La muralla oculta de Ponferrada
Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
Hoy quiero hablar sobre la arquitectura civil de una ciudad como Ponferrada. Lejos en su concepción de las ensoñaciones religiosas y militares. Humilde, pero necesaria para la seguridad de los habitantes y para el desenvolvimiento de la vida social de la ciudad. Me refiero a las murallas o cercas que en este caso remontan su construcción a la época medieval.
En las primeras décadas del siglo XIII Ponferrada, como otra muchas ciudades de España, estaba completamente amurallada. El crecimiento demográfico, el aumento de la seguridad y, finalmente, la eclosión industrial del siglo XX acabaron prácticamente con todos los paramentos de lo que otrora fue una cerca completa.
Sin embargo, cualquiera que se acerque a Ponferrada debe conocer que aún existe algún resto, digno de mención y de protección, que nos recuerda vagamente a aquella muralla medieval que en algunos de sus elementos data del siglo XII, cuando Ponferrada quedó bajo la potestad, la protección y también el yugo de los todopoderosos caballeros templarios.
La Torre del Reloj, esa sencilla y preciosa construcción que desde la plaza del Ayuntamiento, nada más dejar atrás la estatura de 'Pepe el Barquillero', da paso a la calle del mismo nombre y al casco antiguo de la ciudad, no es en su origen sino una de las puertas horadadas en la antigua muralla. La Torre propiamente dicha y el Reloj se superpusieron con varios siglos de posterioridad, pero las hechuras originales se remontan probablemente al mil doscientos y pico.
Así pues, en la Ponferrada amurallada del pasado, lo que hoy es la plaza del Ayuntamiento era un espacio extramuros, cuyo desarrollo urbanístico obligó, pura y simplemente, a derribar parte de la imponente muralla.
Si alguien quiere hacerse una idea de las dimensiones y altura de la muralla, puede hacer un sencillo ejercicio visual que recomiendo: Junto a la Torre del Reloj hay un conocido restaurante llamado Trastevere, en cuyo interior hay un bonito patio-terraza delimitado en uno de sus flancos por un lienzo de la antigua muralla, cuyos restos también son observables en el segundo piso del restaurante, en la pared que es continuación ideal de las trazas de la construcción sobre la que se asienta la Torre, la cual, por otro lado, también es visible desde las ventanas del comedor de este local.
Quisiera no obstante detenerme en otro punto de fácil acceso y gran interés: en la parte trasera de la iglesia de San Andrés, ubicada frente al Castillo, hay una plaza que se llama El Temple y en uno de cuyos lados, en el límite con la calle El Comendador, aún puede verse un farallón de piedra que en realidad es lo que queda de la jamba de otra de las puertas de la muralla, la Puerta del Comendador. Lo mas interesante de estos restos es que aún conservan parte del hueco o gozne donde encajaba la puerta y que permitía que ésta pudiera abatirse para abrirse o cerrarse a conveniencia.
No es una crítica, sino una verdadera pena, que este trozo de muralla, su recuerdo y significación, no queden reflejados en ninguna placa u otro elemento que informe sucinta y claramente al visitante y también al lugareño de lo que esta ciudad fue en otro tiempo. Y también es un poco doloroso comprobar la enorme degradación del Casco Antiguo, que es verdaderamente bello, con la sobresaliente torre de la basílica de La Encina coronando en todo lo alto la panorámica. Este Casco Antiguo está pidiendo a gritos un plan integral de recuperación, como corresponde a cualquier ciudad y pueblo de Europa bien adentrado en el siglo XXI.
Aún quedaría algún otro resto de la vieja muralla en las traseras del convento de la Purísima Concepción, pero la degradación de ese entorno, lleno de pintadas y hasta de botellas y plásticos, no ofrece una vista ni una visita muy edificantes.
Ponferrada, no cabe dudda, tiene un castillo maravilloso, uno de los más espectaculares de España. Además, esta fortaleza está inmersa en la leyenda que la une a la orden templaria. Pero la ciudad de Ponferrada es algo más que su castillo y solo callejeando puede conocerse la verdadera dimensión de su belleza, de su potencialidad y también de sus necesidades.



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