Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

6 de octubre de 2014

La última cena de Boole

 
(Este es el hotel de la última cena de George Boole)

Con motivo de la celebración en Ponferrada del pasado Mundial de Ciclismo y tras haber observado hasta el hastío unas imágenes de la ladera del castillo en las que, echando por lo alto, habría unas 500 personas, tengo que confesar que hube de ausentarme de la ciudad por imperativo municipal, ya que el barrio donde vivo estaba literalmente aislado, como si sus habitantes estuviéramos infectados por el ébola, y sólo se podía salir de él recorriendo unos diez kilómetros para completar un trayecto que habitualmente no supone más de dos o tres.
En fin, opté por largarme a Madrid y por solazarme con regalos visuales y sensuales tales como la belleza del otoño en el parque del Retiro y los reflejos del sol vespertino en los vidrios del palacio de Cristal, esa maravillosa obra arquitectónico debida al talento de Velázquez Bosco.
También tuve ocasión de admirar y disfrutar de la impresionante marquesina de hierro del siglo XIX de la estación de las Delicias, un espectacular entramado metálico que remite a la genial creatividad de los ingenieros franceses de la época, especialmente de De Dion, y que, maravillosamente conservada, alberga bajo su amplio vuelo los fondos del Museo del Ferrocarril de la capital de España. Un museo, dicho sea de paso, muy divertido para grandes y pequeños. Contemplándolo lamenté que su homólogo de Ponferrada languidezca de una manera un tanto vergonzosa, mientras sus dependencias, recientemente ampliadas y acondicionadas con una costosa inversión del llamado Plan E de Zapatero, se desaprovechan para montar en ellas exposiciones de bodas, de arte friki o jornadas de croquetas. Se ve que no somos capaces de más, pese a la indudable belleza y valor de los fondos ferroviarios que atesora este malogrado espacio expositivo.
Sin embargo, tengo que decirlo, durante mi viaje a Madrid nada me produjo tanto placer ni tanto shock como una visita rápida al Museo del Prado, que me sirvió para comprobar, una vez más, que el vulgo es impermeable a la excelencia y que prefiere sobremanera los caminos trillados y los tópicos que otros les venden: como es habitual en El Prado, una legión de personas se apelotonaba ante el cuadro de Las Meninas, haciendo prácticamente imposible o penosa su contemplación con la debida quietud. Por si fuera poco, no sé qué les pasa a los responsables del Museo, que tienen esa obra maestra, así como otras muchas, iluminada de forma pésima.
De modo que, como he contemplado Las Meninas centenares de veces, y ante la imposibilidad de hacerlo una vez más en condiciones dignas, preferí detenerme en otras estancias y así pude pasmarme ante el hecho de que la llamada Galería Central del Prado era comunmente utilizada por los visitantes como lugar de paso, ignorando de forma palmaria algunas de las obras que en ella se exhiben: se ve que Carlos V en la batalla de Mühlberg, de Tiziano, no interesa mucho, ello pese a tratarse de una de las obras más importantes de la pintura universal y tan grande y significativa comoLas Meninas de Velázquez, si no más.
En la antedicha Galería Central colgaban, huérfanos de espectadores, maravillosos cuadros de Tintoretto (el Lavatorio), de Guido Reni, del divino Rafael, de Bronzino, de Orazio Gentileshi de Anibale Carraci y de tantos y tantos creadores maravillosos. Y también pude comprobar que, con la excepción de algunos cuadros de El Greco, de Goya y del Jardín de las Delicias de El Bosco, la gente no aprecia en general las grandezas ni el talento de los verdaderamente grandes: Fra Angélico, Corregio, Mantegna, Rubens o ,sin ir tan lejos, El Labrador, con el pavoroso realismo cargado de misterio y perplejidad de sus bodegones.
Lo que quiero decir es que los seres humanos somos proclives en exceso a instalarnos en la comodidad. Parece como si lo nuevo o lo desconocido nos produjese vértigo o náusea: nos dicen que El Greco o Velázquez son impresionantes, pues hala, todos como borregos a ver al Greco o a Velázquez.
En el caso que nos ocupa, en Ponferrada y en El Bierzo parece que no hubiera otras cosas que carbón, templarios y escritores de Villafranca, pero seguro que hay muchas más cosas sobre las que el vértigo de los parroquianos ha impedido indagar.
Es cierto que dicho vértigo no es exclusivo de esta comarca, es más bien universal. De hecho, este verano constaté que la figura de George Boole, uno de los genios más preclaros de las matemáticas de los últimos siglos y uno de los padres de la ciencia de la computación gracias a la denominada 'Álgebra de Boole', era casi un desconocido nada menos que en su ciudad natal, Lincoln, en Inglaterra, donde apenas unos pocos intelectuales, como Dave Kenyon, reivindican hoy su inmenso legado a través de una fundación meritoria aunque de discreto alcance (The Lincoln Boole Foundation). Como aquí, los habitantes de Lincoln prefieren los caminos trillados y, así, admirar la bella catedral gótica de la ciudad sin reparar que a menos de cien metros de la cabecera de dicho templo se encuentra la casa en la que Boole fundó su primera academia de matemáticas para instruir a los jóvenes del condado de Lincolnshire. (Un par de datos, el 8 de diciembre de 2014 se cumplen 150 años de la muerte de Boole, y el 2 de noviembre de 2015 se cumple el 200 aniversario de su nacimiento).
Boole era un paciente y culto profesor de academia de pueblo al que un día llamaron de una universidad irlandesa para ofrecerle una cátedra de matemáticas, cargo que lógicamente aceptó, por dinero, por prestigio y probablemente por la decepción que supone que los de fuera reconozcan en uno los méritos que los de tu propio entorno ignoran y desprecian. Los pocos pero fieles amigos de Boole le ofrecieron una cena de despedida en un conocido hotel de Lincoln cercano a Castle Hill y él se despidió de ellos para siempre, pues no consta que volviera nunca. En cualquier caso, su cuerpo está enterrado en la vecina Irlanda.
Aquí en el Bierzo estamos todo el puto día pidiendo o trincando subvenciones del plan del carbón mientras andamos a vueltas con los poetas y escritores de medio pelo y escasa trascendencia que nos laceran, pero somos incapaces de identificar a nadie de verdadero talento y valía que sea científico, ingeniero, pensador, médico, astrofísico o yo qué sé.
Nos creemos que el castillo templario es la hostia, pero colgamos de él durante años horripilantes carteles que lo afean y lo agreden o permitimos que en su interior se hagan costosísimas obras de enorme y discutible impacto arquitectónico y de muy dudoso interés, mientras paralelamente se destruyen valiosos restos arqueológicos para montar sobre ellos un bizarro pabellón destinado a la venta de entradas y de fruslerías.
Boole demostró que la lógica podía trasladarse a las matemáticas, a las fórmulas algebraicas. Si viviera hoy en El Bierzo alguien como él seguro que podría demostrar mediante fórmulas matemáticas que el imparable declive de esta comarca es la consecuencia lógica de nuestras anteriores acciones y de nuestros anteriores comportamientos: de preferir la mala literatura a la buena ciencia, de utilizar de modo alevoso el patrimonio histórico, artístico y arquitectónico y de gastar millones de euros en gilipolleces antisociales y que no interesan a nadie. Es decir, demostraría sin lugar a dudas que somos culpables de tener miedo a lo nuevo y de preferir los caminos trillados que sólo conducen a acercarnos a pasos agigantados hacia nuestra última cena y posteriormente hacia una muerte segura.




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