Santo Tomás de las Ollas, 

una atalaya milenaria sobre Ponferrada

En piedra y luz se escribe la historia

de dos mundos que danzan en la aurora 

del arco de herradura, el alma mora

entre el visigodo y el sol de gloria

Anónimo

Los territorios que hace un milenio formaron parte del Reino de León siguen atesorando hoy testimonios materiales que nos remiten a aquel pasado más esplendoroso para las clases dirigentes del reino que para el pueblo llano.

Más concretamente, sin salir de lo que hoy es la provincia de León, tenemos unas cuantas joyas arquitectónicas que, a mi juicio, no han sido ni son lo suficientemente valoradas y respetadas. Me estoy refiriendo a los diversos ejemplos de arquitectura mozárabe que jalonan esta porción de la Península Ibérica. Las manifestaciones de arte mozárabe son en sí mismas una rareza dentro del panorama europeo: gentes cristianas que vivían en la España musulmana y que por diversas razones (religiosas, pero sobre todo económicas, y de otra índole) decidieron cambiar las tierras de Al Andalus por las más frías y abruptas del norte. Salvo en las creencias religiosas, estas comunidades mozárabes estaban fuertemente influidas por el estilo de vida y por la cultura islámicos, lo que se evidencia especialmente en la construcción de los edificios, específicamente de las iglesias que aún hoy perviven, porque de las edificaciones civiles poco o nada sabemos.

Este influjo musulmán puede constatarse muy palmariamente en los arcos de San Miguel de Escalada, en el alfiz de la entrada de Santiago de Peñalba, en los restos que hay en el interior de San Salvador de Palat del Rey y en el asombroso ábside de una pequeña joya sobre la que se cierne el misterio en cuanto a los pormenores de su construcción: la iglesia de Santo Tomás de las Ollas, en la que hoy me voy a detener, pues quiero aconsejar a todo el que esto lea y pueda que visite, tanto este maravilloso monumento como la localidad que lo alberga, un bonito y soleado pueblo ubicado sobre Ponferrada, en la subida a Montearenas, y que dispone de un paseo mirador desde el que contemplar, si la frecuente y densa niebla de la ciudad no lo impide, algunas de las mejores vistas de la capital berciana.


A la iglesia, que es también la iglesia parroquial, se accede a través de una puerta románica, que probablemente sustituyó a otra anterior, cuyos restos aún son visibles en los pies del interior del templo y cuya sustitución se hizo irreversible cuando se construyó la humilde espadaña ubicada en el mismo lado donde estaba esta puerta.

También es muy recomendable detenerse un poco en la vetusta pila bautismal, que algunos han fechado en el siglo XII, pero que por su tosca factura muy bien podría ser muy anterior. Del mismo modo, es más que interesante detenerse un poco en la cubierta de madera, ejecutada al modo mudéjar, pero en fecha mucho más tardía y, asimismo, en las pinturas del paramento frontal que envuelven el acceso al ábside.

Sin embargo, no nos dejemos distraer, porque lo verdaderamente mollar es que la única nave de la iglesia, desemboca, a través de un precioso doble arco triunfal de herradura, en un ábside único en España, que es lo mismo que decir único en toda Europa. Se trata de una estructura ovalada rodeada por nueve arcos ciegos de herradura que descansan sobre pilastras de granito, y que sostienen una sencilla pero magnífica cúpula. Finalmente observamos que el óvalo no es sino una estructura poligonal de once lados. En fin, una maravillosa rareza.

Apenas se sabe nada del proceso constructivo de esta iglesia, aunque todos los expertos coinciden en que es claramente mozárabe y la datan en el siglo X. Las primeras noticias fehacientes se remontan al siglo XII y hablan de Santo Tomás de Entrambasaguas (por estar situado el pueblo entre los ríos Sil y Boeza) y consta que a principios del siglo XIV, (por aquello del que calla Astorga) el obispo de Astorga le otorga la iglesia al monasterio de Montes. Pero esto es lo de menos. Quien lo desee puede documentarse con mayor erudición por múltiples vías.

Lo importante es que la visita es muy agradable y por tanto asaz recomendable. No obstante, debo precisar que en temporada baja la iglesia permanece habitualmente cerrada, lo que no impide la posibilidad de verla, para lo cual hay que llamar a una de las casas de la plaza contigua, donde vive Manuela, 'Lela', una mujer octogenaria y asombrosa, que lleva enseñando la iglesia a los turistas y a los curiosos más de seis décadas, cuando tomó el relevo de su padre, que también hacía esta labor. Lela es en sí misma una institución, memoria viva del templo y del pueblo, y convierte la visita en una experiencia única y muy del gusto del turismo 'experiencial' que tanto se lleva hoy en día.

No considero que haya mucho más que decir, pues de lo que se trata es de disfrutar, de la mano y la voz de la increíble Lela, de este testimonio milenario que aún perdura y al que no solemos dar la importancia ni la dimensión que merece.

Id a verlo y decidme si no merece la pena.


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