Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

18 de enero de 2011

50.000 gracias

(Detalle de las Tres Gracias de Botticelli. Las que yo os doy son muchas más, aunque tal vez de menos calidad)
Este blog ha llegado a las 50.000 visitas. Con el cambio de orientación seguramente ya no haya tantas visitas a partir de ahora. Simplemente me apetecía comprobar que podía hacerlo y ahora debo hacer otras cosas, al menos durante un tiempo.
Cincuenta mil son muchas visitas; son más de 150 veces 300, que era el número de los espartanos que cerraron el paso a los persas en las Termópilas. Algún día hablaré de Leónidas y sus esforzados lacedemonios. Cincuenta mil son cinco veces más que la expedición de los diez mil de la Anábasis de Jenofonte, que yo leía a los 12 o 13 años y que me impresionó tanto. Algún día hablaré de Jenofonte. Cincuenta mil son 1.250 veces más que los ladrones de Alí Babá, aunque, muy probablemente, no tantos como los ladrones que hay entre los políticos y los banqueros de nuestro país. Algún día hablaré de Alí Babá y sus ladrones y del libro de las Mil noches y una noche y de Galland y de Richard Burton (el auténtico, no el actor impostor). Pero antes de hablar de tantas y tantas cosas tengo muchas otras cosas pendientes. En la próxima entrada pensaba contar una historia relacionada con los asesinos y el Viejo de la Montaña, pero la voy a posponer para disertar acerca del giro de Benedicto XVI sobre el Purgatorio (que ya no es donde van los que contraían purgaciones, sino otra cosa, como veremos). En fin, que nadie crea que he vuelto a las andadas con mi anticlericalismo. No va por ahí. En unos días espero tener lista la nueva entrada. Un poco de paciencia, porque tengo muchos frentes abiertos.
Así que, por el momento, cincuenta mil abrazos a cada uno de vosotros y cincuenta mil gracias a todos (o sea como las tres gracias de Rubens o de Boticcelli pero a lo bestia. Por cierto, algún día también os contaré cosas de Boticcelli).

11 de enero de 2011

Los nuevos catones


(He aquí Catón El Viejo, más feo que un muerto con mocos)

(Una imagen de la toga 'praetexta', de donde viene la palabra pretexto)

Hoy voy a explicar por qué he elegido para esta segunda época de artículos de mi blog el título genérico de ‘Praetextos’. El diccionario de la Real Academia Española, ese ejemplo palpable de la excesiva veneración que en España profesamos a los ancianos, define el término ‘pretexto’ como “motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer una cosa o para excusarse de no haberla ejecutado”, y señala que dicho término proviene de la palabra latina ‘praetextus’, fórmula que es precisamente la que yo he querido respetar por una concreta razón, si bien yo jamás he necesitado ningún pretexto para escribir lo que a mi me gusta y en la forma en que me ha apetecido:
Marco Porcio Catón El Censor (el as de los censores, el as-censor), en la elegante, exacta y límpida oración que dirigió al ejército de Galba (ese mismo que aparece muy desdibujado en la serie Hispania), recitó la historia de Papirio Praetextato (o Pretextato, que tanto da).
En la Roma republicana los senadores acostumbraban a llevar a las sesiones a sus hijos adolescentes que vestían la toga praetexta, una prenda con los bordes púrpuras reservada únicamente a los menores de dieciséis años (a los que se daba el calificativo de ‘praetextatus’), a los propios senadores y a los que habían alcanzado una alta magistratura. El tal Papirio acompañó cierto día a su padre al Senado y, al levantarse la sesión sin haber podido votar el asunto del que se trataba, se ordenó a todos los presentes que guardaran secreto sobre lo deliberado hasta que se votara el acuerdo en cuestión.
Cuando llegó a su casa, Papirio fue acosado a preguntas por su madre. Como le dijera que estaba obligado a guardar secreto, más le picó la curiosidad a la buena matrona, que volvió a la carga con mayor insistencia si cabe, algo que, tratándose de una madre es indefectiblemente redundante. Para quitársela de encima, el adolescente pergeñó una mentira: los senadores –le dijo- habían discutido qué era mejor para la República si dar dos mujeres a cada hombre o dos hombres a cada mujer.
Contó Catón que la mujer, aterrada, corrió a difundir la exclusiva entre las vecinas y, a la mañana siguiente, cuando los senadores retornaron a su labor, cosa harto rara en los senadores actuales, se toparon con una manifestación de féminas reivindicando que se dieran dos maridos a cada mujer, por entender que era cosa mejor para la República.
La historia de Papirio la recoge de forma admirable y sencilla Aulo Gelio en sus amenísimas Noches Áticas, que tanto alegraron mis propias noches sahagunenses (nunca facundinas) y que algún día citaré de forma expresa (ex detenida). También la recoge Macrobio en sus Saturnalia y éste, a su vez, fue utilizado como fuente por dos escritores asaz dispares en épocas y estilos: el autor medieval Clemente Sánchez de Vercial y el renacentista Cristóbal de Villalón, para concluir de forma sorpresiva que la madre de Papirio lo había azotado (en el texto de Sánchez de Vercial) o que lo había amenazado con azotarlo (en el texto de Villalón). Es decir, como no podía ser de otro modo desde que Eva comió la puta manzana, mandando a la ruina a Adán y, de paso, a todos nosotros, que tenemos que pagar por lo que hicieron mal otros (hostia, ¿a ver si Zapatero es Dios en su tercera venida?), una vez más toda la culpa es de las mujeres.
De modo que, una execrable acción, como mentirle a una madre, se convierte, no ya en una mera excusa de un joven que viste la toga praetexta (un pretexto), sino que, por mor de la misoginia sempiterna, se transforma en un acto de prudencia necesario para zafarse del zafio ataque de la madre al tierno púber (mujer tenía que ser).
Así que, mentiroso y misógino como era, Papirio se encontró al final de su adolescencia magníficamente dotado para seguir bien la carrera política, bien la eclesiástica. Pero como las confesiones religiosas aún no se habían inventado (ni Cristo ni Mahoma habían nacido para tranquilidad de todos), pues al pobre Papirio se le cerró esta sublime puerta y hubo de conformarse con ser senador. Eso sí, del Senado romano, no del Senado español, ese monumento perenne a la incultura y la haraganería.
Amoral como soy, no quiero escupir aquí moralina, sino sólo hacer observar en nuestra lamentable historia humana han transcurrido miles de años de menosprecio feroz hacia la mujer, de considerarla poco más que un animal (generalmente un perro), cuando no poco menos que una bruja. Generaciones enteras de políticos, de religiosos (de todas las religiones y la peor de todas el Islam actual, otro día escribiré de esto), de intelectuales machacando y silenciando por cualquier medio a las mujeres, no sólo explican actualmente el porqué de tanta agresión y tanta violencia machistas, sino que, desgraciadamente, también explican por qué resulta tan difícil luchar contra esos crímenes, pues a la lógica dificultad que plantea la propia lucha contra el delito y el delincuente, en este caso hay que luchar, además, contra la abrumadora inercia histórica. Un caso reciente: por fino que quisiera resultar, y aunque no lo dijo, el alcalde de Valladolid León de la Riva dejó muy claro que a él lo único que le sugiere la ministra Pajín, con sus “morritos”, es una felación (perdón, quise decir una mamada). No me extraña: ella es una mujer pública y él un hombre público. En este caso, como en otros, el lenguaje también lo dice todo, y no por manejar el lenguaje correctamente se es más o mejor persona. Se puede ser un insolvente mental y expresarse de puta madre: Véase, si no, el artículo ‘Teoría y realidad de la ley contra el fumador’, de El País de hoy, firmado por el académico Francisco Rico. ¿Ven como sobrevaloramos excesivamente el intelecto de estos carcamales sabelotodo?.
En el mismo sentido que el apuntado, y dado que comencé refiriéndome a Catón El Censor, o Catón El Viejo, transcribo a continuación un pequeño fragmento de un alegato suyo contra las mujeres recogido por Tito Livio:
“Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de su propia casa, no hubiéramos llegado a este punto.
Ahora, henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro.
Recordar lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias, cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad qué sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros.
Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestros iguales.
Al final veremos esto: los hombres de todo el mundo, que en todo el mundo gobiernan a las mujeres, están gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por las mujeres: los romanos”.
Ahora, si hay alguien con un mínimo juicio que esté leyendo esto, que me diga si realmente tiene confianza en que una ley como la de Zapatero pueda acabar con los crímenes machistas. Podría hacerlo si el mundo no estuviera plagado de nuevos catones, pero no es el caso. Con la agravante de que éstos de ahora, encima, son medio analfabetos.

1 de enero de 2011

Horror en mármol

Muy pocas cosas me han sobrecogido tanto desde mi juventud como este pasaje de Stendhal sobre La Piedad, la conocida escultura de Miguel Ángel que hoy día cualquiera puede atisbar tras un cristal blindado en San Pedro de Roma.
“Súbitamente, la religión destroza cuanto habría de enternecedor en esta historia. Si María cree que su Hijo es Dios, y no lo puede dudar, sabe que es Todopoderoso. Entonces el lector no tiene más que asomarse a su alma y, si es susceptible de un sentimiento sincero, verá que María no puede amar a Jesús con amor de madre. Si el Hijo muere es porque aparentemente conviene a sus designios y aquella muerte, lejos de ser conmovedora, es odiosa para María, que en tanto que Él estaba revestido de carne mortal lo había amado tanto. Debía al menos evitarle aquel espectáculo horrible si sentía por ella algún reconocimiento.
Es superfluo hacer notar que aquella muerte es inexplicable para María. La muerte de un Dios Todopoderoso e infinitamente bueno que sufre los dolores de una muerte humana para satisfacer la venganza de otro Dios infinitamente bueno.
La muerte de Jesús, en presencia de María, no podía, pues, ser para ella más que una crueldad inexplicable. Estamos a mil leguas de la ternura y de los sentimientos de una madre”.
Este sorprendente y descorazonador fragmento termina con la conclusión, extraída de la contemplación de una obra de arte tan piadosa y conmovedora, de que los hombres no pueden amar a Dios, sino, todo lo más, temerlo y horrorizarse ante su omnipotencia impasible y añade: “He aquí uno de los placeres que experimentamos ante las obras de los grandes artistas: despiertan en nosotros la inquietud de los grandes problemas de la naturaleza del hombre” (Se refiere a las obras de los grandes artistas, no a las del Musac, como es obvio).
Bien, llegados a este punto, tengo que decir que, después de varios años enfangado en la podredumbre cotidiana, políticos incluidos, he decidido darme un respiro, intercalando en mi blog contenidos de otro tipo, contenidos que me harán perder lectores, lo sé, pero que me orean las meninges y me interesan mucho más que la aburrida mediocridad de quienes nos roban a diario bajo el pretexto (praetexto: pronto lo explicaré)de que son nuestros gobernantes.
Volviendo al horror marmóreo de La Piedad, como anécdota diré que fue la única escultura de cuantas esculpió el Buonarroti (el muy marrano, que andaba por ahí 'esculpiendo' a los dioses, a los papas y a los profetas) que aparece firmada por él. No se sabe muy bien el porqué. Stendhal da por buena la explicación del Vasari, amigo íntimo del genial escultor, según la cual Miguel Ángel oyó un día preguntar a unos visitantes por el autor de esta obra sin igual. Le respondieron que era Gobbo de Milán. Fue más de lo que pudo soportar: pese a no ser vanidoso, se encerró por la noche con una lámpara y unos cinceles y grabó su nombre en la banda que cruza el pecho de la Virgen. Sólo sucumbió otra vez a la vanidad ya de viejo (La Piedad la ejecutó con 24 años), cuando presentó a los florentinos (no al del Real Madrid, sino a otros más cultos) cinco bocetos de un mismo templo para que eligieran, pero esta es otra historia.
En fin, a La Piedad y al mencionado pasaje de Stendhal se refieren estos versos:

El materno semblante no conmueve
al Todopoderoso Creador,
que permite que muera el Redentor
bajo esta faz de mármol y de nieve.

La madre, con el alma hecha pedazos,
no entiende la razón de este suplicio.
¿Por qué Dios no le ahorra el sacrificio
de ver al hijo muerto entre sus brazos?

Resignada soporta haber parido
a un hombre a perecer predestinado
por el siniestro plan de un dios malvado

que, para darnos lástima y ternura,
condena a una muerte sin sentido
a esta pobre y patética criatura.


Concluyo esta entrada con otro fragmento del autor de La Cartuja de Parma y de Rojo y Negro sobre la visión que Miguel Ángel tenía de Dios a tenor de lo que el maestro plasmó en el sobrecogedor fresco del Juicio Final de la capilla Sixtina: “Hacía a su Dios a imagen del hombre, pero idealizándolo en sentido contrario, lo despojaba de la bondad, de la justicia y de las demás excelsas virtudes, reservándole únicamente el deseo de venganza y una sombría ferocidad”.
Aunque no lo espero, si alguien lee con atención este artículo, comprenderá que no he inventado yo eso de que Dios existe, aunque es inicuo. Constituye una larga y solvente tradición en el pensamiento cristiano, tradición en la que Miguel Ángel sólo fue un eslabón más, siquiera excepcional, de esa cadena. Así pues, cuando yo digo que Dios es malo, aun en sentido humorístico o irónico, no debe extrañar ni escandalizar; de modo que si alguno de mis lectores se estremece ante mis acusaciones de maldad al Dios cristiano, es que algo se ha perdido en el hilo de continuidad del pensamiento universal entre el Renacimiento, la Ilustración y nuestros días, donde Sálvame y Belén Esteban parecen constituir de forma exclusiva la quintaesencia de la reflexión filosófica contemporánea.
No obstante, para tranquilizar a los timoratos diré que Alá, el Dios del Islam, no es mucho mejor que el de los cristianos. Para roborarlo, sirvan estos versos de un poeta iraní e islámico que vivió a caballo de los siglos  XI y XII,  Omar Khayyam (también Jayyám):
Acabas de romper mi cántaro de vino, Señor.
Me has cerrado el camino del placer, Señor.
Has derramado por el suelo mi vino granate, Señor.
Dios me perdone, ¿estarías borracho, Señor?.
Así pues, a quienes, pese a estas consideraciones, sigan sin entender por qué digo las cosas que digo, incluso revestidas de frivolidad, que recen por mí una oración que no les he pedido y se cobren venganza conviertiéndose en mis particulares cenizos. Yo, por mi parte, me vuelvo al convento, 'convento' fresco.