Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

31 de marzo de 2016

Mi vieja afición a la ciencia ficción


                                                 (Una obra maestra y una sorpresa)

Hace ya muchos años que ando un poco estragado de tanta literatura. Después de numerosas y variadas lecturas de lo que se llama coloquialmente narrativa de ficción, he llegado a la desalentadora conclusión de que la tal ficción apenas aporta a los lectores otra cosa que no sea matar el rato. Es decir, que no es sino un mero ejercicio de evasión que no confiere a sus practicantes ningún tipo de cualidad estética o moral añadida distinta de la que pueda conferir ver en la televisión productos como Gran Hermano o Mujeres y Hombres y Viceversa.
Pese a ello, de vez en cuando mi fibra sensible vibra con algunos felices hallazgos, llamémosles literarios, muy alejados empero de trivialidades al uso, como las mediocres obras de Cervantes y los estomagantes dramas de Shakespeare, por no hablar de los coñazos literarios de los autores locales.
Por si fuera poco, uno ya no puede entrar en una librería sin verse abrumado por decenas de títulos surgidos al socaire del centenario del nacimiento o de la muerte de algún autor consagrado. Libros por doquier sobre la vida cotidiana en el Siglo de Oro, sobre las costumbres en la Inglaterra del XVI y del XVII. Eso sin contar la ingente cantidad de bodrios afectados y arrogantes de novela negra, erótica, histórica, autoayuda y mierdas de esas.
Para conjurar dicha perplejidad suelo deambular por las estanterías dedicadas al arte y a la historia, pero, en general, en ellas yace la misma basura ampulosa y ramplona, con la agravante de una sobreabundancia incomprensible de libros sobre las vanguardias pictóricas (especialmente Dalí y Mondrian), en el caso del arte, y de libros sobre el nazismo y los campos de exterminio o de la Guerra Civil española, en el caso de la historia.
De modo que no puedo resistirme a echar una ojeada a los libros de ciencia ficción. Un pequeño homenaje a mi ya lejana época de juventud, cuando disfrutaba de sorpresas agradables, como 2001 Una Odisea en el Espacio (el libro, escrito a la par que se hacía la afamada película), Hacedor de Estrellas (de Stapledon), de Pavana (K. Roberts) y de los relatos de Asimov, Sturgeon, del inigualable F. Brown. O las novelas de Leiber, Silverberg, Heinlein, Bradbury (éste siempre me gustó un poco menos). Los maravillosos Arthur C. Clarke, Hal Clemens, Priest (El mundo invertido), Jack Vance, Larry Niven, Simak, Stanislav Lem, Frank Herbert... y así sin parar, en un intento vano de agotar géneros y subgéneros, hasta llegar a los precursores, desde H.G. Wells, hasta los hermanos Rosny (Ainé y Jeune, el mayor y el pequeño). Sin olvidar las fantasías desaforadas de Cyrano de Bergerac (El otro mundo) y de Luciano de Samosata. Curiosamente, y contra la creencia oficial, uno de mis escritores favoritos, Julio Verne, apenas escribió ciencia ficción, pero, bueno, lo quiero tanto que se lo perdono.
Cito a estos genios y algunas de sus genialidades para contraponerlos a tanta mierda disfrazada de fantasía, de ciencia ficción y de pretenciosa novela histórica. Todo son juegos de tronos, sagas imbéciles y paridas paridas bajo el manto aquiescente y ultramediático del incomprendido Lovecraft y del sobrevalorado, por aburrido, Tolkien: Laura Gallego, J. K. Rowling, George R. R. Martín (un Tolkien de mierda)... y no sigo, porque la lista sería interminable e inabarcable.
Bueno, pues en ésas, y después de años sin 'incursionar' (como dicen los pijos indoctos) en los procelosos mundos de yupi de la 'sci-fi', ayer mismo me topé con una sorpresa agradabilísima: 'Planilandia', de Edwin Abbott, una obrita a la que seguía la pista desde los lejanos tiempos en que mi amigo Manolo Pastrana me mostró la sección de Juegos Matemáticos de Scientific American, que dirigía con mano maestra el maestro Martin Gardner, que en paz descanse. Para no aburrir, el librito compagina, en sus apenas 150 páginas de relatos con letra suficientemente grande, la sátira social (al estilo de Swift o Rabelais) con la fantasía matemática. Así, se plantea cómo sería la existencia de un mundo de dos dimensiones, o de una sola dimensión, o de 'n' dimensiones, y de la posibilidad de conectar con esos mundos y de si la imbecilidad humana será susceptible de repetirse en tantas dimensiones como mundos dimensionales podemos imaginar. Para dar una idea, sin aburrir, de lo que hay en las páginas interiores, diré que uno de los relatos se titula: 'Acerca del aplastamiento de la Sedición Cromática'. Es evidente que cualquier atisbo de Julia Navarro, de Ángeles Caso, de Noah Gordon o de Sánchez Adalid es inrastreable.
La primera edición de esta obra data nada menos que de 1884. Me trae vagos recuerdos de la Alicia de Lewis Carrol y me introduce de lleno en la vida y la obra de otro padre incontrovertible de la ciencia ficción y de los universos pluridimensionales: Charles Howard Hinton, un tipo de vida azarosa que casó con una hija del matemático George Boole (el del álgebra de Boole), del que ya escribí aquí en su día y que él mismo desconoció el genio que fue, hasta que la incomporensión de sus propios coterráneos lo relegó al olvido del que lo rescató la ciencia de la supercomputación.
Con todo este rollo he querido decir que el mundo y su dilatada trayectoria espacio temporal abundan en este tipo de obras geniales y sorprendentes que esperan a que alguien las descubra por sí mismo como el tesoro que son; y que negarse a esos hallazgos personales para sumergirse en los caminos trillados de las obras manidas de los Cervantes, Shakespeare, o más cerca, de los Pereira, Gamoneda y Mestre, o de la pléyade de enanos pseudocreadores que pululan por El Bierzo, por León y por España es, según entiendo, un intolerable ejercicio de autocastración que no me encuentro con ánimos de acometer y menos aún de aplaudir.

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