Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

12 de mayo de 2016

Personajes, criaturas y caricaturas


Cada día abomino un poco más de los personajes en la literatura. De ahí mi mermado interés por el teatro y mi cada vez menor pasión por la novela. Un teatro sin personajes resultaría impensable. También una novela. Pero a mí no me gustan nada esas descripciones exhaustivas y autocomplacientes de los rasgos físicos y del carácter de los personajes, descripciones que, en general, acaban siendo una pura traslación, siquiera subliminal, de los del propio autor, que hace que el personaje sea un trasunto suyo, convirtiendo de este modo la obra literaria en una biografía, o peor aún, en una autobiografía.
Habitualmente, de un personaje literario sólo me interesan, a lo sumo, un par o tres de rasgos. Por ejemplo: alto y anarquista; juez viejo y rijoso (aunque sea una redundacia); cura y pederasta (ahí lo dejo); Vampiro y abstemio…. Pero odio ese puto rollo de que un autor fatigue mi paciencia con páginas enteras describiendo el cabello y las arrugas de un personaje o sus atuendos y su personal visión de la vida, de la política, del amor, el color de los pelos de su culo y la delicada mirada con que observa el mundo... de los cojones.
Así las cosas, alguien podría llegar a pensar que mis preferencias se orientan más hacia géneros como la poesía. Aparentemente la poesía carece de personajes. Sin embargo, a poco porro que uno sea comprobará que la poesía actual, casi toda ella de género lírico, intimista, introspectivo e introvertido (y aún no sé por qué), no es más que un inmenso monólogo de autor, el verdadero y vanidoso protagonista de la práctica totalidad de los poemas contemporáneos. Algunos poetas hay que, incluso, han llevado su personaje hasta la vida real y éste les ha absorbido, se ha adueñado de ellos. En alguna medida Unamuno fue uno de éstos: se sentaba a reflexionar sobre la decadencia de España en una plaza de Medina de Rioseco o frente a la iglesia mudéjar de Aguilar de Campos y allí colegía él que España estaba jodidamente mal. Vale, que no te digo que no, pero España sigue hoy muy mal y mira dónde quedaron Unamuno y toda su generación del 98, de personajes agobiados por el desalentador declive de España.
Ahora bien, si hay alguien erigido en protagonista de su obra, como un personaje histriónico que roza lo estomagante, al llevar sus ensoñaciones poéticas hasta el límite de la realidad, y por ello también de la estulticia, ya rallando en la idiocia, ese es mi dilecto Mestre, que se ha convertido en una caricatura de sí mismo.
No me resisto a entresacar aquí algunos párrafos de una entrevista que le hizo en 2013 un poetastro de medio pelo y mucha petulancia, más que nada para que juzgue el lector por sí mismo y se haga una idea de cuánta bobaliconería nos hacen tragar estos preasuntos intelectuales defensores de la Cultura, de los oprimidos y de no sé cuántas cosas más:
Pregunta: Estimado Juan Carlos, ¿cómo le gustaría que le presentaráramos?
Respuesta: Presentar, mostrar, exihibir, malos verbos, amigo Hasier, para el que no le cuenta los dientes a los caballos. Hablemos mejor de lo que silenciosamente ha de ser lo borrado como tachadura de las presencias obsesivas. El poeta acude a la cita con lo invisible, no al mostrador de las exhibiciones.
Prometedor comienzo, ¿eh?. Eso de “el que no le cuenta los dientes a los caballos” es la repolla. Pero aún no habéis leído nada. Esperad, que ésta también es muy buena.


Pregunta: ¿Cuál es el camino, cuáles los senderos que ha atravesado Juan Carlos Mestre para alcanzar la precisión y la alucinación de su lenguaje poético, tan latente en La bicicleta del panadero? [Como se ve, el entrevistador también se las trae de pedante. Aquí cada uno va a colar sus propios eructos, vengan o no a cuento]
Respuesta: Se suele entender por alucinación las sensaciones subjetivas radicalmente falsas, en algo ciegas, en mucho quiméricas. No, yo no he tenido nunca consciencia de padecer tal transitoriedad enajenante en mi lenguaje. Escribo como pienso, y pienso tal como vivo, contra el rejuvenicimiento de las plañideras y la tristeza teórica de las cátedras [....] Mi poesía habla de mi vida, de mi participación en el advenimiento y en el presentimiento, en la vértebra filosófica del pensar y en el balanceo de lo que otra mano desde lo misterioso empuja, desestabiliza y desordena. Asunto diferente sería el modo del actuar lingüístico, el procedimiento de la elección no elegida, la inclinación hacia la capacidad negativa de lo identificatorio con lo nombrado […] el único trastorno es la realidad fingida de lo real. Yo escibo lo más lejanamente posible a la innecesaria obviedad realista, soy un caracol descalzo sobre el rastro de los conversadores del peligro, me atrae la búsqueda, recortar con las tijeras de la invisibilidad los contornos sobrantes, pero también intento prestar mi cabeza al ciudadano más próximo, realizar la excavación en términos de lo posible, en estímulos racionales del hallazgo. Estamos hablando de materiales poéticos, no de bisbiseos melancólicos para llamar la atención de los gatos domésticos de la docencia. De momento dejemos el irracionalismo para el canto de las ranas. [Y así hasta el estrago. Ahora, no me jodas, que eso de la “elección no elegida” es ya 'pa' jiñarse, por expresarme en términos cultos].


Antes de concluir, leed esto otro, que tampoco tiene desperdicio:
“Lo que se revela lo hace en cuanto fluir cuántico de las particulas elementales de la conciencia, de la fragante actividad atómica de lo musical, quarks con sabor al significado que transportan y que aún invisibles a la observación del delator gramático llegan al poema a testimoniar su ser de memoria, su nostalgia de porvenir, y sueño, la resignificación del mito… La lucha por la sobrevivencia acaso sea también la lucha por los significados del existir, la comprensión del destino humano y la resistencia transcultural a los territorios impuros del poder”.

[La madre que me parió: “fluir cuántico de las partículas elementales de la conciencia”, “fragante actividad atómica de lo musical”, “quarks con sabor al significado que transportan”, “delator gramático”, “ser de memoria”, “resignificación del mito”, “inmanente superstición”, “resistencia transcultural a los territorios impuros del poder”].


No sigo más, lo mastico, pero soy incapaz de tragarlo. Toda la entrevista o la masturbación lírica o lo que sea es igual de afectada, una pura mixtificación. Pongo a continuación el enlace por si algún masoquista quiere pajearse mentalmente con adefesios de similar jaez: http://www.koult.es/2013/03/entrevista-a-juan-carlos-mestre-poeta-de-la-conciencia-civica/.
Algunos párrafos me recuerdan a aquellas estupideces de Feliciano de Silva que tanto enloquecían al patético Don Quijote: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”, y “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.
Pues lo de Mestre es igual, imbecilidad en estado puro, es el Feliciano Silva berciano y contemporáneo. Lo dicho, todo un personaje. ¿Entendéis ahora por qué no me gusta la literatura de personajes?, porque para que alguien me cuente gilipolleces tan intragables ya cuento yo las mías. Así que hala, “a mamarla a Parla”, que yo también soy poeta.


PD: Y no digo más por no levantar la liebre