se ha visto, aunque no quiere decir que no haya existido alguna otra similar.
Dio igual, los votos les mandaron a tomar por el culo y los mentirosos se pasaron siete años, hasta que retornaron al poder en 2011, deslegitimando el resultado de las urnas.
Pero lo que a mí me sorprende es que un tarado como Acebes insistiera en la autoría de la ETA, cuando, de haber sido la banda terrorista vasca, ello hubiera denotado una mayor incompetencia suya y de su gobierno: decir que fue la ETA la autora del mayor atentado terrorista de la historia de España cuando un día después de haber presumido de que esta organización estaba prácticamente desmantelada, sólo es propio de un ignorante y de un incompetente incapaz de encontrar una puta en un burdel. Ir más allá y tontear con la teoría conspiratoria en la que estarían implicados los servicios secretos y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, manejados nada menos que por Rubalcaba, es todavía peor, pues implicaba que el PP llevaba ocho años gobernando sin, al parecer, enterarse de como funcionaban estos cuerpos que debían garantizar nuestra seguridad, y, por si fuera poco, presumiendo de la buena labor del ministro de Interior. Eso sin contar con que atribuirle al tonto de Rubalcaba la capacidad para montar una conspiración así implica un síntoma añadido de idiocia. En fin, un desatino propio de un botarate, secundado por otros aprovechados y traidores al pueblo español, a los que este pueblo, que tanto presume de dignidad, no se ha dignado en perseguir y castigar debidamente.Tal vez ha llegado el momento de identificar a estos traidores y hacerles pagar su felonía. Pero mientras tanto, siguen gobernando y publicando mentiras e insultos, como un premio a su traición e incompetencia. Recuerdo que Acebes cobra pingües estipendios de una compañía multinacional. Lo mismo que cada puto incompetente, criminal y traidor que han tenido que soportar los españoles durante estas últimas décadas.
Para estos delincuentes  no cabe duda alguna: toda traición, villanía o mala acción tienen inmediatamente un gratificante beneficio.

12 de febrero de 2014

La Razón persigue la verdad

(Cada vez más literatura y basura son sinónimos)
 
 
No soy un gran fan del Quijote, como no lo soy de la novela en general (en teniente sí). Sea como fuere, debo reconocer que, al contrario de la gran mayoría de las novelas actuales, el Quijote nos regala felices invenciones, o lo que Borges denominaba "magias parciales". Una de ellas es esta frase que, según el autor (autoría que el propio Cervantes niega), aparecía en uno de esos libros de caballería que ponían loca la cabeza al buen hidalgo manchego: "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, con tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura" (o lo que es lo mismo: la gallina). Leído esto, alguien me dirá (1,90 aproximadamente):
- ¿Dónde pretendes llegar?.
- Y yo que sé. ¿No ves que estoy en el paro y por tanto soy un desecho humano?
En fin, que en estos tiempos de caspa y sotaneo ('neosotaneo' o secta 'sotánica'), lo más socorrido es decir que la gente está anestesiada por culpa de Sálvame y del fútbol. Y no es que no sea cierto, sino que se queda corto. Es indudable que el fútbol y la telebasura (valga la redundancia) coadyuvan al adormecimiento de la población para que, a mayor gloria de la Iglesia y del Gobierno (valga la redundancia) trague pollas como ollas y se relama después de haber ingerido esa bazofia por efusión. Pero hay, además, otras anestesias destinadas a quienes por hache o por be no gustan de los placeres del balompié ni de los desvaríos y affaires de Belén Esteban y de Paquirrín: se trata de la literatura y la poesía contemporáneas. En cada mierda de ciudad o pueblo, por catetos que sean, surgen por doquier conventículos y círculos de vates e intelectuales de medio pelo que, como decía Blake de Swedenborg y Rembrandt, no dicen una sola verdad nueva y, en cambio, repiten hasta la saciedad todas y cada una de las viejas mentiras.
Hartos estamos de escuchar que este o aquel poeta es un referente por su compromiso en la lucha por la libertad y la dignidad humanas, cuando sabemos que toda su vida y su obra no son sino una amalgama de vanidades y ejercicios lingüísticos más o menos epatantes, paridos bajo el cobijo de las ubres de alguna administración pública u organismo asimilado (diputaciones e institutos de cultura provinciales comarcales o similares).
Poetas e intelectuales que se autoproclaman portavoces de los más desfavorecidos son habituales. Doble desgracia si, además de ser desfavorecido, resulta que tienes a un pedante soplándote la oreja o la polla y dando recitales y editando versos a cuenta de tu puta y depauperada imagen. Y lo mismo cabe decir de los novelistas (Julia Navarro, Pérez Reverte, Paul Auster, Ruiz Zafón, Sánchez Dragó,... Eso por no citar a la pléyade de autores de novela negra o de novela histórica que agreden de continuo nuestra sensibilidad estética).
En la línea de esa honestidad intelectual que tanto predican sobre ellos mismos, más les valdría reconocer que lo que les gusta es figurar en las tertulias literarias y en las ferias del libro, en las listas de ventas o de premiados de las Cajas de Ahorros y en las lecturas públicas de textos y poemas, que hinchan mucho el ego.
El verdadero escritor contemporáneo murió hace muchos siglos y los contemporáneos del futuro son, seguro, a día de hoy intelectuales absolutamente desconocidos, pero que elaboran en la intimidad una obra arcana que algún día cobrará un sentido único, genial y maravilloso: a Homero se lo empezó a conocer siglos después de su muerte, y casi otro tanto cabe decir de Van Gogh o de Vermeer.
Nos dicen que se lee poco, pero yo digo que la mayor parte de lo que los ciudadanos leen es tan nauseabundo como las andanzas de Belén Esteban o las interioridades de la vida de Ortega Cano. La literatura basura inunda las editoriales, como Planeta, un engendro multinacional propiedad de una familia semianalfabeta en dos idiomas, catalán y castellano, que amenaza con dejar Cataluña si este territorio se independiza de España, una razón más en favor de la independencia catalana.
La prensa, escrita o digital, tampoco son mejores: vender las bondades de la lectura y, a continuación leer el ABC, La Razón, El País o El Mundo (todos pertenecientes a conglomerados empresariales de dudosa filiación, alguno de ellos el propio grupo Planeta), es equivalente a sostener que se posee una amplia formación gastronómica porque se ve por la tele Top Chef o Pesadilla en la Cocina. Pensar que la cultura gastronómica es Ferrán Adriá o Alberto Chicote es lo mismo que creer que los antropófagos de Nueva Guinea Papúa constituyen una variante inexplorada y sorprendente de la cocina de autor.
En fin, "la razón de la sinrazón" que enloquecía a don Quijote, y con ello no quiero acusar a los medios de comunicación o a los intelectuales de esconder la verdad, ni mucho menos, todos ellos persiguen la verdad, tanto que la tienen ya
acorralada y a punto de rendirse.
 
PD. Llevaba meses sin escribir nada en este blog. Se entenderá por qué: la literatura es cada vez más un sinónimo de basura, con una diferencia, al menos la basura puede reciclarse.