Blog de opinión y creación literaria de Paco Labarga

28 de septiembre de 2011

La diosa odiosa

                          (Hipatia o su puta madre, cualquiera sabe)

“Hipatia, que debe su nombre a la diosa griega de la cultura, tiene como objetivo primordial rescatar a estas mujeres del ‘olvido’”.
Esta espectacular frase (no la llamo oración porque, en rigor, más que una oración es una blasfemia) apareció publicada tal cual en 2008 en un artículo sobre una revista elaborada por las presas de la cárcel de Mansilla, firmado por una brillante periodista de la agencia Efe, institución que presume hasta el hartazgo de rigor informativo, eso sí, con una presunción, como se ve, ‘iuris tantum’.
En fin, lo de rescatar mujeres del olvido es muy loable, pese a que hay muchas mujeres y hombres a los que es mejor olvidar. Pues bien, la tal Hipatia, que se puso de moda a raíz de una película de Amenábar muy mal vista por la Iglesia, pese a que trataba a esta institución con demasiada aquiescencia para los merecimientos en el caso que nos concierne, no era, como casi todos saben, la diosa griega de la cultura, sino una matemática, filósofa y astrónoma de la escuela neoplatónica, que nació en Alejandría en torno al 370 d.C. y que murió a manos de una horda de cristianos fanáticos inflamados por el obispo Cirilo, un asesino digno de la ralea de su tío, tal vez su padre, el también obispo Teófilo.
No ha pervivido ni una sola de las obras de Hipatia, aunque se la sabe autora de un Canon astronómico, de un comentario a la Aritmética de Diofante, de otro comentario al Tratado de los cónicos de Apolonio de Pérgamo y de la edición del tercer libro de los comentarios sobre el Almagesto de Tolomeo, que había escrito su padre, Teón de Alejandría, un sabio que había sido director de la legendaria Biblioteca de Alejandría hasta que el mentado sinvergüenza Teófilo lo sustituyó para poner en ese puesto a un sacerdote cristiano, sumando una nueva ignominia histórica que la Iglesia no pagaría ni pidiendo perdón cada uno de los días futuros en el caso de que existiera la eternidad.
Respecto a la vida de Hipatia, sólo nos quedan las referencias aparecidas en algunas cartas que le escribió su discípulo Sinesio de Cirene (filósofo griego convertido al cristianismo y nombrado también -¡oh, casualidad!- obispo, en este caso de Tolemaida. Como se ve todo transcurre en un nido de ‘obispas’).
A tenor de los temas de sus obras, no parece que la vida de esta gran dama hubiera sido tan atractiva como la leyenda forjada en torno a ella. Vamos, que es muy probable que fuese un auténtico coñazo, era simplemente una mujer de ciencia en un mundo de violencia y de religión (valga la redundancia) y ello le confiere un atractivo indudable.
No diré más, sino que su nombre no tiene nada que ver con ninguna diosa odiosa de la cultura ni de la puta que la parió, sino que hace más bien referencia al Hipate, algo así como el primer grado de la escala de los sonidos que, según el más celebre tratado de música de la Antigüedad, el de Nicómaco de Gerasa, definían la armonía rectora del mundo de los astros.

PD. En entradas posteriores hablaré de algunas otras de mis mujeres favoritas, como Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi o María Luisa Roldán.